QUEVEDO
LOS SUEÑOS
I
EDICIÓN Y NOTAS DE JULIO CEJADOR Y FRAUCA
MADRID
EDICIONES DE “LA LECTURA”
1916
INTRODUCCIÓN
Los Sueños fueron la obra principal que de 1606 a 1613 compuso el joven satírico don Francisco de Quevedo Villegas (1580-1645); por lo menos durante aquellos años escribió el de las Calaveras, el Alguacil alguacilado y el Mundo por de dentro. Es la obra que más ha hecho sonar su nombre; fué el fruto ya maduro de hondo pensador, de atento especulador de la ciencia de gobierno, de pintor maravilloso de las costumbres, de satírico acerado de las lacras sociales, de espíritu revoltoso y travieso y de estilista consumado.
La traza de fantasear un sueño para dar rienda suelta a su vena bulliciosa, mordaz y festiva por el variado e inverosímil campo de la sátira de costumbres, tomóla de la Divina comedia, del Dante; de las Danzas de la muerte medioevales; del Fin del mundo y segunda venida de Cristo, atribuida al bienaventurado Hipólito; de las pinturas del Bosco, y sobre todo, del gran satírico griego Luciano de Samosata, a quien no menos, antes más a las claras, había ya Cristóbal de Villalón imitado medio siglo había en la magnífica sátira que corría manuscrita con el título de Crotalón. La diferencia es grande, aunque la fuente de donde corren entrambas aguas la misma, y no menos el común intento moralizador por medio de la sátira de las costumbres. Es Villalón más helenista; más español, Quevedo. La ironía es allí enteramente clásica y lucianesca, recontando un gallo sus anteriores vidas en diversos estados, con el sosiego de la musa griega y la tranquila objetividad de un narrador filósofo, que por nada se altera; aquí la ironía es roja y chillona, sin matices melindrosos, española enteramente, sin el envoltorio de gallos ni de caballeros andantes, como la envolvió clásicamente Cervantes en novela de inventiva sin igual. Quevedo es satírico de golpe y porrazo, de antuvión, diría él; es poeta subjetivo y lírico, con lirismo empapado en hieles, embrazada la porra en vez de la lira. Ni liras ni cítaras ni formingues son para los callosos dedos de este gañán de la sátira. Nada hay aquí de narrativo en el fondo, como en Luciano y Villalón, porque las pinturas se suceden sin atadero, y son brochazos, ricos de colorido, mas sin composición que los trabe y armonice, que no lo es apenas el flojísimo hilo que enlaza los retazos en el todo del pensamiento del juicio final, o del endemoniado alguacil, o de la farsa del mundo. Tanto es así, que las pinceladas podrían pasar del uno a los otros en estos Sueños, y siempre estarían en su propio lugar. Al cabo y a la postre, en el soñar, ni hay hilo que trabe las escenas ni unidad de composición alguna. El espíritu volandero y mariposeador de Quevedo no podía más libremente revolotear que en lo desatado y ligero de un sueño. No había nacido para el teatro, la novela u otras obras largas; hoy hubiera sido un terrible periodista satírico.