Yo me quedé como hombre que le preguntan qué es cosa y cosa[390], viendo tan extraño ajuar y tan desbaratada compostura. No me espantó; suspendióme, y no sin risa, porque, bien mirado, era figura donosa[391]. Pregúntele quién era, y díjome[392]:
—La muerte.
¿La muerte? Quedé pasmado. Y apenas abrigué al corazón algún aliento para respirar, y, muy torpe de lengua, dando trasijos[393] con las razones, la dije:
—Pues ¿a qué vienes?
—Por ti—dijo.
—¡Jesús mil veces! Muérome según eso.
—No te mueres—dijo ella—; vivo has de venir conmigo a hacer una visita a los difuntos. Que pues han venido tantos muertos a los vivos, razón será que vaya un vivo a los muertos y que los muertos sean oídos. ¿Has oído decir que yo ejecuto sin embargo? Alto, ven conmigo.
Perdido de miedo, le dije:
—¿No me dejarás vestir?