Después de pensarlo, continuó señá Rosa:
—Usted podría resfriarse, pasando del calor de su cama al aire. Más vale que se quede usted quieto, y sea yo la que diga al tal chicharra, que si se quiere divertir, que compre una mona.
Al sonar las doce de la noche, se oyó el rasgueo de una guitarra y en seguida una voz que cantaba:
¡Vale más lo moreno
De mi morena,
Que toda la blancura
De una azucena!
—¡Qué tonterías!—exclamó Rosa Mística, levantándose de la cama—. ¡Qué larga será la cuenta que haya de dar a Dios de tanta palabra vana!
La voz prosiguió cantando:
Niña, cuando vas a misa,
La iglesia se resplandece.
La hierba seca que pisas,
Al verte, se reverdece.
—¡Dios nos asista!—exclamó Rosa Mística, poniéndose las terceras enaguas—; también saca a colación la misa en sus coplas profanas; y los que lo oigan, como saben que soy dada a las cosas de Dios, dirán que lo canta por lavarme la cara. ¿Si pensará ese barbilampiño burlarse de mí? ¡No faltara más!
Rosa llegó a la sala, y ¡cuál no se quedaría al ver a Marisalada asomada al postigo y oyendo al cantor con toda la atención de que era capaz! Entonces se persignó, exclamando:
—¡Y todavía no ha cumplido trece años! ¡Sobre que ya no hay niñas!