Pero la buena anciana, que estaba acostumbrada a las maneras desabridas de María, y a la que por tanto no herían, la llamó y le dijo se sentase a su lado.
Don Modesto, que infirió que la buena mujer iba a armar sus baterías, fiel a la neutralidad que había prometido, se despidió, dio media vuelta a la derecha y tocó retirada; pero no sin que la tía María le diese un par de lechugas y un manojo de rábanos.
—Hija mía—dijo la anciana cuando estuvieron solas—, ¿qué no sería que se casase contigo don Federico y que fueses tú así la señá médica, la más feliz de las mujeres, con ese hombre que es un San Luis Gonzaga, que sabe tanto, que toca tan bien la flauta y gana tan buenos cuartos? Estarías vestida como un palmito, comida y bebida como una mayorazga; y sobre todo, hija mía, podrías mantener al pobrecito de tu padre, que se va haciendo viejo y es un dolor verle echarse a la mar, que llueva o ventee, para que a ti no te falte nada. Así don Federico se quedaría entre nosotros, consolando y aliviando males, como un ángel que es.
María había escuchado a la anciana con mucha atención, aunque afectando tener la vista distraída; cuando hubo acabado de hablar, calló un rato y dijo después con indiferencia:
—Yo no quiero casarme.
—¡Oiga!—exclamó tía María—, ¿pues acaso te quieres meter monja?
—Tampoco—respondió la Gaviota.
—¿Pues qué?—preguntó asombrada la tía María—, ¿no quieres ser ni carne ni pescado? ¡No he oído otra! La mujer, hija mía, o es de Dios o del hombre; si no, no cumple con su vocación, ni con la de arriba, ni con la de abajo.
—¿Pues qué quiere usted, señora?, no tengo vocación ni para casada ni para monja.
—Pues hija—repuso la tía María—, será tu vocación la de la mula. A mí, Mariquita, no me gusta nada de lo que sale de lo regular; en particular a las mujeres, les está tan mal no hacer lo que hacen las demás, que si fuese hombre, le había de huir a una mujer así, como a un toro bravo. En fin, tu alma en tu palma; allá te las avengas. Pero—añadió con su acostumbrada bondad—eres muy niña y tienes que dar más vueltas que da una llave. El tiempo quiebra, sin canto ni piedra.