—Miren—decía—que les notifico que miren bien si soy difunto, porque por mi cuenta es imposible que pueda ser esto.
En esto, iba y venía, sin poderlo nadie sacar de aquí.
Y para enmendar la locura déstos, salió otro geométrico, poniéndose en puntos con las ciencias, haciendo sus doce casas gobernadas por el impulso de la mano y rayas a imitación de los dedos, con supersticiosas palabras y oración. Y luego, después de sumados sus pares y nones, sacando juez y testigos, comenzaba a querer probar cuál era el astrólogo más cierto. Y si dijera puntual, acertara, pues es su ciencia de punto, como calza[253] sin ningún fundamento, aunque pese a Pedro de Abano[254], que era uno de los que allí estaban, acompañando a Cornelio Agripa, que, con una alma[255], ardía en cuatro cuerpos de sus obras malditas y descomulgadas, famoso hechicero.
Tras éste vi, con su poligrafía y esteganografía, a Trithemio[256], que así llaman al autor de aquellas obras escandalosas, muy enojado con Cardano,[257] que estaba enfrente, porque dijo mal dél solo y supo ser mayor mentiroso en sus libros de Subtilitate, por hechizos de viejas que en ellos juntó.
Julio César Scaligero[258] se estaba atormentando por otro lado en sus Ejercitaciones, mientras pensaba las desvergonzadas mentiras que escribió de Homero y los testimonios que le levantó por levantar a Virgilio aras, hecho idólatra de Marón.
Estaba riéndose de sí mismo Artefio[259], con su mágica, haciendo las tablillas para entender el lenguaje de las aves, y Checol de Áscoli[260], muy triste y pelándose las barbas, porque, tras tanto experimento disparatado, no podía hallar nuevas necedades que escribir.
Teofrasto Paracelso[261] estaba quejándose del tiempo que había gastado en la alquimia; pero contento en haber escrito medicina y mágica, que nadie la entendía, y haber llenado las imprentas de pullas a vuelta de muy agudas cosas.
Y detrás de todos estaba Hubequer[262] el pordiosero, vestido de los andrajos de cuantos escribieron mentiras y desvergüenzas, hechizos y supersticiones, hecho su libro un Ginebra de moros, gentiles y cristianos.
Allí estaba el secreto autor de la Clavicula Salomonis[263] y el que le imputó los sueños. ¡Oh, cómo se abrasaba burlado de vanas y necias oraciones el hereje que hizo el libro Adversus omnia pericula mundi!