Yo decía con unos empujoncillos de risa:

-¡Gentil bergantón! ¡Hideputa pícaro!

Y por de dentro considere el pío lector lo que sentiría mi gallofería. Estaba, aunque lo disimulaba, como en brasas. Tratamos de venirnos al lugar. Yo y los otros dos nos despedimos y don Diego se entró con ellas en el coche. Preguntólas que qué era la merienda y el estar conmigo, y la madre y tía dijeron cómo yo era un mayorazgo de tantos ducados de renta y que me quería casar con Anica; que se informase y vería si era cosa, no sólo acertada, sino de mucha honra para todo su linaje.

En esto pasaron el camino hasta su casa, que era en la calle del Arenal a San Filipe. Nosotros nos fuimos a casa juntos como la otra noche. Pidiéronme que jugase, codiciosos de pelarme. Yo entendíles la flor y sentéme. Sacaron naipes: estaban hechos. Perdí una mano. Di en irme por abajo, y ganéles cosa de trescientos reales; y con tanto, me despedí y vine a mi casa.

Topé a mis compañeros, licenciado Brandalagas y Pero López, los cuales estaban estudiando en unos dados tretas flamantes. En viéndome lo dejaron, codiciosos de preguntarme lo que me había sucedido. Yo venía cariacontecido y encapotado, no les dije más de que me había visto en un grande aprieto. Contéles cómo me había topado con don Diego y lo que me había sucedido; consoláronme aconsejando que disimulase y no desistiese de la pretensión por ningún camino ni manera.

En esto, supimos que se jugaba en casa de un vecino boticario juego de parar. Entendíalo yo entonces razonablemente, porque tenía más flores que un mayo y barajas hechas, lindas. Determinámonos de ir a darles un muerto (que así se llama el enterrar una bolsa); envié los amigos delante, entraron en la pieza, y dijeron si gustarían de jugar con un fraile que acababa de llegar a curarse en casa de unas primas suyas, que venía enfermo y traía talegos como el brazo y una calza de doblones. Crecióles a todos el ojo y clamaron:

-¡Venga el fraile norabuena!

-Es hombre grave en la orden -replicó Pero López- y, como ha salido, se quiere entretener, que él más lo hace por la conversación.

-Venga, y sea por lo que fuere.

-No ha de entrar nadie de fuera, por el recato -dijo Brandalagas.