Así también la Dialéctica o Lógica, aunque de diversa suerte; pues dispone en orden las palabras, las prepara al combate y les prohibe que peleen separadas, en vez de unidas; dicta leyes, cohibe, consiente, apremia. Finalmente, son parecidas la Dialéctica y la Lógica a aquellos que fingen batallas y campamentos en los juegos y espectáculos públicos, en los cuales se requiere más decoro que fuerza; muy al contrario acontece a los que se preparan seriamente para la guerra, a los cuales más conviene la fuerza que la hermosura.
Y, para todos, son las palabras soldados locuaces. ¿A cuál de ellas creerás más? Es dudoso. Cada una quiere ser creída. No basta esto. Las significaciones de las palabras parece que dependen principal o totalmente del vulgo, y, por tanto, a él se han de preguntar; pues ¿quién nos enseñó a hablar sino el vulgo?
Por esta razón, casi todos los que hasta el momento presente escribieron tomaron por fundamento de disputa lo que más frecuentemente está en boca de los hombres, como aquello: «Entonces decimos que sabemos algo cuando conocemos sus causas y principios», y aquello otro: «Hase de aceptar aquí aquel principio aprobado por el consentimiento de todos, que todos los hombres entonces se juzgan firmes», etc.
Mas ¿hay en el vulgo alguna certidumbre y estabilidad? Ninguna. ¿Cómo, pues, habrá alguna vez reposo en las palabras?
Ya no hay dónde te refugies.
Dirás tal vez que se ha de buscar qué significación usó el que primero impuso el nombre. Búscalo, pues. No lo hallarás.
Pero ya es bastante.
¿Es o no es todo, manifiestamente, cuestión de nombres? A mí me parece que lo probé. Si lo niegas continuarás la prueba de la cuestión principal. Pero luego se probará mejor.
La ciencia.
Veamos, pues, qué se ha de entender con el nombre de ciencia.