CELEBRADO EN

MALLORCA A 6 DE MAYO
1691.

Echas las mismas diligencias, preámbulas al Auto pasado, para el que se había de hacer a 6 de Mayo el viernes a las cuatro por la tarde, los dos Muy Ilustres Señores Inquisidores Apostólicos, con asistencia del Secretario Jaime Fábregas, corrieron los encierros y notificaron con la misma solemnidad a catorce Reos, que habían de morir el Domingo siguiente a seis; dejándoles encargados, para que les dispusieran, a tres o cuatro Sacerdotes, que se aplicaron con celo a la salvación de sus almas. Corrieron en lo demás las cosas como en el otro Auto, siendo en éste solo catorce los relajados en persona y otros siete en estátua o en sus huesos. Añadióse a la celebridad del auditorio en la Iglesia, al lado del Ilustrísimo Señor Virrey, la benigna y grata asistencia del Excelentísimo Señor Marqués de Leganés, que hallándose aquí de paso para el gobierno de Milán se dignó autorizar el Auto en lo más lucido de su nobilísima comitiva. Predicó este día el Sermón, muy igual a su espíritu, eficacia y doctrina el Reverendísimo Padre Fray Antonio Barceló, Calificador del Santo Oficio, Examinador Sinodal y Provincial de San Francisco de Asís, en la Provincia, que tiene su Religión en estas Islas.

Digamos ahora lo singular de los Reos, en quien se quiso manifestar ostentosamente triunfante, no menos la misericordia, que la Justicia Divina. La misericordia se lució en las clarísimas señas de predestinación, que hizo sobresalir en los once Reos, singularmente en las mujeres y con revelancia en Beatríz Cortés, mujer de Melchor José Forteza, que logró con dichosa piedad su notable caudal, en el sacrificio de sus buenas prendas y vida en lo mejor de su edad: en Isabel Aguiló, mujer de Pedro Juan Aguiló. Causaba lágrimas de consuelo el oirle a ésta con tanto agrado, devoción y dulzura sacrificar a JESUCRISTO su juventud, sus prendas, sus hijos y su vida: protestando, que sentía en el alma no poderla perder mil veces, en desagravio de las ofensas, que reconocía haber hecho a su Redentor, cuyo perdón esperaba, por los méritos de su sangre y por la intercesión del amparo de pecadores MARIA, cuyo tierno amor, decía, que nunca había podido arrancar de su corazón. Adoraba con devota piedad su Rosario y una medalla de indulgencia para aquella hora, que le dí: llegando a la Iglesia, se volvió de suyo a uno y otro lado de las Señoras, entre quienes pasaba, pidiéndoles por amor de Dios una AVE MARIA: y en fin entre heróicos actos de las más necesarias virtudes, continuó su camino hasta quedar muerta en el palo, si así lo puede decir la piedad, como un Angel. Fué tan notable la compasión, que se mereció con muchos, que la generosa piedad del Excelentísimo Señor Marqués de Leganés, no pudo dejar de probar la mano, interponiendo su autoridad con recaudo a los Señores Inquisidores, para que, si fuese posible, se le perdonara la vida. Y soy testigo, porque fuí mandado a volver la respuesta, de las veras con que lo tomó su Excelencia y las muchas, fuertes y vivas razones, que le hizo motivar su noble piedad y soberana dirección para replicar a la respuesta, que fue precisa, de que era ya del todo imposible por los altos y grandes motivos, que no dejaba de conocer su gran comprensión de su Excelencia.

Por otra parte no se hizo menos venerar la equidad de la Justicia Divina y lo oculto de sus siempre, adorables juicios, en lo mucho, que quiso justificar su causa en la condenación de los tres Reos últimos en la lista de los relajados en persona. Lo primero (ya que nadie querrá creer lo contrario, de la gran piedad de tan Santo Tribunal) quien duda, que habiendo estado como ellos propios dijeron, siempre pertinaces, oiríamos muchas veces algunos Calificadores, las Impertinentes necedades de sus errores, fundados más en su tema de tomar a la letra, la de algunos mal sabidos textos en romance, que no en la razonable inteligencia de ella misma. Pero qué se había de entender de Escritura Sagrada un Jabonero o un negociante en cintillas? Convéncelo la razón, cuando no la autoridad del Apóstol San Pedro, donde acuerda por indubitable a toda buena ley de razón, que las Profecías de la Escritura no se entienden por propia interpretación o capricho; porque no son hijas de la voluntad del hombre, sinó de la inspiración de Dios y así solo con ella se puede alcanzar su inteligencia. Hoc primum intelligentes, quod omnis Prophetia scripturæ propria interpretatione non sit. Non enim voluntate humaná adlata est aliquando Prophetia; sed Spiritu Sancto inspirati locuti sunt Sancti Dei homines. Epist. 2. cap. 1. Y a la verdad quien le quita a la letra el espíritu, le quita el alma y la vida: pues ella muerta, que puede hacer sinó matar: Littera occidit: Spiritus autem vivificat. 2. cor. 3. 6. Claro está que los concluiríamos mil veces y redargüiríamos con evidencia, pero de que sirve todo con la obstinación arrestada: si concedida la mayor y la menor, sabe ella negar la consecuencia o con una risa falsa y proterva o con decir, que aquello era más sutileza y sofistería del ingenio, que solidez de la verdad. No hay cosa más pesada a un ingenio, que haber de argüir con quien afecta negarse a los principios de la evidencia mayor.

Era Rafael Valls un hombre de buen caudal, pero de durísimo juicio: quien por ganar el crédito de Rabino y oráculo entre todos, se había revestido de la Secta de los Estóicos Cínicos con apariencia de algunas virtudes morales, como templanza, moderación, equidad en los tratos y una insensibilidad tan afectada, que apenas dejaba rastrear lo interior. Mas nunca pudo encubrir bien la rabia, ni la soberbia, con que se resistía a la luz de Dios y le precipitó a la fatalidad de su fin. Estoy para decir, que aunque murió Judío, no fue por serlo del todo de entendimiento, ni aún por quererlo de veras ser, sinó por quererlo parecer. Rastreóse que le entró el Diablo, con que habiendo él sido su principal ministro y ocasión de la infamia, delitos y muerte de tantos, no cumplía con su punto, si se desdecía de su error o no moría pertinaz. Muéveme a esto, el que no parece posible, que tantos argumentos, que no solo convencían al Reverendísimo Padre Fray Rafael Riutort Provincial de los Mínimos, Calificador del Santo Oficio y Lector Jubilado; al Padre Presentado Fray Vicente Pellicer de Santo Domingo, al P. Jaime Custurer, Lector de Filosofía en este Colegio de Montesión de la Compañía de JESUS, a cuantos le asistíamos, sinó aún a los Doctores mayores de la Iglesia, cuyos eran los argumentos. Convenciendo, pues digo a tantos ingenios, parece imposible, a él no solo no le convencieran, pero ni aún le hicieran duda, como varias veces me respondió o por decirlo mejor, me mintió. Sea lo que fuere ello, se trabajó con él incesantemente, días y noches, con todo género de argumentos, razones y medios, no quedándole que poder alegar en su defensa, en el juicio de Dios, como lo decíamos, mas todo lo frustró su pertinacia y la equidad de la Justicia Divina que prevista aquélla, le destinó como a otro Judas para víctima sangrienta de su justísimo desagravio.

Casi lo mismo les pasó al Reverendísimo Padre Fray Pedro Juan Nicolau, Lector Jubilado en Teología, Calificador del Santo Oficio y Ex-Provincial de esta doctísima Provincia de los Mínimos: Al Padre Sebastián Sabater Ex-Catedrático de Teología en este Colegio de Montesión, Calificador del Santo Oficio y Rector del otro Colegio de San Martín, que tiene en esta Ciudad la Compañía: Al Reverendo Padre Fray Agustín Papía Lector de Teología en su Religión de Santo Domingo y al Reverendo Padre Fray Pedro Aliaga, Predicador Capuchino y Maestro de Novicios en su Convento de Tarazona, destinados del Tribunal para asistir al otro pertinaz, llamado Rafael Benito Terongí. Era este mozo, gran discípulo y jurado secuaz de Rafael Valls, a cuya autoridad apelaba en cuanto decía, defiriendo tanto a sus dichos, como pudiera a Moisés o a Jeremías y en hallándose atacado sin salida, que era bien de ordinario, respondía, que no había estudiado; pero que Valls satisfaría por él. Habíale bebido tanto el espíritu de soberbia, que casi le tenía doblado y siendo aún más ignorante, nada le cedía en pertinacia, solo no le sabía imitar en lo Estóico, manifestando en todo el camino del brasero en lo de fuera la rabia y el despecho en que le ardía el corazón: siendo un mismo principio interior causa en el discípulo de un exterior despechado y furioso y en el maestro de una profundísima melancolía, aunque afectada en sosiego; pero cada uno a su modo representaba al vivo un condenado.

Este era hermano de Catalina Terongí, que murió también pertinaz, sin más porque aun aparente, que su propia rabia y furor, pues preguntando yo que en qué creía, o en qué se apartaba de la fé católica, o en qué consistía ser judía, dijo, que solo sabía que era judía y que lo quería ser. Había estado hasta la notificación de la muerte como arrepentida, mas luego se le revistió o se le descubrió el Demonio que abrigaba en el corazón, sin que pudiese valer algo lo mucho que hicieron con ella para reducirla cuantos probaron la mano ni la continua asistencia del Doctor Onofre Morrellas, Rector de la Parroquia de San Nicolás, Párroco suyo; del Reverendo Padre Fray Salvador Fornari, Lector que fue de Teología de la Orden de Santo Domingo y del Padre Pedro Bolós, de la Compañía de JESUS, cuyo celo y piedad no perdió ocasión ni omitió medio que pudiese conducir para salvarla. Estos dos hermanos lo eran de Francisco José Terongí y de Guillermo Tomás Terongí, que, ausentes fugitivos, fueron también relajados y quemados en estátua por relapsos, convictos y contumaces impenitentes. Mas para que se adoren los secretos de la providencia Divina, las otras dos hermanas de estos cuatro, Isabel Terongí, mujer de Agustín Cortés y Margarita Terongí, Doncella, aunque permitidas caer en igual culpa fueron asistidas de la gracia para levantarse, convertirse a la fé y perseverar en ella hasta la fin como de las muestras puede piadosamente creerse. De manera que de seis hermanos (lastrosa familia!) que salieron en este Auto, los dos murieron abrasados vivos para arder para siempre en el infierno; los otros dos en estátua para agüero de su eterna perdición si no se enmiendan y las otras dos murieron arrepentidas y con esperanzas de Cielo. He ahí lo de Cristo: Unus assumetur & alius relinquetur Luc. 17. 35.

San Bernardo hablando de ciertos herejes castigados como pertinaces, escribe: Mori magis eligunt quan converti: sed horum finis, interitus: horum novíssima, incendium: mirabantur aliqui quod non modo patienter, sed laeti, ut videbatur, duceren tur ad mortem: sed qui minús advertunt, quanta sit potestas Diaboli, non modo in corpora hominum, sed etiam in corda quae semel permissus possedit. Serm. 76 in Cantica. Que más querían morir que convertirse, cuyo paradero es la muerte, cuyas postrimerías el fuego. Y contrayéndose aun más a nuestro caso, prosigue; admirábanse algunos de verles ir a la muerte, no solo pacientes sino, según parecía, alegres. Pero admirábanse, dice, los que no advierten cuanto es el poder del Diablo, no solo sobre los cuerpos de los hombres, pero aun sobre sus corazones cuando se le permite entregarse de ellos. Tanto es más, añade, que obligara el Demonio a Judas a entregar a su Maestro según aquello Cum Diabolus iam misisset in cort, ut traderet cum Joan 13. 2. Que llevarle desesperado a prenderse de un tronco, echarse de él y matarse; cuanto va del alma al cuerpo y cuanto es más absoluto el dominio del albedrío humano sobre las potencias del alma, que sobre las operaciones del cuerpo. Pues qué hay que extrañar que el Demonio que pudo moverles a estos tres míseros a tan execrables atrocidades queriendo ellos les moviera a un exterior furibundo, protervo, desesperado, que se mostrase despreciador de las llamas. O cuan con diferente serenidad de rostro, hijo de la paz y gozo del corazón, vió Roma tal día como éste entrar al apóstol San Juan en la tina de óleo hirviendo; de aquella con que miraba Mallorca, que se acercaban al brasero los tres pertinaces a pesar de su mentida afectación? Córrome de tan soberano cortejo. Ni es menester ir tan lejos; a los ojos tuvimos la diferencia, aun de los menos advertidos, reparable entre los reducidos y los pertinaces. Estos iban formidable el semblante; horrorosos, inquietos, perturbados y vomitando furias los ojos y en todo su aspecto tan endemoniados que al pasar se oía por las calles frecuentemente: JESUS; qué cara de condenado! Ni hay que extrañarlo, pues un tal huésped, hecho tan dueño del alma, cómo no había de tener todo alborotos la casa? Lo contrario se hacía admirar en los conversos, redundando según se puede presumir, la paz y gracia del alma, en la gracia, compostura, serenidad, animosidad y consuelo del cuerpo, índice de la resignación, reconocimiento y esperanzas de Cielo que llevaban.

Y es menester confesar que dista mucho el furor de la constancia, como del valor la rabia. Aun allá decía el bilbilitano que es manifiesto furor matarse por no morir: Crede mihi furor est, ne moriare mori. Mal puede ser capaz del verdadero valor un bruto y vemos tiene furor un venenoso alacrán, para hincarle la punta de su extremidad y morir de su rabia por no morir de la muerte, que le quiere dar quien le tiene forzado a morir. El despecho y la desesperación furiosa pinta menos horrorosa la muerte a mano propia que a la agena: y así más cobardía es no poderse sufrir miserable bajo el brazo de quien aborrece que saberse vencer en mirarse y sufrirse vencido, según el otro. Ille sapit veré qui miser esse potest. Por donde en las historias, más mujeres se encuentran que se mataron desesperadas, que no hombres: sin que por eso nadie las alabe de valientes, o las deje de abominar por furiosas, con que no viene a ser más que una vil cobardía, lo que a la necedad parecía valor, como discurrí largamente en otro escrito Olimpo Máxima 9. Dígase la verdad, que como los reducidos recibieron con ojos serenos la soga y se sentaron en el palo con ánimo sosegado, así al contrario estos impenitentes al ver de cerca la llama comenzaron a mostrar su furor, forcejando a toda rabia por desprenderse de la argolla, lo que al fin consiguió el Terongí, aunque, ya sin poderse tener, cayó de lado sobre el mismo fuego que huía. Y su hermana Catalina que antes se había jactado de que había de arrojarse al incendio, al lamerle las llamas gritó repetidas veces que la sacaran de allí, aunque siempre pertinaz en no querer invocar a JESUS. Ni le bastó al Valls la estoica insensibilidad afectada, (que va mucho de hablar a obrar y donde llega fácil la lengua, no acompaña siempre el corazón). Mientras llegó solo el humo, era una estátua; en llegando la llama, se defendió, se cubrió y forcejó como pudo y hasta que no pudo más. Estaba gordo, como un lechonazo de cría y encendióse en lo interior de manera, que aun cuando no llegaban las llamas, ardían sus carnes como un tizón y rebentando por medio se le cayeron las entrañas como a Judas. Crepuit medius & difusa sunt omnia viscera eius. Actuun 1. 18.