Si hurgo en los ápices de la inteligencia

nuestros amores de mi bien amada,

su llanto cuando tenía pesadumbre

trueca en alegría mis cuitas.

31.

Mas, ¡infelíz de mí! ¡errada suerte!

¿qué valen ya tales amoríos,

si, quietamente, mi único amor

descansa ya en los brazos de otro?