—No me gustan las rosas lunarias.

—Nadie te lo pregunta—dijo señá Rosa, creyendo que esta intempestiva declaración había sido provocada por la de Marisalada.

Cinco minutos después, otra de las conspiradoras dijo, recogiendo el dedal que se le había caído:

—A mí no me gustan las rosas blancas.

—¿Qué significa esto?—gritó entonces Rosa Mística, cuyo ojillo negro brillaba como un fanal—. ¿Se están ustedes burlando de mí?

—No me gustan las rosas del pitiminí—dijo una de las más chicas, ocultándose inmediatamente debajo de la mesa.

—Ni a mí las rosas de Pasión.

—Ni a mí las rosas de Jericó.

—Ni a mí las rosas amarillas.

La voz clara y fuerte de Marisalada oscureció todas las otras gritando: