Este suceso alargó la partida hasta los primeros de Mayo, que salieron de Cizico seis mil con nombre de Catalanes, mil Alanos, y las compañias de Romeos debajo del gobierno de Marulli; pero todos sujetos, y á órden de Roger. Iva tambien Nastago gran Primicerio. Llegaron con estas fuerzas á Anchirao, y de allí con gran valor y confianza, que sí lo dice Pachimerio, fueron á sitiar á Germe; lugar fuerte donde los Turcos estaban, y entendida por ellos la resolucion, con sola la fama de su venida dejaron el lugar, y se retiraron. Pero no pudo ser esto tan á tiempo, que su retaguardia no fuese gravemente ofendida de los Catalanes. De allí pasaron á otro lugar que la historia de Pachimerio no le nombra, solo dice que estaba dentro para su defensa Sausi Crisanislao famoso soldado y Capitan de Búlgaros, á quien mandó ahorcar con doce de sus soldados los más principales, sin decir con certeza la ocasion de este castigo; solo se presume, que habrian defendido mal algun lugar que estaba á su cargo, ó entregado alguna fortaleza, y queriendo Sausi disculparse atravesó razones con Roger, que le movieron á meter mano á la espada, y herirle, y después fué entregado á los que le habian de ahorcar. Los Capitanes Griegos detuvieron la ejecucion, y alcanzaron de Roger el perdon; porque le advirtieron el disgusto que tendria el Emperador Andronico si castigase un hombre de tanta calidad, y tan buen soldado, sin haberle dado razon. Era Crisanislao uno de los capitanes Búlgaros que prendió Miguel padre de Andronico en la guerra de la Chana, y detenido gran tiempo en prision fué puesto en libertad por Andronico, y honrado en cargos militares, y en gobiernos de Provincias, y entónces se hallaba en esta parte de Frigia ocupado en servicio del Emperador. Luego de allí pasó el ejército á Geliana camino de Philadelphia, donde le llego aviso á Roger de algunos lugares fuertes que ocupaban los Turcos, significándole la violencia que padecían, y por carta le suplicaban les ayudase, pues eran Romeos que se dieron á la fuerza del tiempo, y que se querian levantar contra los enemigos.

Roger les respondió que estuviesen de buen ánimo, que él les socorrería. Con esto pasó adelante á meter el socorro en Philadelphia, que era el principal intento que llevaban, Caramano Alisurio que la tenía sitiada, cuyo gobierno se extendía por esta Provincia, con el aviso que tuvo de la venida del ejército de los Catalanes, levantó el sitio con la mayor parte de su ejército, y caminó la vuelta de ellos, con deseo de vengar la rota del año antes que los Catalanes dieron á sus compañeros. Esto pareció que le convenia, y no aguardarlos sobre Philadelphia; ciudad grande, y con gente armada, que animada del ejército amigo saldria á pelear. Dejó algunos fuertes guarnecidos, con que le pareció que los de la ciudad no intentarian el salir, pero dos millas lejos al amanecer se reconocieron de una y otra parte, y se pusieron en órden para pelear. El ejército de los Turcos llegaba á ocho mil caballos y doce mil infantes Caramanos todos, los mas valientes y temidos de toda la nacion, superiores en número á los nuestros, pero muy inferiores en el valor, en la disciplina, en la ordenanza militar, y en las armas ofensivas y defensivas; solo habia igualdad en el ánimo y deseo de pelear. Roger dividió en tres tropas su caballería, Alanos, Romeos y Catalanes, y Corbaran de Alet, á cuyo cargo estaba la infantería, la dividió en otros tantos escuadrones, y hecha señal de acometer se envistieron con gallardo ánimo y bizarría. Travóse la batalla muy sangrienta para los Turcos, por que los Catalanes más prácticos en herir, y más seguros por las armas de ser ofendidos, hacian grande daño en ellos con muy poco suyo. Junto á los conductos de la ciudad fué donde más reciamente se envistieron. Pero los Turcos valientes y atrevidos no dejaban por todos los caminos que podian de ofender á los nuestros, y poner en duda la victoria, que hasta al medio dia anduvo varia; pero el valor acostumbrado de los Catalanes la hizo declarar por su parte con notable daño de los Turcos. Escaparonse huyendo hasta mil caballos, de ocho mil que entraron en la batalla, y solos quinientos infantes, y Caramano Alisurio se retiró herido. De los nuestros perecieron ochenta caballos, y cien infantes. Rehechos sus escuadrones, pasaron la vuelta de Philadelphia, siguiendo lentamente al enemigo, y temiendo alguna gran emboscada de sus copiosos ejércitos. Los Turcos de los fuertes, sabida la rota, los desampararon, y fueron siguiendo su Capitan vencido. Fué la presa y lo que se ganó en esta batalla, segun Montaner, de mucha consideracion.

Con esta victoria comenzaron á levantar cabeza las ciudades de Asia, viendo que los nuestros habian dado principio á su libertad, que los Turcos tenian tan oprimida. Llegó esta opresion á tanto extremo, que les quitaban las mujeres y los hijos para instruirles en su secta. Profanaban los templos y monasterios tan antiguos, donde habia depositados tantos cuerpos de Santos, y grande memoria de nuestra primitiva Iglesia que tanto floreció en aquellas Provincias, trocando el verdadero culto en falsa y abominable adoracion de su profeta. Pero como por los justos juicios de Dios estaba ya determinada la destruicion y servidumbre de todo aquel Imperio y nacion, fué de poco provecho para alcanzar entera libertad todo lo que los nuestros hicieron, antes parece que se confirmó con esto su perdicion; pues cuando los grandes remedios no curan la dolencia porque se dan, es casi cierta la muerte. Nuestros Capitanes se detuvieron antes de entrar en Philadelphia, reconociendo algunos lugares vecinos adonde se pudieron haber retirado y rehecho; pero todo lo hallaron libre de los Turcos; á quien el miedo hizo alargar muchas leguas.

CAPITULO XIV.

Entra en Philadelphia el ejército victorioso. Ganánse algunos fuertes que el enemigo tenía cerca de la ciudad, y dan segunda rota á los Turcos junto á Tiria.

Libres los de Philadelphia del sitio, que tan apretados les tuvo por el valor de las armas de los Catalanes, salieron á recibir el ejército los magistrados y el pueblo, con Teolepto su Obispo, varon de rara santidad, y por cuyas oraciones se defendió Philadelphia más que por las armas del ejército que la guardaba. Entraron las tropas de nuestra caballería primero, con los estandartes vencidos y ganados de los Turcos. Seguían después el carruaje lleno de los Despojos enemigos, y gran número de mujeres y niños cautivos, y algunos mozos reservados para el triunfo de la entrada. Las compañías de infantería eran las últimas, y en medio de ellas las banderas y los Capitanes más señalados, con lucidísimas armas y caballos, que como cosa nunca vista de los de Asia, les causó grande admiracion. No hubo en aquella entrada soldado por particular que fuese, que no vistiese seda ó grana, aunque en aquel tiempo los Turcos no usaban trajes costosos, pero entre los despojos de los Griegos habian alcanzado gran cantidad de ropa y vestidos de mucho precio, que en esta victoria se cobraron. Detuviéronse quince dias en la ciudad, entretenidos con las fiestas y regocijos que se les hicieron; porque fué cosa notable el amor y el respecto con que les trataron los naturales, como quien reconocia de ellos la libertad y la vida que tan aventuradas las tuvieron. La necesidad siempre es agradecida, pero con el beneficio que recibe, seacaba.

Roger salió de Philadelphia á poner en libertad á algunos pueblos de que estaban apoderados los Turcos, y entre otros á Culla algunas leguas mas adelante hacia el Levante de la Ciudad; pero sabida la retirada y huida de su ejército, se retiraron los turcos. Los naturales los recibieron abiertas las puertas, como quien escapaban de tan dura servidumbre, pareciéndoles que con esto alcanzarian perdon de haberse entregado antes fácilmente á los Turcos. Roger perdonó la multitud del pueblo, pero castigó gravemente á muchos. Cortó la cabeza al Gobernador, y al más principal viejo del regimiento condenó á la horca. Estuvo un rato pendiente de ella sin morir, y atribuyendolo á milagro cortaron la soga los que estaban presente, y le libraron.

Volvió el ejército á Philadelphia, y según Pachimerio dice, Roger recogió muchos ducados, y se hizo contribuir más de lo que debiera; por sentirse ya en la Ciudad la falta de bastimentos, por ser muy populosa de suyo, y tener dentro el ejército, después de haber padecido un largo sitio que fué tan apretado que una cabeza de jumento se vendió por un precio increíble. Nastago Duque y Primicerio del Imperio, que militaba en este ejército con Roger, se apartó de él y se fué á Constantinopla, porque no podia ver como Griego maltratar á los naturales, y las demasías que Roger hacia con ellos; y así llegado á Constantinopla quiso que el Emperador le yese, y como esto se le negó por los deudores y amigos de la mujer del Megaduque, á l que yo puedo entender, se fué al Patriarca, y por su medio el Emperador dió oidos á las quejas que traia contra Roger, de que se encendió en el Palacio una gran discordia entre los amigos y émulos del Megaduque.

Pareció á los Capitanes del ejército que convenia hechar primero al enemigo de las Provincias marítimas, porque no quedase poderoso á las espaldas, y porque la vecindad de su armada les diese más fuerzas y seguridad. Con esta determinacion partieron luego de Philadelphia para Niza, Ciudad de Licia, y de allí á Magnesia la que está en la ribera del rio Meandro, donde apenas llegó Roger cuando dos ciudadanos de Tiria vinieron á pedirle socorro diciendo; que la Ciudad no estaba bastantemente fortificada que pudiese defenderse de los terribles asaltos del enemigo, y que si el socorro se tardaba, era cierto el perderse: que los Turcos con poco cuidado se podian coger á tiempo que estuviesen derramados por aquellas vegas, y hacer alguna buena suerte, con grande honra del ejército y provecho suyo: que en llegando la noche se retiraban á los bosques, y salido el sol volvían á talar y destruir la campaña. Roger con la mayor presteza y diligencia que pudo tomó la gente más desembarazada y suelta, y fué la vuelta de Tiria para meterse dentro de ella antes del dia. Llegó á ser tan buen tiempo, que los Turcos ni le pudieron descubrir, ni sentir, habiendo caminado treinta y seis millas en diez y siete horas.

Vino la mañana, y los Turcos comenzaron á bajar á la llanura, y llegarse á la ciudad, y ya estaban cerca de las puertas para hacer sus acostumbrados acometimientos, cuando Corbaran de Alet Senescal salió á rebatirlos con doscientos caballos y mil infantes. Cargó sobre ellos con tanta gallardia, que les rompió y degolló la mayor parte, pero la que quedaba entrera en reconociendo á los nuestros se fué retirando hacia la aspereza de la montaña. Corbaran les siguió con parte de la caballería; pero como los caballos de los turcos estaban desembarazados, y los nuestros cargados con el peso de las armas, llegaron á la falda del monte á tiempo que los Turcos temerosos y cuidadosos solo de sus vidas, habian dejado los caballos, y mejorándose de puesto, porque tomaron los altos de donde mejor se podian guardar y ofender, impidiendo la subida á sus enemigos. El Senescal con mejor ánimo que consejo, mandó que se apeasen los suyos, y él hizo lo mismo, y acometió segunda vez á los Turcos; pero como ellos estaban en lo alto, y tenian algunos reparos con piedras, y flechazos defendían la subida, y tiraban golpes más seguros y ciertos á los que más se señalaban, Corbarán, como valiente y esforzado caballero, era de los que más les apretaban por su persona, y para subir con más ligereza, y andar más suelto, se quitó las armas, después el morrion, ocasion de su muerte; porque le dieron un flechazo en la cabeza, de que luego murió, con cuya pérdida los demás se retiraron.