¡Otra vez yace postrado!
¡Tres veces Jesús cayó!
¡Tanto pesa mi pecado!
¡Y tanto he pecado yo!
Y ¡rompa el llanto y el gemir,
porque es Dios quien va a morir!
—¡Oh, don Federico!—continuó la buena anciana—, ¡no hay cosa que tanto me parta el corazón como la Pasión del que vino a redimimos! El Señor ha revelado a los santos los tres mayores dolores que le angustiaron: primero, el poco fruto que produciría la tierra que regaba con su sangre; segundo, el dolor que sintió cuando extendieron y ataron su cuerpo para clavarlo en la cruz, descoyuntando todos sus huesos, como lo había profetizado David.[12] El tercero...—añadió la buena mujer fijando en su hijo sus ojos enternecidos—, el tercero, cuando presenció la angustia de su Madre. He aquí la única razón—prosiguió después de algunos instantes de silencio—, porque no estoy aquí tan gustosa como en el pueblo, porque aquí no puedo seguir mis devociones. Mi marido, sí, Manuel, tu padre, que no había sido soldado y que era mejor cristiano que tú, pensaba como yo. El pobre (en gloria esté) era hermano del Rosario de la Aurora, que sale después de la medianoche a rezar por las ánimas. Rendido de haber trabajado todo el día, se echaba a dormir, y a las doce en punto, venía un hermano a la puerta y, tocando una campanilla, cantaba:
A tu puerta está una campanilla;
Ni te llama ella ni te llamo yo:
que te llaman tu Padre y tu Madre,
para que por ellos le ruegues a Dios.
—Cuando tu padre oía esta copla, no sentía ni cansancio ni gana de dormir. En un abrir y cerrar de ojos se levantaba y echaba a correr detrás del hermano. Todavía me parece que estoy oyéndole cantar al alejarse:
La corona se quita María
y a su propio Hijo se la presentó,
y le dijo: «Ya yo no soy Reina,
si tú no suspendes tu justo rigor.»
Jesús respondió:
«Si no fuera por tus ruegos, Madre,
ya hubiera acabado con el pecador.»
Los chiquillos, que gustan tanto de imitar lo que ven hacer a los grandes, se pusieron a cantar en la lindísima tonada de las coplas de la Aurora:
¡Si supieras la entrada que tuvo
el Rey de los Cielos en Jerusalén!...
Que no quiso coche llevar, ni calesa,
sino un jumentillo que prestado fue!
—Don Federico—dijo la tía María después de un rato de silencio—, ¿es verdad que hay por esos mundos de Dios hombres que no tienen fe?
Stein calló.
—¡Qué no pudiera usted hacer con los ojos del entendimiento de los tales, lo que ha hecho con los de la cara de Momo!—contestó con tristeza y quedándose pensativa la buena anciana.