Quevedo debió de conocer que sus adversarios no habían de cejar un punto. Ello es que por entonces comenzó el Conde-Duque a tratar de ganarse su voluntad y él se rindió, no ciertamente a las dádivas, amenazas y persecuciones, pero sí a las muestras de amistad que le dió el favorito, hasta llegar a imprimir el año de 1630 en Zaragoza El Chitón de las tarabillas, en defensa del descabellado arbitrio de Olivares sobre las minas y la baja de la moneda y en defensa del mismo Conde-Duque. Por aquí acaso se explicará el inexplicable hecho de la corrección y nueva redacción que hizo de Los Sueños, quitándoles muchos pasajes de los que escandalizaban a los envidiosos y cuanto aludía a la Escritura, a la Religión y a los clérigos y religiosos, convirtiendo los Sueños de cristianos en gentílicos.

A principios del año 1629 pidió al Tribunal de la Inquisición recogiese todas las impresiones hechas en Aragón y otras partes fuera de los reinos de Castilla, y con la censura de fray Diego del Campo y la del padre Juan Vélez Zabala, calificadores ambos del Santo Oficio, dió en Madrid a la estampa sus obras satírico-morales en aquel otoño (Índice expurgatorio publicado en 1640 por el inquisidor general don Antonio de Sotomayor). Intitulóse el libro Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio, Madrid, 1629. Cambiáronse los nombres de cada uno de los sueños resultando:

El Sueño de las calaveras, por El Sueño del Juicio final; El Alguacil alguacilado, por El Alguacil endemoniado; Las Zahurdas de Plutón, por Sueño del Infierno; Visita de los chistes, por El Sueño de la Muerte.

Añadiéronse nuevos tratados: El Libro de todas las cosas y otras muchas más; Aguja de navegar cultos; La Culta latiniparla, y La caldera de Pero Gotero, refundida luego, en El Entremetido y la Dueña y el Soplón. Desaparecieron los romances El Nacimiento del autor, El Cabildo de los gatos, Las dos aves y los dos animales fabulosos, La Premática del tiempo y la Casa de locos de amor.

En fin, para imprimir por diez años los Juguetes de la niñez, concedió licencia Su Majestad a Quevedo, a 20 de enero de 1631; y Madrid (1788, 1794) Sevilla (1634, 1641) y Barcelona, (1635, dos ediciones, 1695) los reprodujeron varias veces, ejemplares que la rapacidad de libreros vergonzantes y la afición de los extranjeros por las antiguas ediciones españolas han hecho rarísimos en nuestras bibliotecas. Respetando la voluntad última del autor, se ha preferido siempre imprimir esta edición de los Juguetes de la niñez. Pero de esta redacción y corrección, si hoy se levantara Quevedo, cierto estoy de que clamara amargamente: Compulsus feci. Huele demasiado a teólogos escrupulosos no sólo todo lo variado y corregido, pero aun el mismo título de Juguetes de la niñez. No lo eran ciertamente para Quevedo, aunque así lo intituló por quitarse de enredos. Es la obra de más valer que escribió, la de más maduro juicio, aunque escrita por su mayor parte siendo todavía joven. Así lo pensaba su autor cuando prosiguió por la misma vereda escribiendo, ya entrado en años, no sólo la Visita de los chistes, sino El Entremetido y la Dueña y el Soplón, y finalmente la obra póstuma y verdadero póstumo sueño, La Hora de todos y la fortuna con seso. No son juguetes de niños, sino filosofías de hombre muy maduro y asesado Los Sueños de Quevedo. No es menester gran talento para comprenderlo; ¿y habrá quien crea que para comprenderlo no lo tuvo el mismo Quevedo? ¿No se pasó toda la vida satirizando las necedades de los hombres, poniéndolos al desnudo, riéndose de sus ridiculeces? ¿Cómo le vamos a creer que escribió “con ingenio facinoroso” sus Sueños y que les puso “nombres más escandalosos que propios?” Los que se escandalizaron fueron sin duda algunos teólogos a lo padre Niseno y los hipocritones de sus émulos. No conocemos bien las apreturas en que se vió, aunque algo se traslucen por lo poco que hemos historiado. Ello basta para saber que, si no podemos juzgar en esta parte a Quevedo, afirmando que prevaricó y quedó vencido y se desdijo feamente, lo cual dificultoso es de admitir en varón de tanta entereza en tantas y tan graves persecuciones, sobre todo la del Conde-Duque, cuando en la última vejez le empozó en la mazmorra aquella del convento de San Marcos de León, donde por milagro no acabó, tullido y lleno de enfermedades sus tristes días; por lo menos basta para asegurarnos de que, si oficialmente y en lo de fuera, fué su última voluntad la edición que llamó Juguetes de la niñez, en lo de dentro de su pecho y en lo íntimo de su conciencia no fué así.

¿Por qué han de ser “más escandalosos que propios” los títulos cristianos, que no los gentílicos? Un cristiano no sueña en el despertar de calaveras, sino en el juicio final; no en las zahurdas de Plutón, sino en el infierno; un cristiano ve ángeles, diablos; ve a Dios y a su Madre, y no a Júpiter y a defensores y verdugos abstractos; un cristiano gran satírico, ve y pinta las necedades de monjas, frailes, curas y obispos, lo mismo y con mayor dolor que las de sastres y escribanos. Nada de escandaloso ni impropio vió y pintó el Dante, cuando esto vió y pintó, y no es por ello la Divina Comedia obra de “ingenio facinoroso”. “Con desprecio” dice Quevedo que dejó los Sueños, tal como primero los había escrito. Permítame que le diga, no que se engañó y quiso engañarnos, sino que quiso engañar y engañó con ese prefacio a sus adversarios teologizantes. Con este borrar de trozos y cambiar de palabras, para quitar a los Sueños todo color cristiano, como si no fuera una sátira de cristianos y por un cristiano escrita, las alegorías hechas a la fuerza mitológicas, quedaron frías, falsas y sin fuerza alguna; los asuntos inverisímiles; el texto, a veces oscuro e indescifrable; la obra entera, descolorida, falseada, indigna de un satírico como Quevedo. La edición verdaderamente crítica de Los Sueños acaso exigiera que se imprimiesen juntamente con la redacción corregida dos o más de las anteriores o lo que primitivamente escribió Quevedo, sacándola de todas ellas, si ello fuera hacedero. En la mía he añadido como notas todas las variantes, por manera que pueda restituirse la redacción primitiva. La fortuna con seso i la hora de todos, fantasía moral. Autor Nifroscrancot Viveque Vasgel Duacense. Traducido de Latín en Español, por Don Estevan Pluvianes del Padron, Natural de la villa del Cuervo Pilona, Zaragoza, 1650, 1651. Fué escrita en 1635 y acabada en 1636. La copia del amanuense de Quevedo, hecha en 1645, paró en la biblioteca de los Duques de Frías. En la Nacional (T. 153, pág. 236) hay tres pliegos con este epígrafe: Fortuna con seso y hora de todos. Adiciones del original a lo impreso, erratas, y índice de los asuntos que contiene. La primera colección en que se incluyó debió de ser la de Madrid, 1658. El Nifroscrancot es el anagrama de Don Francisco de Quevedo Villegas, que según el ms. de la Nacional (pág. 240), debe leerse: Nifroscancod Diveque Vasgello.

Julio Cejador.


Nota. Por razones editoriales dejamos para el tomo siguiente El Mundo por de dentro, que debiera ir antes de la Visita de los Chistes.