—Bien, bien—repuso Rosita—; ya lo sé mejor que usted. Y me guardaré muy bien de condenar lo que hace el Papa; me limitaré a desear que no tengamos que cantar el miserere después del himno. Pero volviendo a esa mujer que tantos personajes han aplaudido, ¿piensa usted que esos necios aplausos la absuelvan de sus malos procederes y de su perversa índole?

—No sea usted tan justiciera, Rosita. En el fondo no es mala: me ha hecho una cucarda para el sombrero.

—Lo que ha hecho ha sido burlarse de usted dándole, en lugar de una cucarda, una escarola tamaña plato. ¿Conque no es mala en el fondo, dice usted, la que dejó morir a su padre, que tanto la quería, solo, pobre, olvidado, mientras que ella se estaba haciendo gorgoritos en las tablas?

—Pero Rosita, si no sabía la gravedad...

—Sabía que estaba malo, y basta. Cuando un padre padece, la hija no debe cantar. ¡Una mujer cuya conducta obligó al pobre de su marido a huir e irse a morir de vergüenza allá en las Indias!...

—Murió de la epidemia—observó el veterano.

—Buena será ella—continuó la severa maestra de Amiga, enardeciéndose cada vez más—cuando fue la única en el pueblo que no veló en su última enfermedad a la tía María, que tanto la había querido, y tanto había hecho por ella; la única que faltó a su entierro; la única que por ella no rezó en la iglesia ni lloró por ella en el campo santo.

—Estaba de sobreparto, y no habría sido prudente antes de la cuarentena.

—¿Qué entiende usted de sobrepartos ni de cuarentenas?—exclamó Rosa Mística, exasperada al ver el empeño con que don Modesto defendía a sus amigos—. ¿Ha parido usted alguna vez, para entender de esas cosas? ¿Conque tiene buen fondo la que cuando poco antes de la muerte de su bienhechora, fray Gabriel la siguió al sepulcro; se echó a reír diciendo que había creído que sólo en el teatro se moría la gente de amor y de pena?

—¡Pobre fray Gabriel!—dijo don Modesto, conmovido por los recuerdos que acababa de despertar su patrona—. Todos los viernes de su vida vino al Cristo del Socorro para pedirle una buena muerte. Después de la de su bienhechora venía todos los días, porque ya no le quedaba más que aquel buen Señor, que le comprendiese y le consolase. Yo fui quien le encontré un viernes por la mañana, de rodillas, delante de la reja de la capilla del Cristo, inclinada la cabeza sobre las barras. Le llamé y no respondió. Me acerqué..., ¡estaba muerto! ¡Muerto como había vivido: en silencio y solo! ¡Pobre fray Gabriel!—añadió el comandante después de algunos instantes de silencio—. Te moriste sin haber visto rehabilitado tu convento. ¡Yo también moriré sin ver reedificado mi fuerte!