—En muchas de las que tú[171] y esa picarona que te sirve habéis dicho, tenéis razón; empero, para satisfacción de las gentes está decretado irrevocablemente[172] que en el mundo, en un día y en una propia hora, se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece. Esto ha de ser: señala hora y día.
La Fortuna respondió:
—Lo que se ha de hacer, ¿de qué sirve dilatarlo? Hágase hoy. Sepamos qué hora es.
El Sol, jefe de relojeros, respondió:
—Hoy son 20 de junio[173], y la hora, las tres de la tarde y tres cuartos y diez minutos.
—Pues en dando las cuatro—dijo la Fortuna—, veréis lo que pasa en la tierra.
Y diciendo y haciendo[174], empezó a untar el eje de su rueda y encajar manijas, mudar clavos, enredar cuerdas, aflojar unas y estirar otras, cuando el Sol, dando un grito, dijo:
—Las cuatro son, ni más ni menos: que ahora acabo de dorar la cuarta sombra posmeridiana de las narices de los relojes de sol.
En diciendo estas palabras, la Fortuna, como quien toca sinfonía, empezó a desatar su rueda, que, arrebatada en huracanes y vueltas, mezcló en nunca vista confusión todas las cosas del mundo, y dando un grande aullido, dijo:
—Ande la rueda, y coz con ella[175].