—No—contestó María—, me voy.

—¿Dónde has de ir que más te quieran?—dijo la tía María.

—¿Qué se me da a mí que me quieran?—respondió Marisalada—, ¿qué hago yo aquí si no está don Federico?

—¡Vamos allá! ¿Conque no vienes aquí sino por ver a don Federico, ingratilla?

—Y si no, ¿a qué había de venir?—contestó María—; ¿a hallarme con Romo, que tiene los ojos, la cara y el alma todo atravesado?

—¿Conque esto es que quieres mucho a don Federico?—tornó a preguntar la buena anciana.

—Le quiero—respondió María—; si no fuera por él, no ponía aquí los pies, por no encontrarme con ese demonio de Romo, que tiene un aguijón en la lengua, como las avispas en la parte de atrás.

—¿Y Ramón Pérez?—preguntó con chuscada la tía María, como para convencer a don Modesto de que su protegido podía archivar sus esperanzas.

Marisalada soltó una carcajada.

—Si ese Ratón Pérez—(Momo había puesto este sobrenombre al barberillo) respondió—se cae en la olla, no seré yo la hormiguita que lo canta y lo llora, y sobre todo la que lo escuche cantar; porque su canto me ataca el sistema nervioso, ce don Federico, que asegura que lo tengo más tirante que las cuerdas de una guitarra. Verá usted cómo canta ese Ratón Pérez, tía María.