Es bien conocido de todos el grado de perfeccion á que se ha hecho llegar el toreo, y la popularidad y general aceptacion de que goza; y se puede asegurar que una de las causas que han contribuido á ello ha sido la odiosidad que han mostrado algunos hácia él, y la prohibicion del señor don Cárlos III, pues se exasperó de tal modo la aficion, que casi era epidémica, y sofocó la voz de sus opositores, haciendo renacer con toda su magnificencia este espectáculo, que no obstante la prohibicion existia con algunas modificaciones ó escepciones que toleraban[3].

El señor don Fernando VII (Q. E. G. E.) mostró aficion decidida á esta hermosa diversion, y estableció en la ciudad de Sevilla una real escuela de Tauromaquia, dotada decentemente, en la que se enseñaba tanto la teórica como la práctica del arte por los mas esperimentados profesores.

Estas son en resúmen las principales particularidades que nos ofrecen las fiestas de toros con respecto á su historia. Hubieramos podido ser mas estensos, y engalanar, digamos asi, nuestra narracion con algunas minuciosidades y reflexiones que hemos omitido en obsequio de la brevedad; y con tanta mas razon, cuanto en el resto del discurso nos veremos obligados á insistir en algunos de los puntos históricos anteriores, como apoyos de la justa defensa que haremos del espectáculo. A primera vista conozco que nuestro proyecto parece temerario y aun ridículo, y no faltará quien declame contra él, y juzgue como inútil ó perjudicialmente perdido el tiempo invertido en semejante trabajo; pero si desnudos de su desfavorable prevencion leen y meditan las razones que espondremos, conocerán la justicia de la causa que tomamos á nuestro cargo, y nos habrán de conceder que no son perdidos el tiempo ni el trabajo que hayamos empleado en desvanecer los errores, harto comunes, en perjuicio del espectáculo, y hacer triunfar una verdad demasiado desconocida hasta ahora.

Pueden dividirse muy bien en dos clases principales las invectivas y acusaciones que á las fiestas de toros se hacen: las unas se dirigen puramente contra la accion de torear, y las otras contra esta accion convertida en espectáculo, y que se estienden por consiguiente á todo lo accesorio á dichas fiestas. Para combatir pues con método estas acusaciones, se hace preciso dividir tambien nuestra apología en dos partes: en la una nos ocuparemos de la accion únicamente, y en la otra de la totalidad del espectáculo. De esta manera se analiza muy bien la cuestion, y podemos darle alguna libertad al discurso y un agradable trabajo al raciocinio. Si no conseguimos el fin que nos proponemos, la culpa será puramente nuestra, pero no será menos cierta por eso la verdad que defendemos, y que nuestra mal cortada pluma no pudo patentizar en el papel.

La accion de torear es tan antigua, que su orígen, envuelto con el de las acciones que para satisfacer las primeras necesidades verificó el hombre, se pierde en la oscuridad de los primeros tiempos. La luz que da la historia es demasiado débil para desvanecer tan densas tinieblas y guiar nuestra razon; asi es que tenemos que abandonarnos á las congeturas, y por medio del discurso elevarnos si es posible hasta el principio de la carrera de la especie humana sobre la tierra.

El hombre, antes de haber cultivado su ingenio y de haberlo hecho fecundo hasta el estremo de verse árbitro por él de todo lo creado, vagaba confundido con el resto de los animales. Muchos de ellos, superiores á él en los recursos físicos, le hacian la guerra á cara descubierta, y mas de una vez lo confinaron y vencieron. Pacíficos poseedores de cuanto les rodeaba, satisfacian á su antojo sus necesidades, y gozaban completamente de la independencia que en su orígen tuvieron las especies. Por otra parte la tierra árida en unos parages, cubierta en otra de maleza, y llena en todos de despojos y otros malos pasos, de aguas sin curso y hediondos pantanos, se negaba á ser transitada, ofreciendo apenas al mísero mortal lo mas indispensable para prolongar una existencia tan precaria como infeliz.

Sin embargo, este estado de cosas debió durar poco. Si se nos permite esta espresion, diremos que todos los animales que pueblan el globo, sean de la clase que quiera, y pertenezcan á esta ó aquella especie, son seres pasivos: sometidos á cierto orden de leyes eternas, invariables, no pueden esceder en un punto los límites que á todas sus acciones señaló de antemano el dedo del destino: sufren las incomodidades que los cercan sin intentar elevarse á las causas que las producen, ni á los medios de evitarlas, y caminan á la muerte por el mismo sendero que caminaron sus abuelos: la vida del primer animal de cada especie es la misma que la del último, y si en algunos hay variaciones, es porque habiendo caido bajo el dominio inmediato del hombre, esperimentan ciertas modificaciones que les imprime su mano; pero esto mismo confirma lo pasivo de su existencia y la imposibilidad en que estan de cambiar por sí ó espontáneamente la serie de sus operaciones.

Al contrario, el hombre desde el momento que esperimentó sensaciones incómodas intentó destruir sus causas, y conociendo la necesidad que tenia de obrar de acuerdo con algun otro hombre, se unió á él y echó el cimiento del edificio social: iba con su industria mejorando por dias el aspecto de la naturaleza, y con su valor ahuyentó las fieras que le disputaban audaces el dominio de los campos, y el leon, el tigre, la pantera y la hiena evitaron medrosas su presencia. Deseoso de abandonar la vida errante que hasta entonces habia tenido, y de fijar su residencia en los parages mas risueños y floridos, construyó mansiones fijas y sembró el germen de las poblaciones; reunió tambien en rebaños los animales dóciles y domesticables, para que multiplicándose mas y mas bajo su proteccion y cuidado, le suministrasen con su carne, leche y pieles, alimentos y vestido. La misma solicitud y esmero del hombre para protegerlos y aumentarlos parece que le autoriza, segun la espresion de un sabio naturalista[4], para inmolarlos á su antojo.

Por este tiempo hizo tambien la conquista de los animales que le son mas útiles, y cuya dominacion le da mas gloria. Pero viniendo á fijarnos en el toro, diremos que fue seguramente uno de los primeros que esperimentaron el yugo; porque lo esquisito de su carne, la sabrosa y abundante leche de las hembras, la estension de su piel y la utilidad con que podia emplear sus fuerzas para diferentes objetos, le harian fijar en él bien pronto la vista. Su conquista sería bien facil en aquellos paises en que por razon del clima y de la calidad de los vegetales tiene un carácter lánguido y poco enérgico; pero en aquellos que como España crian toros soberbios y fuertes, no pudo verificarse sino á fuerza de constancia, ardides y peligros, y hé aqui el orígen de la accion de torear. Nada mas natural ni mas glorioso al hombre. Si alabamos hoy el valor y la destreza con que los salvages del Orinoco burlan la ferocidad del caiman; si nos admira el arrojo del árabe que en sus abrasadores desiertos vence y somete al leon; si no podemos oir sin estremecimiento la caza del elefante ó la pesca de la ballena, y apreciamos y medimos la superioridad del hombre por lo grande de estas acciones, ¿se deberá vituperarla de someter al toro hasta el estremo de hacerle servir de juguete y distraccion...? Ciertamente que sería una ridícula contradiccion.

Hemos visto que es un atributo peculiar del hombre sojuzgar las fieras de los diferentes paises que habita; que esta accion es indispensable para adelantar en la carrera de la civilizacion; y que en muchos paises se perpetúa tanto por necesidad, como por ostentar y gloriarse el hombre con la fuerza y superioridad que le fueron concedidas. “Todo animal (dice Fergusson)[5] se deleita en el ejercicio de sus fuerzas. Retozan con sus garras el lobo y el tigre; el caballo olvidando el pasto da alguna vez su crin al viento para correr los campos; y el novillo y aun el inocente recental topan con las frentes antes de sentirlas armadas, como si se ensayasen para las luchas que los esperan. El hombre no menos propenso á ellas se complace tambien en el uso de sus facultades naturales, ora ejercitando su agudeza y elocuencia, ora su fuerza y destreza corporal contra un antagonista. Sus juegos son frecuentemente imagen de la guerra; en ellos derrama su sudor y su sangre, y mas de una vez sus fiestas y pasatiempos terminan con heridas y muertes. Nacido para vivir poco, parece que hasta sus diversiones lo acercan al sepulcro.”