—Sisones son dispenseros y los dispenseros, sisones.
A este pregón se estremecían todos, y Judas estaba con sus treinta dineros atormentándose[233]. Yo le dije:
—Una cosa querría saber de ti: ¿por qué te pintan con botas y dicen por refrán las botas de Judas[234]?
—No porque yo las truje—respondió—; mas quisieron significar, poniéndome botas, que anduve siempre de camino para el infierno y por ser dispensero. Y así se han de pintar todos los que lo son. Ésta fué la causa, y no lo que algunos han colegido de verme con botas, diciendo que era portugués, que es mentira; que yo fuí...
Y no me acuerdo bien de dónde me dijo que era, si de Calabria[235], si de otra parte.
—Y has de advertir que yo sólo soy el dispensero, que se ha condenado por vender; que todos los demás, fuera de algunos, se condenan por comprar[236]. Y en lo que dices que fuí traidor y maldito en dar a mi Maestro por tan poco precio, tienes razón, y no podía hacer yo otra cosa, fiándome de gente como los judíos[237], que era tan ruin, que pienso que, si pidiera un dinero más por él, no me lo tomaran. Y porque estás muy espantado y fiado en que yo soy el peor hombre que ha habido, ve ahí debajo y verás muchísimos tan malos. Vete—dijo—, que ya basta de conversación, que no los escurezco.
—Dices la verdad—le respondí.
Y acogíme donde me señaló, y topé muchos demonios en el camino, con palos y lanzas, echando del infierno muchas mujeres hermosas y muchos malos letrados. Pregunté por qué los querían echar del infierno a aquéllos solos, y dijo un demonio: