—Don Federico—dijo Momo abriendo tantos ojos—, todo el mundo sabe eso. ¡Y usted no lo sabe!
—¿Has olvidado que soy forastero?—replicó Stein.
—Es verdad—repuso Momo—; pues se lo diré a su merced. Hubo en esta tierra un salteador de caminos que no se contentaba con robar a la gente, sino que mataba a los hombres como moscas, o porque no le delatasen o por antojo. Un día, dos hermanos vecinos de aquí, tuvieron que hacer un viaje. Todo el pueblo fue a despedirlos, deseándoles que no topasen con aquel forajido que no perdonaba vida y tenía atemorizado al mundo. Pero ellos, que eran buenos cristianos, se encomendaron a este Señor, y salieron confiando en su amparo. Al emparejar con un olivar, se echaron en cara al ladrón, que les salía al encuentro con su trabuco en la mano. Echóselo al pecho y les apuntó. En aquel trance se arrodillaron los hermanos clamando al Cristo: «¡Socorro, Señor!» El desalmado disparó el trabuco, pero quien quedó alma del otro mundo fue él mismo, porque quiso Dios que en las manos se le reventase el trabuco. ¡Y el trabuquillo era flojo en gracia de Dios! Ya lo está usted mirando; porque en memoria del milagroso socorro, lo ataron con esas cuerdas y lo depositaron aquí, y al Señor se le quedó la advocación del Socorro[9]. ¿Conque no lo sabía usted, don Federico?
—No lo sabía, Momo—respondió este, y añadió como respondiendo a sus propias reflexiones—: ¡si tú supieras cuánto ignoran aquellos que dicen que se lo saben todo!
—Vamos, ¿se viene usted, don Federico?—dijo Momo después de un rato de silencio—. Mire usted que no me puedo detener.
—Estoy cansado—contestó este—, vete tú, que aquí te aguardaré.
—Pues con Dios—repuso Momo, poniéndose en camino y cantando:
Quédate con Dios y adiós,
Dice la común sentencia;
Que el pobre puede ser rico.
Y el rico no compra ciencia.
Stein contemplaba aquel pueblecito tan tranquilo, medio pescador, medio marinero, llevando con una mano el arado y con la otra el remo. No se componía, como los de Alemania, de casas esparcidas sin orden con sus techos tan campestres, de paja, y sus jardines; ni reposaba, como los de Inglaterra, bajo la sombra de sus pintorescos árboles; ni como los de Flandes formaba dos hileras de lindas casas a los lados del camino. Constaba de algunas calles anchas, aunque mal trazadas, cuyas casas de un solo piso y de desigual elevación, estaban cubiertas de vetustas tejas: las ventanas eran escasas, y más escasas aún las vidrieras y toda clase de adorno. Pero tenía una gran plaza, a la sazón verde como una pradera, y en ella una hermosísima iglesia; y el conjunto era diáfano, aseado y alegre.
Catorce cruces iguales a la que cerca de Stein estaba, se seguían de distancia en distancia, hasta la última, que se alzaba en medio de la plaza haciendo frente a la iglesia. Era esto la via crucis.