Y el otro persistía en tener los tres dedos levantados.

—Mae—abuela—gritó Anís ofuscado—. El niño dice que hay tres dioses.

—Simple—respondió esta—, ¿acaso tienes miedo de que le lleven a la Inquisición? ¿No ves que es demasiado chico para entender lo que le dicen y aprender lo que le enseñan?

—Otros hay más viejos—dijo Manuel—y que no por eso están más adelantados; como por ejemplo aquel ganso que fue a confesarse y habiéndole preguntado el confesor ¿cuántos dioses hay?, respondió muy en sí: «¡siete!» «¡Siete!—exclamó atónito el confesor—. ¿Y cómo ajustas esa cuenta?» «Muy fácilmente. Padre, Hijo y Espíritu Santo, son tres; tres personas distintas, son otros tres, y van seis; y un solo Dios verdadero, siete cabales.» «Palurdo—le contestó el padre—, ¿no sabes que las tres Personas no hacen más que un Dios?» «¡Uno no más!—dijo el penitente—. ¡Ay Jesús! ¡Y qué reducida se ha quedado la familia!»

—¡Vaya—prorrumpió la tía María—si tiene que ver cuánta chilindrina ha aprendido mi hijo mientras sirvió al rey! Pero hablando de otra cosa, no nos ha dicho usted, señor comandante, cómo está Marisaladilla.

—Mal, muy mal, tía María, desmejorándose por días. Lástima me da de ver al pobre padre, que está pasadito de pena. Esta mañana la muchacha tenía un buen calenturón; no toma alimento y la tos no la deja un instante.

—¿Qué está usted diciendo, señor?—exclamó la tía María—. ¡Don Federico!, usted que ha hecho tan buenas curas, que le ha sacado un lobanillo a fray Gabriel y enderezado la vista a Momo, ¿no podría usted hacer algo por esa pobre criatura?

—Con mucho gusto—respondió Stein. Haré lo que pueda por aliviarla.

—Y Dios se lo pagará a usted; mañana por la mañana iremos a verla. Hoy está usted cansado de su paseo.

—No le arriendo la ganancia—dijo Momo refunfuñando—. Muchacha más soberbia...