Todo esto pugna, al cabo, contra mí al querer probar que nada se sabe, cuando hoy todo el mundo opina de diversa suerte. Pero, no obstante, algo hay a mi favor en el fondo de ese optimismo universal. ¿No dicen que la ciencia, para merecer tal nombre, ha de ser cierta, infalible y perenne? Pues ¿qué juzgará de la certidumbre, infalibilidad y permanencia del conocimiento científico el miserable anciano, por muy experimentado que fuere, al cerrar las últimas páginas del libro de su vida?

Resumen.

Quedan, a mi juicio, explanados los tres términos que hay que distinguir en el problema del conocimiento: la cosa que ha de ser conocida, el ente que conoce y el conocimiento mismo. Creo haber mostrado la vanidad e impotencia de nuestro saber por razón de su materia y la incapacidad de nuestras facultades cognoscitivas para alcanzar algo que no sea exterior, mudable y limitado.

Ciencia, se dijo, es el conocimiento perfecto de la cosa; ¿y de qué cosa podemos presumir un conocimiento semejante? ¿Puede darse el nombre de ciencia a un conocimiento cualquiera? Tanto valdría decir que todo el mundo es sabio; el docto lo mismo que el ignorante, los hombres lo mismo que los brutos.

Y que la ciencia debe ser conocimiento perfecto nadie lo duda; la incertidumbre está en que sea posible llegar a conocer perfectamente alguna cosa. ¿En dónde y en quién hallar ese puro y perfecto conocimiento? Lo ignoramos también, aunque lo más racional sea decir: en nadie, en parte ninguna de este mundo.

Lo dijimos ya: el perfecto conocimiento requiere un ente perfecto, una perfecta adecuación del entendimiento a la cosa que se pretende conocer. Esa perfección del ente, esa comprehensión intelectual nunca las vi. Si tú las viste, lector, escríbemelo. Y dime, también, si viste algo perfecto y cabal en la Naturaleza...

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Nada me parece necesario añadir en punto a nuestra definición de la ciencia y a la demostración de la tesis: que nada se sabe.

Si quieres más pruebas de esta cuestión, las hallarás copiosamente en el proceso de mis obras, en todas las cuales me propuse, directa o indirectamente, demostrar lo mismo. Por ahora, demos paz a la pluma y reposo también al pensamiento, que ya este discurso creció harto más de lo que yo deseaba.

Viste, pues, lector, las dificultades que nos arrebatan la ciencia. Sé que no te agradarán muchas de las cosas que aquí dije y sospecho también que, al acabar la lectura, me reproches que no he demostrado nada.