Con este buen suceso trató el Emperador con los mismos Genoveses, que emprendiesen de echar á los Catalanes que estaban en Galípoli, y ellos se lo ofrecieron que les diese seis mil escudos. Fué contento Andronico de darlos, y así se los envió; pero ellos como gente atenta á la ganancia pesaron el dinero, y hallándole falto se lo volvieron á enviar. Andronico replicó que les satisfaría el daño, y entonces ya no quisieron, porque informados mejor de lo que emprendian no les pareció igual paga. Supo el Emperador que traian á Berenguer preso, procuró con amenazas y ruegos que se le entregasen, y ultimamente ofreció por su persona veinte y cinco mil escudos. Todos se le negó, temiendo, á lo que yo sospecho, que el Rey de Aragon no hiciese gran sentimiento, si Berenguer tan grande y principal vasallo suyo padeciera afrentosa muerte en poder del Emperador Andronico, el cual tentó el medio mas eficaz que pudo, ofreciendo á ciertos patrones de estas galeras, para que con algun engaño se le entregase, ocho mil escudo, y diez y seis pares de ropas de brodecado; pero descubierto el trato, no quisieron que Andronico tentase alguna violencia, y así se partieron, dajando muy desbrido al Emperador. A la entrada del estrecho, Ramon Montaner de parte de los que quedaban en Galípoli llegó con una fragata á pedir á Eduardo de Oria le diesen la persona de Berenguer, y ofreció el dinero que pudieron recoger por su rescate, que fueron hasta cinco mil escudos; pero los Genoveses no quisieron, ó por parecerles poca la cantidad, á lo que tengo por mas cierto, ó por no irritar el ánimo de Andronico si ponian en libertad un enemigo suyo, en puesto que se tenia por sus mayores enemigos, de donde con mayor daño pudiese segunda vez destruir sus Provincias, y asolar sus Ciudades. Desesperado Montaner de alcanzar su libertad, dióle parte del dinero que trahia, y le ofreció que en nombre del ejército se enviarian Embajadores al Rey de Aragon, y al de Sicilia, para que se satisfaciese agravio tan notable, como prender debajo de seguro un Capitan de Rey amigo.
CAPITULO XXXIV.
Los pocos que quedaron en Galípoli dan barreno á todos los navios de su armada.
Preso Berenguer de Entenza, y muertos los mejores caballeros y soldados que les siguieron, quedaron solo en Galípoli con Rocafort su Senescal, mil y dos cientos infantes, y doscientos caballos, y cuatro caballeros buenos soldados, Guillén Siscar, y Juan Perez de Caldés Catalanes, y Fernando Gori, y Ximeno de Albaro Aragoneses, y con ellos Ramon Montaner Capitan de Galípoli. Este tan poco número de gente defendió aquella plaza, y cuando supieron que Berenguer con su armada se habia perdido, y que el socorro, que esperaban habia de venir por su mano ya no tenia lugar, y aunque reconocieron el peligro cierto, no perdieron el animo, antes cobrando de la adversidad mayor esfuerzo, dieron ejemplo raro á los venideros de lo que se debe hacer en casos, donde el honor corre riesgo de que alguna mal advertida resolucion manche su limpieza, conservada largos años sin notas de infamia. Tuvieron consejo, y en él hubo diferentes pareceres. Hubo algunos que les pareció forzoso el desamparar á Galípoli, y que tratar de defenderla era desatino. Que se embarcasen en sus navios y fuesen la vuelta de la isla de Metellin, porque con facilidad la podrían ganar, y con la misma defenderla, de donde correrían aquellos mares con mas seguridad suya, y daño del enemigo, y que sus pocas fuerzas no daban lugar á mayor satisfacion. Fué tan mal recibido este consejo de los mas, que con palabras llenas de amenazas le contradijeron, y determinaron que Galípoli se defendiese, y que fuese tenido por infame y traidor el que lo rehusase. Estimaron en tanto su determinacion, que por quitarse el poder de mudarla, barrenaron los navios, con que perdieron la esperanza de la retirada por mar, que dándoles la que abriesen sus espadas en los escuadrones enemigos. Siguieron el ejemplo de Agatocles en Africa, y le dieron á Hernando Cortés en el nuevo mundo, entreambos celebrados en la memoria de los hombres por los mas ilustres que el valor humano pudo emprender. Agatocles Rey de Sicilia pasó con una armada á la Africa contra los Cartagineses. Hechada su gente en tierra, hechó á fondo sus navios, con que forzosamente hubo de vencer, ó morir; pero este tenia mas confianza y razon de vencer, porque llevaba consigo treinta mil hombres, y la guerra solamente contra Cartago. Los Catalanes se hallaron pocos, lejos de su patria, y la guerra contra todas las naciones del Oriente. Superior á la mayor alabanza fué la determinacion de Cortés; porque ¿quien pudo en ignotas Provincias, distando inmenso espacio de su patria, hechar á fondo sus navios, y escoger una muerte casi cierta por una victoria imposible, sino un varon á quien Dios con admirable providencia permitió que fuerse el que á su verdadero culto redujese la mayor parte de la tierra?. No quiero hacer juicio si éste, ó el de los Catalanes fué mayor hecho, porque pienso que son entreambos tan grandes, que fuera hacerles notable injuria, si para preferir alguno, buscaremos en el otro alguna parte menos ilustre, por donde le pudiéramos juzgar por inferior. Españoles fueron todos los que lo emprendieron, sea comun la gloria.
CAPITULO XXXV.
Salen los nuestros de Galípoli á pelear con los Griegos, y alcanzan de ellos señaladísima victoria.
Después de barrenados los navios, contentos de verse fuera de peligro de perder la reputacion con la retirada, dispusieron su gobierno. Dieron á Rocafort doce Consejeros por cuyo parecer se gobernase. Esta eleccion se hacia por los votos de la mayor parte del ejército, y su poder en los consejos era igual al de Rocafort, y él ejecutaba lo que por parecer de los demás se rresolvia. Hicieron sello para sus despachos, y patentes, con la imagen de San George, y escritas en su orla estas letras: Sello de la Hueste de los Francos que reynan en Thracia y Macedonia. Prudentemente á mi juicio pusieron en lugar de Catalanes Francos, por ser nombre mas universal, y menos aborrecido, y quisieron mostrar que aquel ejército era compuesto de casi todas las naciones de Europa contra los Griegos, y que era causa comun de todos el socorrerles. Por grandeza de ánimo tengo no estrecharle los hombres al nombre de su patria, porque con este nombre no se extrañasen los Españoles de otras Provincias, Italianos, y Franceses sino dilatarle por todo el orbe de la tierra; patria comun de todos los vivientes.
El enemigo se venia llegando á las murallas de Galípoli y estrechaba á los sitiados, y como en las ordinarias escaramuzas, aunque con mayor daño de los Griegos, se perdia gente de nuestra parte, resolvieron de salir á pelear con todas sus fuerzas, y aventurar en un trance de una batalla su vida, y libertad; consejo que le deben seguir los que no pueden largo tiempo conservar la guerra. No se hallaron en Galípoli para salir á pelear entre infantes y caballeros mil y quinientos, puesto que Nicephoro dice, que fueron tres mil; pero el autor escribió por relacion de los Griegos á quien el temor pudo engañar, y parecer doblado el número de los enemigos. Levantaron un estandarte antes de salir á pelear con la imagen de San Pedro pusieronle sobre la torre principal de Galípoli con grandes demostraciones de piedad, puestos de rodillas, después de haber hecho una breve oracion al santo, invocaron á la Virgen. Al tiempo que empezaron la Salve con devotas aunque confusas voces, estando el cielo sereno les cubrió una nuve, y llovió sobre ellos, hasta que acabaron, y luego de improviso se desvaneció. Quedaron admirados de tan gran prodigio, y sintieron en sus corazones grandes afectos de piedad y religion, con que les creció el ánimo, y tuvieron por cierta la victoria, pues con tan claras señales el cielo les favorecia. Reposaron aquella noche, no con poco cuidado de que fuese la última de su vida. Sábado por la mañana que fué el siguiente, á los 21 de Junio salieron de sus murallas y reparos. El enemigo dejado por guarda de sus Reales que estaban en el siguiente, Brachilao dos millas de Galípoli parte de su ejército con ocho mil caballos y mayor número de infantes se adelantó á pelear. Los nuestro hecharon su caballería por el lado izquierdo de su infantería abrigándose por el derecho del terreno algo quebrado. Guillén Perez de Caldés, Caballero anciano de Cataluña, llevaba el estandarte del Rey de Aragon, Fernan Gori el de Don Fadrique Rey de Sicilia, que olvidados de sus Príncipes, jamás olvidaron su memoria. El de San George dieron á Gimeno de Albaro, y Rocafort encomendó el suyo á Guillén de Tous. Las centinelas que estaban en lo alto de las torres de Galípoli dieron la señal de acometer, porque descubrian mejor al enemigo que venia mejorándose por los collados. Cerraron de una y otra parte con gallardia y fué tanta la furia del primer encuentro, que afirma Montaner que los que quedaron dentro de Galípoli les parecio que todo el lugar venia al suelo, á semejanza de terremoto.
No pudieron los Griegos contra soldados tan practicos y valientes, aunque con tanta desigualdad, salir con victoria. Dieron luego la vuelta hacia sus reales, donde pensaron rehacerse. Los que quedaron en su defensa, viendo su gente rota, salieron á detener al enemigo que con furia y rigor increible venia ejecutando su victoria. El nuevo socorro de gente descansada detuvo algo á los vencedores, porque era lo mejor del ejército; pero repetido el nombre de San George cerraron con igual ánimo, y segunda vez vencieron á los Griegos, ganándoles sus alojamientos. Volvieron las espaldas Umbertos Polo Basilia, y el grande Eteriarca. Siguióse el alcance veinte y cuatro millas hasta Monocastano, degollando siempre sin resistencia alguna porque la huida les hizo dejar las armas con que apretados pudieran defenderse de los nuestros, que esparcidos, cansados y pocos, les seguían; pero la vileza de los Griegos era tanta, que refiere un Autor que por las heridas en el rostro no osaban volverle, aunque con solo este riesgo se pudieran defender; ultima miseria á que puede llegar un hombre cuando teme las heridas mas que la infamia. La mayor parte de los Griegos vencidos murieron ahogados, porque seguidos de los Catalanes de quien no esperaban buena guerra sino afrenta, y muerte, se arrojaban en los barcos y leños de la ribera, cargando en ellos mas gente de la que pudieran llevar, con cuyo peso, con la priesa de los que entraban venian al fondo y se habrian, ayudando á esta pérdida los propios Catalanes, que metidos en el agua á cuchilladas, y asidos de los bordes de los barcos, les forzaban á echarse en el agua ó morir. Con la noche dejaron el alcance, y cerca de la media volvieron á Galípoli sin haber reconocido los despojos que el enemigo les dejaba, juzgando por mayor ganancia quitar vidas, y derramar sangre de los que con tanta impiedad quitaron las de sus compañeros y amigos. A la mañana salieron á recoger la presa, y fué de manera que tardaron ocho dias en retirarla dentro de Galípoli, vestidos de seda y oro, en aquel tiempo mas estimados por no ser tan comunes, en gran cantidad, armas lucidas, y joyas de mucho precio, tres mil caballos de servicio, y bastimentos en tanta abundancia, que en muchos dias no se pudiera temer en Galípoli falta de ellos. Murieron de los vencidos veinte mil infantes y seis mil caballos y de los nuestros un caballo, y dos infantes; no me atreviera á referirlo por parecerme caso imposible, si Autores de mucho crédito no refirieran semejantes acontecimientos. Paulo Orosio escritor antiguo y Christiano, cuenta de Agatocles, que degolló con dos mil hombres treinta mil Cartagineses con su General Annon, y él perdió solos dos hombres.