—En todo esto estoy bien—le dije—; sólo querría saber si hay en el infierno muchos pobres.
—¿Qué es pobres?—replicó.
—El hombre—dije yo—que no tiene nada de cuanto tiene el mundo.
—¡Hablara yo para mañana![142]—dijo el diablo—. Si lo que condena a los hombres es lo que tienen del mundo, y ésos no tienen nada, ¿cómo se condenan?[143] Por acá los libros nos tienen en blanco. Y no os espantéis, porque aun diablos les faltan a los pobres. Y a aunes más diablos sois unos para otros que nosotros mismos. ¿Hay diablo como un adulador, como un envidioso, como un amigo falso y como una mala compañía? Pues todos éstos le faltan al pobre, que no le adulan, ni le envidian, ni tiene amigo malo ni bueno ni le acompaña nadie. Éstos son los que verdaderamente viven bien y mueren mejor. ¿Cuál de vosotros sabe estimar el tiempo y poner precio al día, sabiendo que todo lo que pasó lo tiene la muerte en su poder y gobierna lo presente y aguarda todo lo por venir, como todos ellos?
—Cuando el diablo predica, el mundo se acaba. Pues ¿cómo, siendo tú padre de la mentira—dijo Calabrés—, dices cosas que bastan a convertir una piedra?
—¿Cómo?—respondió—. Por haceros mal y que no podáis decir que faltó quien os lo dijese. Y adviértase que en vuestros ojos veo muchas lágrimas de tristeza y pocas de arrepentimiento, y de las más se deben las gracias al pecado, que os harta o cansa, y no a la voluntad, que por malo le aborrezca.
—Mientes—dijo Calabrés—. Que muchos buenos hay hoy. Y ahora veo que en todo cuanto has dicho has mentido, y en pena saldrás hoy de este hombre.
Apremióle a que callase[144], y, si un diablo por sí es malo, mudo es peor que diablo.
Vuecelencia, con curiosa atención, mire esto y no mire a quien lo dijo[145]. Que por la boca de una sierpe de piedra sale un caño de agua[146].