En igual forma se encuentran en casi todas las impresiones anteriores a la de Bruselas, 1660, donde los asuntos se sacan al pie con llamadas. En las españolas del siglo pasado se pusieron como epígrafes al principio de cada capítulo.
[109] “Criado de señor endemoniado”. (Ms. de la Biblioteca Nacional, T. 153, pág. 240, v).
LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO
Júpiter[110], hecho de hieles[111], se desgañitaba[112] poniendo los gritos en la tierra. Porque ponerlos en el cielo[113], donde asiste, no era encarecimiento a propósito. Mandó que luego a consejo viniesen todos los dioses trompicando[114]. Marte, don Quijote de las deidades, entró con sus armas y capacete y la insignia de viñadero[115] enristrada, echando chuzos[116], y a su lado, el panarra[117] de los dioses, Baco, con su cabellera de pámpanos, remostada[118] la vista, y en la boca, por lagar vendimias de retorno[119] derramadas, la palabra bebida, el paso trastornado y todo el celebro en poder de las uvas.
Por otra parte, asomó con pies descabalados[120] Saturno, el dios marimanta[121], comeniños, engulléndose sus hijos a bocados. Con él llegó, hecho una sopa[122], Neptuno, el dios aguanoso, con su quijada de vieja por cetro, que eso es tres dientes en romance, lleno de cazcarrias[123] y devanado[124] en ovas, oliendo a viernes[125] y vigilias, haciendo lodos con sus vertientes en el cisco[126] de Plutón, que venía en su seguimiento. Dios dado a los diablos, con una cara afeitada con hollín y pez, bien zahumado con alcrebite[127] y pólvora, vestido de cultos[128] tan escuros, que no le amanecía todo el buchorno del sol, que venía en su seguimiento con su cara de azófar y sus barbas de oropel. Planeta bermejo y andante, devanador de vidas, dios dado a la barbería, muy preciado de guitarrilla y pasacalles, ocupado en ensartar un día tras otro y en engazar[129] años y siglos, mancomunado con las cenas[130] para fabricar calaveras.
Entró Venus, haciendo rechinar los coluros con el ruedo del guardainfante[131], empalagando de faldas a las cinco zonas, a medio afeitar la jeta y el moño[132], que la encorozaba de pelambre la cholla, no bien encasquetado, por la prisa. Venía tras ella la Luna, con su cara en rebanadas, estrella en mala moneda[133], luz en cuartos, doncella de ronda y ahorro de lanternas y candelillas. Entró con gran zurrido el dios Pan, resollando con dos grandes piaras de númenes, faunos, pelicabros y patibueyes[134]. Hervía todo el cielo de manes y lemures y penatillos y otros diosecillos[135] bahunos[136]. Todos se repantigaron en sillas y las diosas se rellanaron, y, asestando las jetas a Júpiter con atención reverente, Marte se levantó, sonando a choque de cazos y sartenes, y con ademanes de la carda[137], dijo:
—Pesia[138] tu hígado[139], oh grande Coime[140], que pisas el alto claro, abre esa boca y garla: que parece que sornas.
Júpiter, que se vió salpicar de jacarandinas[141] los oídos y estaba, siendo verano y asándose el mundo, con su rayo en la mano haciéndose chispas, cuando fuera mejor hacerse aire con un abanico, con voz muy corpulenta, dijo:
—Vusted envaine y llámeme a Mercurio.
El cual, con su varita de jugador[142] de manos y sus zancajos pajaritos[143] y su sombrerillo hecho en horma de hongo, en un santiamén y en volandas[144] se le puso delante. Júpiter le dijo: