Momo, con su acostumbrada mala intención, tuvo el gusto de dar la noticia del casamiento a Ramón Pérez.

—Oye, Ratón Pérez—le dijo—, ya puedes comer cebolla hasta hartarte, que a don Federico le ha tentado el diablo y se casa con la Gaviota.

—¿De veras?—exclamó consternado el barbero.

—¿Te asombras? Más me asombré yo; ¡sobre que hay gustos que merecen palos! ¡Mire usted, prendarse de esa descastada, que parece una culebra en pie, echando centellas por los ojos y veneno por la boca! Pero en don Federico se cumplió aquello de que quien tarde casa, mal casa.

—No me asombro—repuso Ramón Pérez—de que don Federico la quiera, sino de que Marisalada quiera a ese desgavilado, que tiene pelo de lino, cara de manzana y ojos de pescado. Que no haya tenido presente esa ingrata de que ¡quien lejos se va a casar, o va engañado, o va a engañar!

—A fe que no será lo primero, porque lo que es él es un hombre de los buenos; no hay que decir. Pero esa mariparda lo ha engatusado con su canto, que dura desde que echa el sol sus luces hasta que las recoge, pues no hace naíta más. Ya se lo dije yo: don Federico, dice el refrán, toma casa con hogar y mujer que sepa hilar; y no ha hecho caso; es un Juan Lanas. En cuanto a ti, Ratón Pérez, te has quedado con más narices que un pez espada.

—Siempre se ha visto—contestó el barbero dando tan brusca vuelta a la clavija de su guitarra que saltó la prima—que de fuera vendrá quien de casa nos echará. Pero has de saber tú, Romo, que a mí se me da tres pitos. Tal día hará un año; a rey muerto, rey puesto.

Y poniéndose a rasguear furiosamente la guitarra, cantó con voz arrogante:

Dicen que tú no me quieres,
No me da pena maldita;
Que la mancha de la mora
Con otra verde se quita.
Si no me quieres a mí,
Se me da tres caracoles;
Con ese mismo dinero
Compro yo nuevos amores.

Capítulo XIV