Pues en él, como en las demás cosas de este mundo, hay continua mudanza. Y la principal de todas es la edad. ¿Cuánto no se diferencia el mozo del varón maduro y éste del anciano? ¿Qué diversidad no hay en ellos de principio, de medio y de fin? El que ahora joven juzga esto y lo cree verdadero, lo revoca y reprueba en la edad viril y torna acaso a defenderlo en el crepúsculo de su vida. En otros casos acaece lo contrario y nadie es, jamás, consecuente consigo mismo.
Ni hay quien editando hogaño un libro valeroso pueda decir que mañana no cantará la palinodia, ni quien, errando ayer, no confiese, si es probo, que se engañó entonces. Y los que, por ignorancia o amor propio, no hacen tal y defienden con pertinacia sus errores, causan un grave daño a la verdad, tanto mayor cuanto más agudos sean sus ingenios.
Tampoco hay nadie en el mundo que si, en vez de dar a las prensas aceleradamente sus obras, las guarda por muchos años, deje de corregirlas y enmendarlas uno y otro, aunque viviera cien. Y si eternamente viviera, eternamente andaría quitando aquí, mudando allí, rehaciendo acullá.
¿De dónde tanta innovación, tanta variedad e inconstancia?
Ciertamente, de la ignorancia humana. Pues, si supiéramos perfectamente lo que una vez escribimos, nada habría de mudarse luego.
¿En qué edad, pues, se juzga mejor? Dirás: en la ancianidad. Pero, más racional parece en el tiempo en que todo está en vigor; en la vejez, todo languidece y por eso se compara a la infancia; de donde la frase: Malditos los niños de cien años.
***
Aparte estas mudanzas del cuerpo, impiden también el conocimiento de la verdad las afecciones del ánimo. Lo dijimos ya arriba. El amor, el odio, la envidia y lo demás que allí nombramos, se opone a que se juzgue bien.
Y ¿quién es tan equilibrado que no caiga en alguna de esas pasiones? Mas si de todas ellas se viere libre, ¿no caerá en el amor propio? Pues, ¿quién hay que no crea que dijo lo cierto, que halló el nudo de la dificultad y que entiende muy bien las cosas? Omitiendo, finalmente, que cada uno se estime más docto, más agudo, más perspicaz, más prudente, más sabio que los demás.
Nadie, dice el vulgo, es juez recto en causa propia. Y cada uno trata su causa cuando afirma algo de palabra o por escrito.