Dicen que el verbo es tómase allí por la esencia, no por la existencia y que es sólo cópula, y que, por tanto, aquella proposición es eterna y en las ciencias siempre se toma así; y que aun antes de la creación del hombre fué verdadera aquella proposición y que en la mente divina estuvieron todas las esencias de las cosas. Y así, escriben cosas maravillosas del ser y de la esencia. ¿Cabe mayor vanidad? De tal manera truecan y cambian las palabras de su propia significación, que su lenguaje es totalmente diverso del paterno, debiendo ser el mismo. Y, acercándose a ellos para aprender algo, cambian de tal manera las significaciones de las palabras, de las que antes habías usado, que ya no designan las cosas mismas y naturales, sino aquellas que ellos se fingieron, para que tú, ávido de saber y totalmente ignorante de estas cosas nuevas, les oigas a ellos disputando y disertando con sutileza, tejiendo sueños de sueños, fantasías aderezadas con maravilloso artificio, y les admires y les tengas y reverencies como agudísimos escudriñadores de la naturaleza.

¡Caso extraño! ¡Cuánta barbarie! ¿Qué cosa más sencilla, más clara, más usada que el verbo es? Sin embargo, ¡cuánta disputa en torno suyo! Los chiquillos son más doctos que los filósofos, pues si preguntas a un niño si el padre está en casa, responde que está, si está; si preguntas si es malo, lo niega.

El filósofo, de ningún hombre afirma nada a derechas. Ni es tampoco menos absurdo lo que algunos se empeñan en establecer, que la filosofía no puede ser enseñada en otro idioma que en griego o latín; porque, dicen, no hay palabras con las que puedas traducir muchas que hay en aquellas lenguas, como la entelequeia de Aristóteles (de la cual se ha disputado en vano hasta ahora cómo se debe verter del latín); esencia, quiddidad, corporeidad y otras parecidas que maquinan los filósofos. Naturalmente, como no significan cosa alguna, tampoco son entendidas por nadie ni pueden ser explicadas ni vertidas en lenguaje vulgar, el cual suele designar con sus nombres propios sólo las cosas verdaderas, no las fingidas.

Etimologías.

Añade a esto la frívola sentencia de otros que asignan a las palabras no sé qué fuerza propia, para deducir de ahí que los nombres fueron impuestos a las cosas según la naturaleza de ellas.

Guiados por lo cual, no menos neciamente empéñanse algunos en traer de algo propio las significaciones de todas las palabras; como lapis (piedra), de que hiere el pie; humus (tierra), de humedad. Y asno, ¿de dónde?: de ti, vano etimologista, porque no tienes sentido, pues a en griego y latín significa frecuentemente privación; sinus, como sensus, sentido; luego asno es lo mismo que sin sentido, o sea lo mismo que tú.

Pero ¿no es buena la etimología?

No, cuando se inquieren las palabras más bien por curiosidad que con verdad o utilidad; así todo lo haces derivativo o compuesto, nada simple o primitivo; ¿cabe mayor insensatez?

Si la dicción lapis (piedra) fué impuesta por la naturaleza de la cosa, como dices, ¿es la naturaleza de la piedra que hiera el pie? Pienso que no. Pero sea. ¿Cómo lædo (hiero) representa la naturaleza del daño que significa? ¿Cómo pes (pie) significa la naturaleza del pie?

Vamos a lo infinito.