—¿Y vive cerca del fuerte?—preguntó Stein, a quien habían excitado la curiosidad aquellos pormenores.

—Muy cerca—respondió el comandante—. Pedro Santaló tenía una barca catalana que, habiendo dado a la vela para Cádiz, sufrió un temporal y naufragó en la costa. Todo se perdió, el buque y la gente, menos Pedro, que iba con su hija; como que a él le redobló las fuerzas el ansia de salvarla. Pudo llegar a tierra, pero arruinado; y quedó tan desanimado y triste, que no quiso volver a su tierra. Lo que fue labrar una choza entre esas rocas con los destrozos que habían quedado de la barca, y se metió a pescador. Él era el que proveía de pescado al convento, y los padres, en cambio, le daban pan, aceite y vinagre. Hace doce años que vive ahí en paz con todo el mundo.

Con esto llegaron al punto en que la vereda se dividía y se separaron.

—Pronto nos veremos—dijo el veterano. Dentro de un rato iré a ponerme a la disposición de usted y saludar a sus patronas.

—Dígale usted de mi parte a la Gaviota—gritó Momo—que me tiene sin cuidado su enfermedad, porque mala yerba nunca muere.

—¿Hace mucho tiempo que el comandante está en Villamar?—preguntó Stein a Momo.

—Toma..., ciento y un años, desde antes que mi padre naciera.

—¿Y quién es esa Rosita, su patrona?

—¡Quién, señá Rosa Mística!—respondió Momo con un gesto burlón—. Es la maestra de amiga. Es más fea que el hambre; tiene un ojo mirando a Poniente y otro a Levante; y unos hoyos de viruelas, en que puede retumbar un eco. Pero, don Federico, el cielo se encapota; las nubes van como si las corrieran galgos. Apretemos el paso.

Capítulo VI