Esto es mezquino. Construyen sobre cosas extrañas. De esta serie de palabras (que se llaman predicamentos) disputan muchas cosas: del orden, del número, del género, de la diferencia, de las propiedades, de la reducción a ellas de todas las cosas; esto lo reducen a la línea recta, aquello a la lateral; esto, por sí; aquello, por razón de su contrario; esto es común de dos; aquello se reduce a lo otro; esto no tiene a qué se reduzca, y, por tanto, si hay cielo, si no obtuvo lugar en algún predicamento, nada es ya. ¿Qué diré? Por ahí se meten en infinitas bagatelas. Más todavía, enredándose en palabras, se echan a sí y a sus desgraciados oyentes en un caos profundo y estéril.
Con esto tienes toda entera la lógica de Aristóteles y mucho más las dialécticas que después de él escribieron los modernos. Pues a los nombres más comunes llaman géneros; a otros, especies, diferencias, propios, individuos...
Si preguntas qué es esto, te diré: algo común abstraído por el entendimiento; una ficción de Aristóteles no desemejante a las Ideas platónicas. Pues ¿y la quimera del entendimiento agente (cosa nueva), abstrayente o iluminante (más bien oscureciente) y del inteligente, de donde surge el universal animal? Llevan a tanto las cosas, que, asno significa la mente de estos lógicos, que no pueden comprender sino el asno común, y aun formarlo, cuando, no obstante cada uno de ellos es un asno particular.
¿Qué dices? ¿No es todo esto palabras y necedad? ¿Verdad que sí? Y esto sólo de los términos simples, que llaman predicables. De los cuales preguntan todavía ¿cuántos, cuáles, qué? Nada, líos.
Además, llaman a unos equívocos, a otros unívocos, análogos, denominativos, términos, voces, palabras, dicciones, simples, compuestas, complejas, incomplejas, mentales, vocales, escritas; arbitrarias, naturales; de primera intención, de segunda intención; categoremáticas, sincategoremáticas, vagas, confusas, y otras innumerables denominaciones de los nombres, y además otras de éstas; y acerca de cada una de ellas forman sutilísimas disputas, tan sutiles, que al menor golpe las sepultas en la nada.
¿Llamas tú a eso ciencia? Yo le llamo ignorancia.
Juicios lógicos.
Como arañas sutiles, puestas a fabricar su delgadísima tela, estos filósofos verbales constituyen el sujeto, el predicado, la cópula, la proposición, la definición, la división y la argumentación. Y de todo esto, además, otras infinitas especies, diferencias, condiciones.
¿Qué diré? Mientras aseguran que la mente se perfecciona con la ciencia, se hacen totalmente insensatos; los que debieran investigar y predican que investigan las causas y naturalezas de las cosas, fingen novedades; y el que finge más y más oscuras cosas, ése es el doctor; de donde también escribió él[5] la ciencia de los sofismas, y así la ficción resuelve la ficción y un clavo saca otro clavo. Me parecen semejantes[6] a aquellos que profesan la nigromancia y los encantamientos, de los cuales el más astuto, como dicen, elude las acciones y los conatos del otro y los anula y los deshace y rompe. Algunos impíos objetaron antiguamente al divino Moisés acerca de la serpiente que devoró a las de los magos: así estos nuestros encantadores, confiados en las palabras, sin saber cosa alguna, pretenden, no obstante, que saben muchas cosas para que no sean argüídos de ignorancia.
Yo, contra su ignorancia, confieso de buen grado la mía, y con más libertad descubro la suya. Nada sé. Pero menos ellos.