De esas cosas infinitamente pequeñas hay grande abundancia, y su conocimiento es muy necesario para la ciencia, y, sin embargo, casi ninguno tenemos.
Tales son, tal vez, todos los accidentes, que casi son nada; de tal manera, que hasta ahora ninguno hubo que haya podido explicar perfectamente su naturaleza, como tampoco de las demás cosas.
Nada sabemos: ¿cómo, pues, lo podríamos explicar?
Ni es de extrañar, si algunos juzgaren que los accidentes nada son en sí, sino sólo ciertas cosas que nos aparecen, las cuales nos aparecen varias según nuestra varia condición y disposición; como quien está febril todo lo juzga caliente, quien tiene lengua amarilla empapada de bilis todo lo juzga amargo.
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Todavía queda en las cosas otra causa de nuestra ignorancia, a saber, la perpetua duración de algunas, la perpetua generación de otras, la perpetua corrupción y la perpetua mudanza.
De suerte, que, no viviendo siempre, no puedes darte cuenta de ellas; ni tampoco de éstas últimas que no son jamás las mismas, y que tan pronto son, como no son.
De ahí sucede que la disputa acerca de la generación y la corrupción está todavía sin resolver, acerca de la cual diremos en otro lugar lo que sentimos.
¿Cuántos modos hay de generación, cuántos de corrupción? ¿Cuántos de crear, cuántos de destruir?
Y entre el nacimiento y la muerte, ¿cuántas mudanzas se hacen? Innumerables.