Este, sin vacilación, se sentó frente al piano leyéndola correctamente, si bien, el sabor criollo de la danza, no resultase del todo. Al terminar de repentizarla, tomando la otra cajetilla la presentó a Tavárez para que hiciese lo propio.

Tavárez, colocándola en el atril de manera que las notas quedasen en sentido inverso, no tan solo la repentizó, sino que, al repetirla, le improvisó unas variaciones que, aplaudidas frenéticamente por los concurrentes hicieron exclamar al danés: "Hasta ahí no llego yo."

En la sociedad ponceña, en aquella época, una de las más filarmónicas de la Isla y tal vez la única en donde los artistas, con más o menos apasionamiento, eran considerados y protegidos, fué acogido Tavárez con simpatías extraordinarias, que se trocaron en culto fanático a medida que sus producciones y cualidades de pianista fueron debidamente apreciadas.

La típica indolencia del carácter criollo, el maléfico influjo de falsos admiradores que constantemente le asediaban y su salud, siempre resentida desde que sufriera, en París, el primer ataque de parálisis, fueron factores importantísimos en el resultado de sus labores como maestro, porque, pudiendo haber hecho muchos y magníficos pianistas, pocos de sus discípulos pudieron recoger el fruto de lecciones cuyas intermitencias eran muy frecuentes.

En la tarde del 1º de julio de 1883, al cumplirse el año de haber obtenido, uno de sus mayores triunfos, en la Feria-Exposición de Ponce, la medalla de oro y diploma de honor, por su gran marcha para orquesta titulada "Redención" fué cortado, por la parca inexorable, el hilo de su corta existencia, pues no había cumplido aún los 40 años.

La noticia de su muerte causó profunda consternación en Ponce. El pueblo ponceño le tributó los honores póstumos más grandiosos que se recuerdan en aquella ciudad.

Los pianos enmudecieron por algunos días. El cadáver fué embalsamado y puesto en capilla ardiente en los salones del Orfeón Ponceño. Los balcones de las casas por donde pasó el entierro estaban enlutados, y uno de sus discípulos predilectos, que después ha alcanzado gran renombre y que por entonces era un niño, Paco Cortés, fué el único que se atrevió a pulsar el teclado del piano, para despedir los despojos mortales de su inolvidable preceptor, tocando, desde el balcón del Casino de Ponce durante el paso del cortejo fúnebre, las notas patrióticas de la marcha "Redención." Examinemos ahora sus méritos como pianista.


Juzgar a un pianista en una sola audición, cuando el oyente, ni por su edad ni por su pericia estaba en condiciones de hacerlo, pudiera considerarse insania u osadía si no fuera porque la impresión producida, fonografiada en el cerebro, permitiera traerla nuevamente al oído para formular opinión, cuando, por la experiencia, se creyese autorizado. Ese es mi caso actual.

Ansioso por oir a Tavárez cuyas danzas eran para mí la fiel expresión de los ensueños de mi juventud, hice, con tal objeto, un viaje a Ponce, en agosto de 1880.