Roger y los demas Capitanes considerando cuán dañosa les pudiera ser la detencion, si los soldados advirtieran el peligro de la jornada y camino que intentaban, con el gusto de la victoria pasada, quisieron que dentro de seis dias marchase el campo. Partieron de Ania, y atravesaron la Provincia de Caria, y todo aquel inmenso espacio de Provincias que están entre la Armenia y el mar Egeo, sin que hubiese enemigo que se les opusiese. Marchaba el campo según la comodidad de los lugares muy de espacio, consolando los pueblos Cristianos, y animándoles á su defensa, y con universal admiracion de todos los fieles eran recibidos los nuestros, alegrándose de ver armas Cristianas tan á dentro, las cuales los que entonces vivian jamás vieron en sus Provincias, aunque su deseo siempre las llamaba y esperaba; pero la flojedad de los Griegos nunca les dió lugar á que las viesen, hasta que el valor de los Catalanes y Aragoneses se las mostró.
CAPITULO XVII.
Pelean con todo el poder de los Turcos los Catalanes y Aragoneses en las faldas del monte Tauro, y alcanzan de ellos señaladísma victoria.
Poco antes que llegasen á las faldas del monte Tauro, que divide la Provincia de Cicilia de Armenia la menor, hicieron alto, y trataron de que primero se reconociesen las entradas y pasos peligrosos, sospechando siempre, como sucedió, que el enemigo no les aguardase. En tanto que esto se consultaba, nuestra caballería que reconocia la campaña, descubrió el ejército enemigo que aguardaba el nuestro entre los valles de las faldas del monte. Tocóse arma en ambos ejércitos, y los Turcos viéndose descubiertos, y que su traza habia salido vana y sin fruto, se resolvieron luego de salir á lo llano, y acometer á los nuestros que venian algo fatigados del camino, antes que pudiesen descansar ni mejorar de puesto. Había en el campo de los Turcos veinte mil infantes, y diez mil caballos, y la mayor parte de ellos eran de los que habian escapado de las rotas pasadas. Tendióse su caballería por el lado izquierdo, y la infantería por el derecho la vuelta del campo Cristiano. Opusose Roger con su caballería á la del enemigo, que por la frente y costado cerró con la nuestra. Rocafort con su infantería, y Marulli hizo lo mismo, habiendo primero los Almugavares hecho su señal acostumbrada en los encuentros más arduos, que era dar con las puntas de las espadas y picas por el suelo, y decir: despierta hierro; y fué cosa notable lo que hicieron aquel dia, que antes de vencer, se daban unos á otros la enhorabuena, y se animaban con cierta confianza del buen suceso.
Travóse la batalla en puesto igual para todos, con grandes y várias voces, peleándose valerosamente, porque pendia la vida y libertad de entre ambas partes de la victoria de aquel dia. Si los nuestros quedáran vencidos por ser poco prácticos en la tierra, y tener tan lejos la retirada, fuera cierta su muerte, ó lo que se tuviera por peor quedar cautivos en poder de aquellos Bárbaros ofendidos. Los Turcos tenian tambien igual peligro; porque los naturales de aquellas Provincias Cristianas á donde estaban, viéndoles rotos y vencidos, les acabáran sin duda, satisfaciendo en ellos una justa venganza. En el primer encuentro, por la multitud y número infinito de los Bárbaros, se corrió gran riesgo, y estuvo la victoria muy dudosa, pero cobraron nuevo ánimo y vigor; porque los Capitanes repitieron segunda vez el nombre de Aragon, y desde entonces parece que esta voz infundió en los enemigos temor, y en los nuestros un esfuerzo nunca visto. Y como ya de una y otra parte se habia llegado á los golpes de alfanjes y espadas, en que los nuestros tenian tanta ventaja por las armas defensivas, luego se comenzó á inclinar la victoria por nuestra parte. Los Catalanes ejecutaban en los vencidos su rigor y furia acostumbrada en las guerras contra los infieles, que aquel dia en los Turcos todo fué desesperacion, ofreciéndose á la muerte con tanta determinacion y gallardia, que no se conoció en alguno de ellos muestras de quererse rendir, ó fuese por estar resueltos de morir como gente de valor, ó porque desesperaron de hallar en los vencedores piedad. En tanto que sus brazos pudieron herir siempre hicieron lo que debian, y cuando desfallecían con el semblante y los ojos mostraban que el cuerpo era el vencido, no el ánimo. Los nuestros no contentos de haberlos hecho desamparar el campo, les siguieron con el mismo rigor que pelearon en la batalla. La noche y el cansancio de matar dió fin al alcance. Estuvieron hasta la mañana con las armas en la mano. Salido el sol, descubrieron la grandeza de la victoria, grande silencia en todas aquellas campañas, teñida la tierra en sangre, por todas partes montones de hombre y caballos muertos, que afirma Montaner, que llegaron á número de seis mil caballos, y doce mil infantes, y que aquel dia se hicieron tantos y tan señalados hechos en armas, que apenas se pudieran ver mayores; y con encarecer esto no refiere alguno en particular, con grande injuria y agravio de nuestros tiempos, pues tales hazañas merecieran perpetua memoria.
Quedó con tanto brio nuestra gente después de esta victoria, y tan perdido el miedo á las mayores dificultades, que pedian á voces que pasasen los montes, y entrasen en la Armenia, porque querian llegar hasta los últimos fines del Imperio Romano, y recuperar en poco tiempo lo que en muchos siglos perdieron sus Emperadores; pero los Capitanes templaron esta determinacion tan temeraria, midiendo, como era justo, sus fuerzas con la dificultad de la empresa.
CAPITULO XVIII.
Con la entrada del invierno vuelven los nuestros á las Provincias marítimas. Rebelanse los de Magnesia, poneles sitio Roger, pero llamado de Andronico, le levanta, y llega á la boca del estrecho con todo el ejercito.
Detuviéronse ocho dias en el lugar de la victoria, y fueron pocos para recoger la presa. Prosiguieron su camino hasta un lugar que Montaner llama Puerta del hiero; término, y raya de la Natolia y Armenia. Detúvose tres dias Roger dudoso del camino que tomarian, pero al fin viendo cerca el Otoño, y hallándose tan á dentro de las Provincias que aún no estaban bien aseguradas á su devocion, se resolvió con el parecer de sus Capitanes, de volver á la Ciudad de Ania, y pasar en ella el invierno, hasta que fuese tiempo de salir en campaña; pues aquel año se habia roto cuatro veces al enemigo, y recuperado tantas Provincias. Nicephoro dice, que por faltar las espías y gente práctica en la tierra dejaron de pasar adelante; porque sin ella fuera cosa muy peligrosa, y Roger era tan diestro Capitan, que no se aventurára temerariamente. Hacinase las jornadas muy cortas, porque no pareciese que la retirada era por algun temor, caminando por los puestos que tenian ya reconocidos á la ida. En esta retirada cargan los Historiadores Griegos á los nuestros de insolentes y crueles, que hicieron más daño en las Ciudades de Asia que los Turcos enemigos del nombre Cristiano; y aunque creo que fueron algunos los daños, pero no tantos como ellos lo encarecen. Porque el tiempo que los nuestros estuvieron en Asia, fué muy poco, y éste le ocuparon siempre en vencer y alcanzar señaladas victorias de sus enemigos, de donde les resultaba infinita ganancia de las presas que hacian, que eran tantas, que algunas veces las dejaban, ó por no poderlas llevar, ó por estimarlas en poco; pero yo doy por verdadero lo que dicen los Griegos, más no por eso se les puede quitar la gloria de sus victorias. ¿Qué ejército se ha visto que diese ejemplo de moderacion y templaza, y más el que alcanza muy á tarde sus pagas? No hay duda que un ejército amigo mal disciplinado, es tan dañoso en una Provincia como el del enemigo; y así los Griegos la mayor parte de sus historias entretienen en las quejas de estos daños, encareciéndolos más de lo que debe un Historiador.
Veniáse el ejército retirando hácia Magnesia, donde Roger tenía la mayor parte de sus riquezas y tesoro, cuando les llegó aviso de los de Magnesia, como Ataliote su Capitan se habia rebelado; y degollado la guarnicion de los Catalanes que Roger habia dejado, y alzádose con sus tesoros que habia recogido dentro de la Ciudad. El caso pasó de esta manera.