Apenas oyeron esto, cuando se pusieron todos a aullar y darse de bofetones. Hiciéronme lástima, no lo pude sufrir, y pasé adelante.
Y llegando a una cárcel oscurísima, oí grande ruido de cadenas y grillos, fuego, azotes y gritos. Pregunté a uno de los que allí estaban qué estancia era aquélla, y dijéronme que era el cuarto de los de: ¡Oh, quién hubiera![210]
—No lo entiendo—dije—. ¿Quién son los de ¡oh, quién hubiera!?
Dijo al punto:
—Son gente necia que en el mundo vivía mal y se condenó sin entenderlo, y ahora acá se les va todo en decir: ¡Oh, quién hubiera oído misa! ¡Oh, quién hubiera callado! ¡Oh, quién hubiera favorecido al pobre! ¡Oh, quién no hubiera hurtado!
Huí medroso de tan mala gente y tan ciega y di en unos corrales con otra peor. Pero admiróme más el título con que estaban aquí, porque preguntándoselo a un demonio, me dijo:
—Estos son los de: ¡Dios es piadoso!
—¡Dios sea conmigo!—dije al punto—. Pues ¿cómo puede ser que la misericordia condene siendo eso de la justicia? Vos habláis como diablo.
—Y vos—dijo el maldito—, como ignorante, pues no sabéis que la mitad de los que están aquí se condenan por la misericordia de Dios. Y si no, mirad cuántos son los que, cuando hacen algo malhecho y se lo reprenden, pasan adelante y dicen: “Dios es piadoso y no mira en niñerías; para eso es la misericordia de Dios tanta”. Y con esto, mientras ellos haciendo mal esperan en Dios, nosotros los esperamos acá.