Rosas nos acusa en su Gaceta de que tentamos la ambicion del gobernador Urquiza, de que le proponemos una criminosa disidencia, de que pretendemos que encabece la mas diforme, aleve y monstruosa conspiracion contra el órden público fundamental de la nacion—Palabras, palabras sin sentido práctico, en que nadie crée ménos que Rosas. Si la presente cuestion del comercio directo trajese el rompimiento que Rosas supone, él solo seria la causa, él solo le habria provocado. El es el único que ataca los derechos de las provincias: estas no harian mas que defenderse. Para su defensa basta el derecho: solo provocadas por la fuerza emplearian fuerza para resistirla. Ellas tienen, por los tratados, y por la posesion y la práctica,—es decir, por todos los títulos que pueden conferir derechos de esa clase—el de comerciar directamente con Montevideo: Rosas es quien les exije que renuncien al uso de ese derecho; si ellas se niegan, nada hacen sino usar de una facultad lejítima por nadie disputada antes de ahora. Hasta ahí, nada habria ménos que un rompimiento. Si Rosas quisiese emplear la fuerza para obligarlas, él se convertiria en agresor, él solo pondria las armas en manos de las provincias para una resistencia justa y provocada. El riesgo de un rompimiento, por esta cuestion, no puede venir de parte de los pueblos: solo debe esperarse de parte de Rosas, que, como el Aquiles de Horacio, niega que el derecho se haya inventado para él, y no reconoce otro medio que la fuerza para decidir todas las cuestiones.

Nosotros no queremos que Urquiza conspire contra el órden fundamental de la nacion. Todo lo contrario; deseamos—por desgracia no podemos sino desearlo—que él y los demas jefes de provincias mantengan ese mismo órden fundamental, no permitiendo que Rosas se arrogue, como ya lo hace, el carácter, el título y las funciones de Jefe Supremo de la República, que nadie le ha conferido jamas. El órden fundamental de la nacion está de hecho subvertido por Rosas La dictadura personal, extendida á todas las provincias; la usurpacion de facultades en cuya virtud fusiló Rosas á Cullen gobernador de Santa Fé, juzgó y fusiló á Reinafé, gobernador de Córdoba; depuso á Segura, gobernador de Mendoza, y ejerció otros actos semejantes; el desprecio mas descarado á los tratados existentes, que el mismo Rosas invoca; nada de eso constituye el órden fundamental de la nacion; al contrario, le mina y le trastorna completamente.

Tampoco pretendemos la desunion de las provincias. No: nuestra doctrina respecto del comercio y de la navegacion tiende precisamente á unirlas á todas, por un vínculo de interés comun. Nosotros deseamos que una provincia no goce exclusivamente ventajas de que no participen todas las otras, que tengan iguales medios naturales de gozarlas. Queremos, por ejemplo—y cuidado, que somos hijos de Buenos Aires, y amamos nuestra patria como el que mas—queremos que, teniendo Entre Rios, Corrientes y Santa Fé puertos y rios navegables, como los tiene Buenos Aires, no goce esta sola de las ventajas de la navegacion y del comercio directo. Queremos así mismo que las provincias interiores, que no tienen puertos, ni rios, tengan, al ménos, la libertad de vender sus frutos, y de comprar los jéneros que consumen, en aquellos puertos de las demas provincias donde les sea mas cómodo y mas barato; sin que Buenos Aires les imponga la obligacion de venir precisamente á surtirse en su plaza, y á exportar por su puerto los productos del interior. Que vengan si quieren, si hallan ventajas en venir: pero que no se les quite su natural libertad de elejir. Eso es lo que pretendemos; y en eso, tan léjos de promover la desunion y la guerra entre las provincias, promovemos la abolicion de odiosas é injustas diferencias, que enjendran rivalidades, celos, y desunion.

Ni queremos conseguir esos objetos á costa de la prosperidad de Buenos Aires. Eso seria incidir en la misma injusticia y mala política que combatimos. En otro artículo tocaremos especialmente este punto.

Octubre 15 de 1847.


Dijimos ayer que las franquicias de navegacion y de comercio por que estamos abogando, en favor de las provincias ribereñas é interiores de la familia arjentina, en nada perjudicarian á la prosperidad de la provincia de Buenos Aires. Ahora añadiremos que contribuirán poderosamente á aumentarla; que Buenos Aires tiene en esas franquicias un interés idéntico, comun, con todas las otras provincias; que sufre lo mismo que ellas, las ruinosas consecuencias del sistema que Rosas procura perpetuar.

No haremos aquí una exposicion de los principios, ó ideas jenerales de la ciencia económica para demostrar en abstracto que ningun Estado ó Provincia puede prosperar en su comercio, ninguna industria desarrollarse, cuando fian principalmente su prosperidad y su desarrollo á la falta de competencia causada por reglamentos prohibitivos. Todos comprenden, con solo indicarlo, que el pais que no teme la competencia de su vecino, sea en el comercio, sea en la industria, se entrega naturalmente al abandono y no piensa en estudiar métodos de perfeccionarse y de adelantar. Solo el temor de la competencia, de que otros hagan mejor y mas barato, y atraigan, por consiguiente, concurrencia mayor, es lo que estimula á los gobiernos, como á los particulares, á perfeccionar la lejislacion mercantil, y los métodos industriales; es lo que inicia y fomenta sin cesar el desarrollo de las facultades de cada pueblo, y de cada individuo. Eso, repetimos, se comprende con solo enunciarlo.—Hablemos ya especialmente de Buenos Aires.

De que las Provincias ribereñas tengan la libertad de hacer el comercio directo con el extranjero, de que las interiores gocen la facultad de vender sus frutos y comprar lo que necesitan en aquellos puertos de los rios donde mas cómodo y mas barato les parezca, no se sigue, de modo ninguno, que el comercio de Buenos Aires haya de decaer.—Alguna parte del jiro que hoy hace con aquellas provincias pasará, no hay duda, á otros puertos: pero lo que Buenos Aires pierda por ese lado lo ganará multiplicado por otros muchos. Es lo que sucede siempre en casos semejantes. La Inglaterra ha perdido en muy gran parte de diez años acá, el gran comercio de tejidos de toda clase que hácia con la Alemania, por el prodijioso adelanto de las fábricas en ese último pais. Pero ese mismo adelanto de las fábricas en Alemania ha creado una incesante demanda de máquinas, que se construyen jeneralmente en Inglaterra, á punto de que, ya en 1842, casi todo el dinero que ésta pagaba por los trigos que recibia del Báltico quedaba en la Inglaterra misma para comprar por cuenta de fabricantes del Continente máquinas ó ciertas piezas de ellas, cuya construccion en él, es mas cara ó mas imperfecta. Lo que la Inglaterra dejó de ganar vendiendo parte de sus tejidos lo gana vendiendo máquinas. Una parte de los hiladores y tejedores habrá visto disminuir cierta porcion de sus ganancias; pero otra parte de los fundidores é injenieros habrá aumentado en proporcion las suyas. Y, por supuesto, la riqueza y la prosperidad de la Inglaterra, como de otro pais cualquiera, no depende de que los hiladores y tejedores prosperen mas que los fundidores y los injenieros; depende de la suma total del progreso de todas las industrias y de todos los medios de produccion tomados en conjunto.