—Así, ¿que erré el golpe? Pues en pena he de quedar zurdo.
Y cuando la justicia manda cortar a uno la mano derecha por una resistencia, es la pena hacerle zurdo, no el golpe. Y no queráis más, que, queriendo el otro echar una maldición muy grande, fea y afrentosa, dijo:
Lanzada de moro izquierdo
te atraviese el corazón[221].
Y en el día del juicio todos los condenados, en señal de serlo, estarán a la mano izquierda. Al fin es gente hecha al revés y que se duda si son gente.
En esto me llamó un diablo por señas y me advirtió con las manos que no hiciese ruido. Lleguéme a él y asoméme a una ventana, y dijo:
—Mira lo que hacen las feas.
Y veo una muchedumbre de mujeres, unas tomándose puntos[222] en las caras, otras haciéndose de nuevo, porque ni la estatura en los chapines, ni la ceja con el cohol[223], ni el cabello en la tinta, ni el cuerpo en la ropa, ni las manos con la muda, ni la cara con el afeite, ni los labios con la color, eran los con que nacieron ellas. Y vi algunas poblando sus calvas con cabellos que eran suyos[224] sólo porque los habían comprado. Otra vi que tenía su media cara en las manos, en los botes de unto y en la color.
—Y no queráis más de las invenciones de las mujeres—dijo un diablo—; que hasta resplandor tienen sin ser soles ni estrellas. Las más duermen con una cara y se levantan con otra al estrado, y duermen con unos cabellos y amanecen con otros. Muchas veces pensáis que gozáis las mujeres de otro y no pasáis el adulterio de la carne. Mirad cómo consultan con el espejo sus caras. Éstas son las que se condenan solamente por buenas siendo malas.
Espantóme la novedad de la causa con que se habían condenado aquellas mujeres, y, volviendo, vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego ni hielo, ni demonio ni pena alguna, dando las más desesperadas voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose pedazos a golpes y a vuelcos.