Tocad entonces ligeramente, muy ligeramente, el tenebroso drama del 44: dirigid alguna palabra de conmiseracion al recuerdo tristísimo de Plàcido y de Manzano. Vereis una nube de melancolía pasar por la frente de vuestro interlocutor: vereis una lágrima surcar sus mejillas...
¡Oh! entonces, lector, si no te levantas arrebatado y estrechas con fervor aquella mano generosa, si no admiras aquel corazon sencillo y noble, si no te declaras amigo de ese hombre... te digo que no mereces serlo y que ese hombre vale mas que tú.
Pero has concluido la visita: estás contento del empleo de tu mañana, más al menos que si la hubieras dormido, lo que siempre, y más en paises cálidos, es antihigiénico. Te retiras satisfecho de haber adquirido un digno amigo más, de haber conocido un hombre de honor, si no como el que buscaba Diógenes, sí acreedor al aprecio de todo hombre honrado: al despedirte estoy seguro que no ya por mera fórmula de deferencia, no ya pensando hacer con ello un favor, sino con espontánea sinceridad, saludarás aquella amable familia y te irás guardando siempre un recuerdo grato del ilustrado poeta pardo Antonio Medina.
Vuelve á leer, al salir, el letrero sobre la puerta que dice el nombre del instituto:
Ntra. Sra. de los Desamparados.
de los desamparados! Eso no fué epigrama, eso no se intentó sarcasmo: fué nombre elegido al acaso como cualquiera otro.
Ya en nuestra casa nos detendremos á examinar el drama Lodoiska, y el libro de versos que se nos ha regalado. Quizás el lector convendrá conmigo en que el drama no es una obra maestra, que el autor adoptó plan demasiado vasto para sus fuerzas, y quedó agobiado por la propia magnitud de su objeto; quizás preferirá leer los artículos El calesero de alquiler, La vejez del sastre y otros folletines de costumbre con los cuales colaboró en El Faro y en El Avisador Comercial; pero se deleitará sin duda leyendo algunas de las hermosas endechas que contiene el libro de versos. Notará cuánto el autor se muestra místico y profundo en Una visita al cementerio, le encontrará filósofo en A mi lira, admirará su tierno sentimentalismo en Recuerdos de la infancia, y acaso se aprenderá de memoria el soneto La cena, al par de esa bella cancion El suspiro de amor que, puesta en música, ha sido tan celebrada en estos últimos dias.
En algunas se traspira un fondo de melancolía que angustia el corazon, porque se adivina la inícua causa. Siempre el sordo sufrir en esa raza de los desamparados! Hemos llevado un desengaño: creimos un momento haber encontrado lo que en Cuba parecia imposible, la felicidad en una familia de color. Nos engañábamos. Allí tambien germina sordamente la funesta semilla del desencanto y del dolor.
ERRATAS.