—Vuesa merced me debe dos mil reales.
El tramposo respondió, después de haberlos vuelto a contar, como si pensara pagarlos:
—Señor mío: a su ramillete de vuesa merced le falta mi flor, que es perder y no pagar. Vuesa merced se la añada, y no tendrá que invidiar a Daraja[405]. Haga vuesa merced cuenta que ha jugado con un saúco, cuya flor es ahorcar bolsas[406]; lo que aquí se ha perdido es el tiempo, que tampoco lo cobrará vuesa merced como yo.
XXVIII. Los holandeses, que, por merced del mar pisan la tierra en unos andrajos de suelo que la hurtan por detrás de unos montones de arena que llaman diques, rebeldes a Dios[407] en la fe y a su Rey en el vasallaje, amasando su discordia en un comercio político, después[408] de haberse con el robo constituido en libertad y soberanía delincuente, y crecido en territorio por la traición bien armada y atenta, y adquirido con prósperos sucesos opinión belicosa y caudal opulento, presumiendo de hijos primogénitos del Océano, y persuadidos a que el mar, que les dió la tierra que cubría para habitación, no les negaría la que le rodeaba, se determinaron, escondiéndole en naves y poblándole de cosarios, a pellizcar y roer por diferentes partes el occidente y el oriente. Van por oro y plata a nuestras flotas, como nuestras flotas van por él a las Indias. Tienen por ahorro y atajo tomarlo de quien lo trae y no sacarlo de quien lo cría. Dales más barato los millones el descuido de un general o el descamino de una borrasca que las minas. Para esto los ha sido aplauso, confederación y socorro la invidia que todos los reyes de Europa tienen a la suprema grandeza de la Monarquía de España. Animados, pues, con tan numerosa asistencia, han establecido tráfago en la India de Portugal, introduciendo en el Japón su comercio, y, cayendo y levantando con porfía providente, se han apoderado de la mejor parte del Brasil, donde, no sólo tienen el mando y el palo, como dicen, sino el tabaco y el azúcar, cuyos ingenios, si no los hacen doctos, los hacen ricos, dejándonos sin ellos rudos y amargos. En este paraje, que es garganta de las dos Indias, asisten tarascas con hambre peligrosa de flotas y naves, dando qué pensar a Lima y Potosí (por afirmar la geografía), que pueden, paso entre paso, sin mojarse los pies, ir a rondar aquellos cerros, cuando, enfadados de navegar, no quieran[409] resbalarse por el río de la Plata o irse, en forma de cáncer, mordiendo la costa por Buenos Aires, y fortificarse trampantojos del pasaje[410]. Estábase muy despacio aquel senado de hambrones del mundo sobre un globo terrestre y una carta de marear[411], con un compás, brincando climas y puertos y escogiendo provincias ajenas, y el Príncipe de Orange, con unas tijeras en la mano, para encaminar el corte en el mapa por el rumbo que determinase su albedrío. En esta acción los cogió la hora, y tomándole un viejo, ya quebrantado de sus años, las tijeras, dijo:
—Los glotones de provincias siempre han muerto de ahito: no hay peor repleción que la de dominios. Los romanos, desde el pequeño círculo de un surco, que no cabía medio celemín de siembra, se engulleron todas sus vecindades, y, derramando su codicia, pusieron a todo el mundo debajo del yugo de su primer arado. Y como sea cierto que quien se vierte se desperdicia tanto como se extiende, luego que tuvieron mucho que perder empezaron a perder mucho; porque la ambición llega para adquirir más allá de donde alcanza la fuerza para conservar. En tanto que fueron pobres, conquistaron a los ricos; los cuales, haciéndolos ricos y quedando pobres con las mismas costumbres de la pobreza, pegándoles las del oro y las de los deleites, los destruyeron, y con las riquezas que les dieron tomaron de ellos venganza. Calaveras son que nos amonestan los asirios, los griegos y los romanos: más nos convienen los cadáveres de sus monarquías por escarmiento que por imitación. Cuanto más quisiéremos encaramar nuestro poco peso, y llegarle en la romana del poder a la gran carga que se quiere contrastar, tanto menos valor tendremos, y cuanto más le retiráremos en ella, nuestra pequeña porción sola contrastará los inmensos quintales que equilibra, y si a nuestra última línea los retiráremos, uno nuestro valdrá mil. Trajano Bocalino apuntó este secreto en el peso de su Piedra del parangón[412], verificándose en la monarquía de España, de quien pretendemos quitar peso, que, juntándole al nuestro, nos le desminuía con el aumento. Hacernos libres de sujetos fué prodigio; conservar este prodigio es ocupación para que nos habemos menester todos. Francia y Ingalaterra, que nos han ayudado a limar a España de su señorío la parte con que las era formidable vecino, por la propia razón no consentirán que nos aumentemos en señorío que puedan temer. La segur que se añade con todo lo que corta del árbol, nadie la tendrá por instrumento, sino por estorbo. Consentirnos han en tanto que tuviéremos necesidad dellos y, en presumiendo de que ellos la tienen de nosotros, atenderán a nuestra mortificación y ruina. El que al pobre que dió limosna le ve rico, o cobra dél o le pide. Nada adquirimos de nuevo que no quieran para sí los príncipes que nos lo ven adquirir, y por vecino, al paso que desprecian al que pierde, temen al que gana, y nosotros, desparramándonos, somos estratagema del Rey de España contra nosotros, pues cuando él, por dividirnos y enflaquecernos, dejara perder adrede las tierras que le tomamos, era treta y no pérdida, y nunca más fácilmente podrá quitarnos lo que tenemos que cuando más nos hubiere dejado tomar de lo que tiene tan lejos de sí como de nosotros. Con el Brasil, antes se desangra y despuebla Holanda que se crece. Ladrones somos: basta no restituir lo hurtado sin hurtar siempre[413], ejercicio con que antes se llega a la horca que al trono.
El Príncipe de Orange, enfadado, y cobrando las tijeras, dijo:
—Si Roma se perdió, Venecia se conserva, y fué cicatera[414] de lugares al principio, como nosotros. La horca que dices, más se usa en los desdichados que en los ladrones, y en el mundo, el ladrón grande condena al chico. Quien corta bolsas, siempre es ladrón; quien hurta provincias y reinos, siempre fué rey. El derecho de los monarcas se abrevia en viva quien vence. Engendrarse los unos de la corrupción de los otros es natural, y no violento: causa es quien se corrompe de quien se engendra. El cadáver no se queja de los gusanos que le comen, porque él los cría; cada uno mire que no se corrompa, porque será padre de sus gusanos. Todo se acaba, y más presto lo poco que lo mucho. Cuando nos tenga miedo quien nos tuvo lástima, tendremos lástima a quien nos tuvo miedo, que es buen trueque. Seamos, si podemos, lo que son los que fueron lo que somos. Todo lo que has apuntado es bueno no lo sepan el Rey de Ingalaterra y Francia, y acuérdalo delante, que al empezar es estorbo lo que en el mayor aumento es consejo.
Y diciendo y haciendo, echó la tijera a diestro y a siniestro, trasquilando costas y golfos, y de las cercenaduras del mundo se fabricó una corona, y se erigió en majestad de cartón.
XXIX. El gran Duque de Florencia, que, por cuatro letras más o menos del título de gran es malquisto de todos los otros potentados, estaba cerrado en un camarín con un criado, de quien fiaba la comunicación más reservada. Conferían la grandeza de sus ciudades y la hermosura de su Estado, el comercio de Ligorna[415] y las vitorias de sus galeras. Pasaron al grande esplendor con que su sangre se había mezclado con todos los monarcas y reyes de Europa en los repetidos casamientos con Francia, pues, por la línea materna, eran sus descendientes los Reyes Católicos, el Cristianísimo y el de la Gran Bretaña. En este cómputo los cogió la hora, y, arrebatado della el criado, dijo:
—Señor: vuesa alteza de ciudadano vino a príncipe: Memento homo. En tanto que se trató como potentado, fué el más rico; hoy, que se trata como suegro de reyes y yerno de emperador, pulvis es, y si le alcanza la dicha de suegro con Francia y las maldiciones de casamentero, in pulverem reverteris. El Estado es fertilísimo; las ciudades, opulentas; los puertos, ricos; las galeras, fortunadas; los parentescos, grandes; el dominio, por todas[416] razones real; empero ahora he visto en él notables manchas, que le desaliñan y desautorizan, y son éstas: la memoria que conservan los vasallos de que fueron compañeros; la república de Luca, que cayó de medio a medio[417] de todo; los presidios de Toscana, que el Rey de España tiene, y el gran sobre Duque, por la emulación de los vecinos.