—El hombre es un viajero—dijo Stein—y tiene que mirar al camino.
—Cierto—dijo la tía María—que el hombre es un viajero; pero si llega a un lugar donde se encuentra bien, debe decir como Elías o como San Pedro, que no estoy cierta: «bien estamos aquí: armemos las tiendas».
—Si va usted a echarnos a perder la noche—dijo Dolores—con hablar de viaje, creeremos que le hemos ofendido o que no está aquí a gusto.
—¿Quién habla de viajes en mitad de diciembre?—preguntó Manuel—. ¿No ve usted, santo señor, los humos que tiene la mar? Escuche usted las seguidillas que está cantando el viento. Embárquese usted con este tiempo, como se embarcó en la guerra de Navarra, y saldrá con las manos en la cabeza, como salió entonces.
—Además—añadió la tía María—, que todavía no está enteramente curada la enferma.
—Madre—dijo Dolores, sitiada por los niños—, si no llama usted a esas criaturas, no se cocerán las batatas de aquí al día del juicio.
La abuela arrimó la rueca a un rincón y llamó a sus nietos.
—No vamos—respondieron a una voz—si no nos cuenta usted un cuento.
—Vamos, lo contaré—dijo la buena anciana.
Entonces los muchachos se le acercaron; Anís recobró su posición en el tiesto y ella tomó la palabra en los términos siguientes: