El tiempo estaba ya tan adelante y el territorio era tal, que si yo esperára mucho por las aguas que comenzaban, fuera imposible retirar el bagaje y caballería. Consideré que me hallaba enterrado con aquella gente sin poder salir ni por la Bretanga ni por Covorden si acometia el fuerte de la Bretanga, no pudiendo en ninguna manera hacer trincheas ni tener gente, porque zapando dos piés, y áun ménos, se hallaba agua; y en más de una hora de camino, no solamente no habia casas, pero ni áun árboles. A ser de verano, por importar tanto aquel paso, yo le hubiera acometido, mas en el tiempo que era, infaliblemente me ponia al peligro que he dicho. Y si me ponia á hacer dos fuertes, uno á la entrada y otro á la salida de aquel paso para dexarlos consumir, como yo tuve intencion una vez de hacerlo, me ponia al mesmo riesgo que sitiando el fuerte; y por ser necesario hacer salida y entrada allí, consideré que era mejor y más fácil hacerla por Covorden que por otra parte, porque no teniendo paso, nosotros consumiamos á Gruninghen en lugar de proveerla; y que hallándose el enemigo en campaña, con exército tan fuerte como el nuestro, nos podia estorbar el sacar fruto y sustancia del país sin medio para entretenernos; y que fuera de esto, él podia aumentar su exército y ser asistido de Holanda, lo que era imposible hacerse conmigo no habiendo paso. Y así me resolví de irle á hacer junto á Covorden; pero ántes de ir allá, hallándome á dos leguas de donde el enemigo estaba alojado, quise acometerle y tentar la suerte de una batalla, más por desesperacion que con razon de guerra, porque se habia de pasar por unos pantanos y turberas peligrosas, y más en aquel tiempo lluvioso, junto á un gran fuerte del enemigo, que á tener artillería, como no la tenian, yo no podia pasar sino con gran daño nuestro. Tomé dos piezas de campaña conmigo y algunos carros ligeramente cargados de victuallas, y fuíle á buscar, haciendo un gran rodeo para ello, no estando él más de una legua de Gruninghen. Tuvo aviso del camino que yo hacia y de la intencion que llevaba, y no lo habia comunicado en aquella tierra con hombre nacido, sino con el síndico y un burgomaestre de quien me fiaba. Pasado estos pantanos y turberas, adonde la artillería y nuestros carros se habian empantanado, y con grandísimo trabajo salido; y fué en parte, que desde su fuerte nos tiraban con su mosquetería, pero hicieron poco daño. Fué menester dexar reposar la gente, que venía cansadísima. Entre el alojamiento que yo habia tomado y el del enemigo, habia otro fuerte junto á nuestro cuartel, no tan sustancial como el que habiamos pasado, hícele reconocer con intencion de darle aquella noche una encamisada; mas los que estaban dentro se huyeron por los pantanos, y le dexaron. El conde Guillermo y su hermano Filipe, como supieron que yo marchaba hácia ellos, se comenzaron á fortificar bien en su cuartel, que ántes no lo estaban; sin poder hacer más diligencia que la que hice, al amanecer caminé hácia el enemigo, habiéndome dado á entender que el puesto que tenía era llano y sin estorbo, y hallélo al contrario, fuera del camino, que era terreno seco, pero todo lo demas de seis á seis pasos fosos tales, que era imposible marchar en órden sin romperla; y lleguéme hácia su sitio, é hice mis escuadrones de caballería é infantería, trabóse escaramuza, puse las piecezuelas de campaña que llevaba en un alto, y fuí en persona á reconocer su sitio para ver si se podia dar asalto á sus trincheas, é hice refrescar la escaramuza con infantería y caballería, pensando sacarle de ellas cebándole y pelear con él fuera, con más seguridad que atrincheado; pero aunque escaramuzaban siempre al abrigo, sin quererse adelantar, habia puesto toda su infantería detras de ellas, y miéntras se escaramuzaba, su caballería andaba siempre dentro de ellas corriendo de una parte á otra, á quien yo hacia tirar nuestras piecezuelas, haciéndoles mucho daño. Ha habido algunos que me han culpado de no haber llevado alguna artillería gruesa para batirlos, y yo confieso que en esto tuvieran razon si fuera posible llevarla, porque las trincheas del enemigo y su puesto era tal, y el que yo tenía tan eminente, que con sola la artillería, no siendo sus trincheas, como hechas de priesa, para sufrirla, con ayuda de Dios les deshiciéramos, si el socorro hubiera venido dos ó tres meses ántes, para poder llevar la artillería por donde yo habia pasado, pero entónces era imposible. Despues de haber reconocido los fosos, que digo que atravesaban por la campaña, y que no se podia pasar por ellos en escuadron, ni dar asalto sin notoria pérdida, se resolvió de retirarnos, habiendo hecho gran daño al enemigo, y él á nosotros muy poco, y éste no á persona particular. Al conde Federico le mataron su caballo y le dieron un arcabuzazo en el brazal, que se le abollo dentro de la carne, cosa de poco momento, y á un capitan italiano hirieron mal en una pierna. Así me retiré al alojamiento que habia tenido la noche pasada, y otro dia por la mañana fuí á pasar por el pantano junto al fuerte del enemigo; por haber llovido aquella noche, y los carros y caballos roto el paso que yo habia tomado á la venida, que estaba trabajoso de pasar, eché por el otro lado, y pasando con trabajo, me fuí hácia Gruninghen cargando de victuallas todo lo más que pude, y proseguí mi camino hácia Covorden, porque miéntras más tardaba, más difícil era el hacer paso. Invié alguna infantería delante, miéntras las victuallas se cargaban, para que ocupasen el villaje de Dalem, y una casa de un caballero llamado Herman Wandecamp, temiendo que los de dentro le quemarian, que era el alojamiento que el conde Mauricio tenía cuando sitió el fuerte. Otro dia, comenzando á caminar con la gente, nos adelantamos el conde Federico y yo á Dalem, así para reconocer dónde se habia de hacer el paso, como por alojar la gente, adonde hallé refrescándose la que habia inviado á ocupar aquel lugar y la casa del caballero, la cual hice partir luégo á la hora, y llegaron á la casa á tiempo que los del fuerte, ó la mayor parte de ellos, estaban fuera, haciendo escolta á muchos carros de victuallas que les venian. Los nuestros dieron de manos á boca con ellos junto á la casa, y conociendo la poca gente que habian dexado en el fuerte, quisieron más retirarse á él que salvar los carros, los cuales se perdieron, y salvaron pocos. Aquí se perdió una muy buena ocasion, porque si aquella gente se deshiciera ó se cortára, que no pudiera entrar dentro, habia quedado tan poca en el fuerte, que se les podia dar escalada por todas partes, sabiendo yo donde habia paso en el foso para poderlo hacer en metad del dia, y siendo poca gente, mal podian acudir á todas partes ni resistir á tanta como les diera el asalto, y habia algunas partes por donde no eran menester escalas; mas no siempre suceden las cosas de la guerra como se desea y pretende. Alojé la gente en aquel villaje de Dalem, é invié parte á la casa de aquel caballero. Las aguas cargaban, la necesidad de la gente se aumentaba, y en los regimientos de valones de D. Filipe de Robles y Mons de Fressin habia casi tantos oficiales como soldados, y éstos con ánimo de volverse, como ya algunos lo comenzaban á hacer sin licencia. Procuré dar priesa á hacer el paso y algunos fuertes en los caminos, y para él, me concerté con el Drosarte de Covorden, y con el teniente coronel de Mons de Billí, y por quinientos escudos, se obligaron de hacerle, y así le acabaron bastante para carros, artillería y todo lo que fuese necesario; y por el mal tiempo de aguas y ser el sitio tan pantanoso, todos los soldados que trabajaban en él, ó murieron ó quedaron para ello; tambien los soldados trabajaban en los fuertes, parte sin dinero y parte pagados. Y considerando que no era posible comunicarnos con Gruninghen sin aquel paso, y que no se podia conservar sino guardándole con gente, y que el enemigo, saliendo fuera ó entrando dentro, podia romperle, y hacer inútil todo lo que se habia trabajado y quitarnos el paso de la otra parte, y no teniendo yo en donde alojar aquella gente el invierno, porque la sustancia de las cuatro villetas no era para alojar la octava parte de la gente, y siendo fuerza tenerla en campaña, en ninguna parte la podia tener más cómodamente y sin ménos daño que al rededor de Covorden, y hacian el efecto que digo de guardar el paso, y estando allí, tambien estorbábamos la entrada y salida de las provisiones del fuerte. En todo el tiempo que allí se estuvo, no me aparté un paso de la gente, sufriendo y padeciendo como el menor de ella. Los valones de los regimientos que he dicho se huyeron, y yo dexé ir los que quedaban, porque no eran de ningun servicio. Las compañías de alemanes altos de Lorena y del Conde de Soltz hice alojar en estas villetas, por ser extranjeros, quedándome en campaña con los demas, de la cual tambien se desmandaban y huian algunos. El Drosarte de Covorden, que ahora está en esa Córte, me daba á entender que los de dentro no tenian de comer sino hasta los Reyes; y con los avisos que él me daba, escribia yo lo mesmo al archiduque Ernesto y al Conde de Fuentes, y tambien avisaba que el enemigo se preparaba para meterse en campaña á la primavera, no sólo con todas las fuerzas que tenía acá, pero que levantaba caballería é infantería nueva, con asistencia del Palatino Elector; que convenia juntar las nuestras tambien y hacerle resistencia. Su Alteza me invió el regimiento del Príncipe de Simay, sin coronel ni teniente coronel, á cargo de un sargento mayor, á quien los oficiales y soldados tenian poco respeto. Esta gente y la mayor parte de la que siempre se me ha inviado, ha sido porque hacia daño ó fastidiaba en Bravante, y del trabajo que el conde Herman tuvo en hacerlos pasar el Rin y su buen gobierno, él podrá dar relacion; fundábanse en su desobediencia y poco respeto de cierta paga que se les habia prometido al paso del Rin; fuéles fuerza darles la mayor parte del dinero que se repartia por entónces entre la gente de guerra de aquí para darlos contento, y con todo esto destruian el país y le robaban, y se iban al enemigo de veinte en veinte, de manera que en poco tiempo se diminuyó mucho este regimiento. Pocos dias despues mandó su Alteza al duque Francisco de Saxa que levantase un regimiento de alemanes, dándole este país de Linghen para el efecto. Escribí á su Alteza que aunque yo sabía que este país no podia sustentar este peso de levantar un regimiento, yo haria por obedecerle todo cuanto pudiese y me fuese posible, y así por esto con mi órden el Drosarte y los del país se concertaron con Juan de Tessilin, teniente coronel de este regimiento, el cual, dándole cierta suma de dinero, se obligó de levantar parte del regimiento aquí, y parte el Duque en su tierra, habiéndole prometido cierta suma de dinero de Córte para ello. El Tessilin cumplió en tener la gente junta para el dia que los comisarios le habian ordenado, y viendo que tardaba el dinero para pasarlos muestra, y que este país se arruinaba, se quiso ayudar del de Munster, adonde estando con poco recato, vino el enemigo contra él, y acometido, le prendieron por desgracia. Faltando á esta gente la cabeza y los medios para entretenerse, siendo nueva y desarmada, se huyó la mayor parte de ella; y á ésta, encontrando con las demas compañías que el Duque habia levantado en su país, la pusieron tanto miedo, que tambien se huyó. De la gente que habia quedado de estas tropas y se pudo recoger, segun la órden que yo tenía, se hicieron tres compañías, que están ahora en servicio, aunque muy deshechas de gente. Este fin hizo este regimiento, no por culpa del país ni mia, sino por no haber acudido al tiempo prometido á pasarle muestra. Con estas y semejantes cosas se desgustan algunos señores de Alemania, que han hecho otras veces servicio á su Majestad y son para hacerle, y á mi parecer, y no me engaño, se ha de tener con esta nacion otro modo de proceder y tratar, procurando tenerla contenta para el servicio de su Majestad, pues siempre ha sido menester, y ahora más que nunca. Por los avisos que continuamente daba á su Alteza, que el enemigo juntaba su exército, me invió al comisario general Juan de Contreras con algunas compañías de caballos, las cuales vinieron sin un real para sustentarlas; y así fuí forzado, porque no se me volviesen á Bravante, á alojarlos á discrecion en estas terrezuelas, con ser la gente de ellas pobrísima, tanto que por no tener la vida, iban muchos á pedir limosna para sustentar sus hijos y soldados, á quien habian de dar feno y avena y de comer á sus mozos, cosa que enterneciera al más cruel hombre del mundo, porque, aunque vian la pobreza de esta gente. Dios sabe cómo algunos soldados de esta caballería los han tratado. Poco ántes de esto, el tercio de don Gaston se desmandaba de manera que andaba del todo desobediente, siempre fuera de sus cuarteles robando el país; y avisándome el que los gobernaba y los capitanes que sus soldados estaban todos resueltos de irse á Bravante, rogándome que por amor de Dios y honra de su nacion y tercios, los diese licencia ántes que ellos la tomasen. Estuve algun tiempo sin querérselo conceder, pero considerando que si se iban sin ella se amotinarian del todo, y que, segun entre ellos se trataba, harian amotinar tambien á los irlandeses y valones, que ya habian tratado del puesto que habian de tomar y de donde se habian de sacar sus contribuciones, pareciéndome que más fácilmente pudieran los señores de la hacienda darles contento, yendo con alguna manera de órden y obediencia, que no del todo amotinados. Fuéronse con este tercio las dos compañías de Cornelio Gasparino y las que habia aquí de valones de Mons de Stenley. Y de todo esto habia avisado diversas veces, y de que convenia darlos contento por la mala intencion que en ellos habia conocido, y si se hiciera, con poco dinero hubieran cumplido con de trescientos á cuatrocientos hombres, y no sucediera lo de Sichen, que tanto fastidio ha dado. Continuando la junta que el enemigo hacia de su gente, y que la que levantaba se le acercaba ya, la cual venía á cargo del Conde de Solms, que traxo un regimiento de buena gente bien armada; y como esta nacion alemana alta y los holandeses se llevan mal estando juntos, no duró mucho en su servicio, y su Alteza se resolvió de inviarme más gente á cargo del conde Herman, que entre alemanes, valones, irlandeses y españoles, podrian ser hasta poco más de mil y sietecientos hombres, los españoles como doscientos sacados de tres tercios, de doce ó trece compañías, y con ellos venian dos capitanes, Juan de Zornoza y Juan Alvares de Sotomayor. Y entre esta gente venian muchas personas particulares y soldados honrados, y toda ella no traia un real, y así fué necesario que el comisario, del poco dinero que tenía, los socorriese. De esta manera y con tanta sustancia y medios, como ántes he dicho, se me han inviado siempre los socorros. El enemigo venía proveido con tanto aparato como el mayor príncipe podia traer; con más de doce mil infantes y más de dos mil caballos, con los que nuevamente le habian llegado de Alemania. Yo saqué la gente que pude de las guarniciones, y con ella, la que tenía en campaña y la que habia venido, no llegaban á tres mil y quinientos infantes, y la caballería que teniamos, inferior de la del enemigo. Y si dixeren que cómo habia tan pocos al pelear y tantos al pagar, responderé que en todas las compañías habia pocos soldados, muchos oficiales y enfermos, y que en éstos entraba más de la tercia parte de la gente. Teniendo el enemigo junta la suya, marchó hacia nosotros y se puso en una villeta abierta llamada Omme, adonde á la mesma hora se fortificó, metiendo dentro de la fortificacion todo su exército, sin que alojase nadie fuera, y se decia que en la trinchea habia tambien una palizada. Algunos dias ántes habia hecho tiempo tan seco, que los pasos que de ántes eran dificilísimos se hicieron buenos y llanos; y siéndome fuerza, por la desigualdad que habia de la gente del enemigo á la nuestra, juntar la que yo tenía, porque así éramos algo y separados nada, y perdida una parte fuéramos perdidos todos, por la distancia que habia de un cuartel á otro y la dificultad de juntarnos, y unidos quedaban todos los pasos abiertos, por los cuales el enemigo podia entrar y salir como quisiese sin podérselo estorbar; habiéndose alojado y fortificado como he dicho, deseando venir con él á las manos, invié al conde Herman á tocarle arma y hacerle emboscada con toda la caballería, y con dar nuestra gente hasta cerca de sus trincheas, no se quisieron apartar léxos de ellas. Era mi intencion sacarlos á la campaña, y que el Conde se viniese retirando poco á poco hacia mí, escaramuzando con poca gente de retroguardia, y que pegando fuego á una casa, fuese señal de que el enemigo marchaba. Yo tenía la infantería ya presta para con la diligencia posible ir á encontrar al Conde, viendo la señal. Ésta hizo dos veces, sin que el enemigo mostrase gana de pelear, el cual, por habernos nosotros juntado y por el tiempo seco que hacia, podia muy bien hacer de noche su efecto. Invié otra vez al comisario general á ver si se movia ó no, y encontrando con una compañía del enemigo, la deshizo. Los villanos, prisioneros y espías, todos confrontaban en tener el enemigo la gente que he dicho, y ya por estar cerca de nosotros no nos venian victuallas, que las villetas y villajes, ó por no las tener, ó por la conformidad de religion con el enemigo, no las querian dar, por cumplir en esto con ellos y su secta; y cuando las hubiera, no pudiera inviar escolta, porque, siendo poca, no fuera segura, y si mucha, el enemigo nos cargára miéntras la gente estaba fuera, y nos poniamos en mayor peligro. Llamé á todas las cabezas del exército á consejo, proponiéndoles el estado en que nos hallábamos y cuán poca comodidad teníamos de victuallas y de forraje, y que lo más que yo habia podido juntar de feno, avena y pan, no bastaba para sustentarnos dos dias, porque el trigo que los de Gruninghen me habian entregado, se habia dado la mayor parte á la infantería, porque no se desmandase ni tuviese ocasion de dexar sus banderas para irlo á buscar; y que fuera de esto, habia ordenado, por lo que podia suceder, proveer á Oldenzel, Oetmersom y Ensquede, y fué tal la provision, que la que más proveida estaba era por ocho dias á lo más. Poniéndoles asimesmo delante el inconveniente que podia venir de esperar al enemigo y de el no esperarle, que ambas cosas le habia considerada la poca gente que teniamos, para la que el enemigo tenía, que sin aventurar nada, viniendo con trincheas como venía, nos aventurábamos á perder y no á ganar; que á poderle acometer adonde estaba, sin evidente pérdida, ya yo hubiera sido de opinion de hacerlo, y que si con todo esto ellos lo tenian por bueno, no quedaria por mí. Los más de ellos fueron de opinion de retirarnos y conservar aquella gente, esperando que se nos inviaria más, poniendo delante que si ésta se perdia, se perderia todo el país y sucederian otras pérdidas mayores. Los condes de Berghes fueron de parecer que se guardase el paso, y fuéles respondido que no era de ningun fruto, pues era fuerza juntarnos todos, y que haciéndolo, dexábamos al enemigo el paso libre para socorrer el fuerte á su voluntad, ni ménos guardar el paso le estorbaba que no fuese á Gruninghen, teniéndole por otra parte más seguro y cómodo para él, y poniéndonos adonde decian, no sólo hacia él lo que está dicho, pero nos podia cortar, sin ninguna duda, por una y por otra parte las victuallas, y que faltándonos éstas, servirian de achaque al soldado para desamparar las banderas por irlas á buscar, y que entónces fuéramos forzados á nuestro pesar á retirarnos y hacerlo á vista del enemigo, tan superior de gente, que no habia tan simple soldado que no entendiese que era peligrosísimo; que ya en el exército comenzaban muchos á murmurar contra mí, diciendo que los queria poner en la carnecería, y otros, quizá ménos valientes, cuando supieron que se retiraba, braveaban, habiendo dicho ántes lo que los otros; que así se gobiernan muchos el dia de hoy, usando de artificio, como en otra parte he dicho. Resuelta la retirada, se trató de inviar la gente de Gruninghen y alguna más, quedándonos con la que arrimados á una tierra, nos podriamos defender, ya que no podiamos ofender; y habiendo rehusado cierta persona de irse á meter en esta villa por falta de dinero, ordené al teniente coronel de Mons de Billí, que fuese con aquella gente, procurando poner la que me quedaba á cargo de otro, é ir yo allá, no mirando que era obligado á quedar con la gente, que no me faltaba voluntad para hacerlo, como lo mostré los años pasados; nadie se queria encargar de la gente, y todos se excusaban, y para decir verdad, yo pudiera servir mejor que otro, si el enemigo nos cargára, como de estilo de guerra debia de hacer, no ignorando él nuestras incomodidades, y lo que más era de temer, que esta gente, que habia venido nuevamente de Bravante, salvo los españoles, me habian dicho no quererse encerrar en ninguna tierra; los irlandeses, por no tener cuartel con el enemigo, y los alemanes, por otros respectos, y si yo no me hallaba con ellos, los unos y los otros entónces efectuáran, sin duda lo que despues hicieron, y si lo hicieran, no quedaba por perder cosa de lo que ahora hay. Caminé con la gente á Denichum, haciendo quemar los fuertes, adonde estuve más de un mes y medio, sin que me inviasen un solo real para entretener esta gente, la cual se comenzó á desmandar luégo como se llegó al cuartel, que ni oficial ni capitan podia estorbarlo. Procuré luégo de inviar á Gruninghen algunos valones, y queriendo emplear una persona, de quien yo tenía confianza, le vi con tan mala voluntad, que me resolví de inviar un oficial de mi regimiento con algunos soldados á sólo reconocer los turbales por donde habian de pasar; él fué, entró con ellos, é invió á avisarme de lo que habia hallado, y el conde Federico entónces deseaba entrar dentro, mas por haber de irse á pié, siendo él pesado y el camino largo, junto con la poca gana de los soldados, lo dexó. Ya habia escrito á los de Gruninghen que les queria inviar gente y cuando podia llegar, y respondiéronme que no fuesen sin dinero. Esto no sólo entónces, pero otras veces me habian respondido lo mesmo. No habia un real ni memoria de que viniese, y no se hallaba, ni el Comisario ni yo teniamos crédito, por no haber hombre que fuese caudaloso en este pobre país que nos pudiese ayudar.


El enemigo dexó de seguirnos, que, á mi juicio, era lo que debia hacer, y aunque pudiera ir á Gruninghen desde Omme por otra parte tan cómoda y más, tomó este paso por avituallar de un camino el fuerte. Estando en su alojamiento primero, recibia cartas de los malos de Gruninghen, incitándole á venir sobre ella, y prometiéndole que no sería llegado cuando se rendiria, y á su peticion marchó hácia allá. Nuestros soldados se desmandaban de manera que dexaban el cuartel solo, y viendo esto, comunicándolo con algunos, me resolví de inviar una persona á su Alteza, porque á muchas cartas que le escribia no me respondia; é hice eleccion del capitan Juan Álvarez de Sotomayor, el cual, aunque de mala gana por haber de hacer ausencia en tal coyuntura, se partió luégo, pero fué tan mal guiado, que se perdió, dando en una emboscada de los enemigos. Y así, por el peligro en que las cosas de Gruninghen estaban, tomó á su cargo este viaje el Comisario general, prometiendo ser de vuelta en muy pocos dias, y porque no le sucediese lo que al capitan Sotomayor, llevó consigo la mayor parte de la caballería, la cual le habia de acompañar parte hasta pasar el Rin y parte hasta Brusélas; y en el camino encontró con alguna caballería del enemigo, con la cual tuvo buena suerte. Llegado á la Córte, su diligencia se resfrió de manera que no volvió más, ni ménos la caballería, con haberla llevado toda consigo para volver con más diligencia y seguridad. Éste fué el socorro que negoció, no por su falta, porque ni él, ni los diputados de Gruninghen que estaban en la Córte, pudieron alcanzar que el socorro de Gruninghen viniese á tiempo. A la partida del comisario general, estábamos inciertos si el enemigo sitiaria de todo punto á Gruninghen ó si volveria á nosotros; y yo habia escogido aquel puesto de Denichum por ser fuerte y estar cerca de las villas que el enemigo podia acometer, no pudiendo hacerlo tan de priesa que yo no tuviese tiempo de arrimarme con la gente que tenía conmigo. El conde Mauricio prosiguió su camino hácia Gruninghen, y porque las promesas de los malos de aquella villa no le saliesen en vano como la otra vez, llevó grandes provisiones de todo, tales como ántes he significado. Que de esta manera se hacen las empresas difíciles, fáciles, y al contrario las fáciles, dificultosas, faltando lo necesario. Llegado delante de la villa, atrincheó su campo de manera que la entrada y salida era de peligro y dificultosa. Perdiéronse algunos soldados entrando y saliendo, con quien usó de rigor por atemorizar á los demas, y aunque tenía tanta provision de artillería y municiones, su principal intento no fué tomalla por batería, sino por la zapa, y así con ella fué derecho á un rebellin nuevamente hecho, el cual, por no estar acabado, tenía el foso estrecho y de poco hondo. Batió la puerta que salia á este rebellin, así por quitar á los nuestros la entrada y salida en él, como por atemorizar á los burgeses, rompiendo las casas con las balas que pasaban por la batería de la puerta. Tambien batió una torre que está á un canton de la villa, junto á un rio que viene de la Drent, por donde se proveen los burgeses de turbas, y fué siguiendo sus trincheas y sitio, batiendo las defensas. En este tiempo yo solicitaba con mucha instancia que se socorriese esta villa, y á la fin se me escribió que su Alteza habia ordenado al Conde de Fuentes que hiciese este socorro y que ya él se preparaba para ello, pero más despacio que el peligro requeria, porque los motines lo estorbaban, que nunca se han hecho sino en las mayores necesidades que se han tenido de la gente, principalmente para las de este país. Las desórdenes de nuestros soldados se aumentaban tanto, que sin licencia de sus capitanes y oficiales los del Conde de Solms tomaban las armas y se juntaban con intencion de volverse á Bravante, y lo hicieran sin falta entónces, si no acudiéramos los dos condes hermanos y yo; y el conde Federico los apartó á cuchilladas, hiriendo á algunos de ellos; y como estaban de tan mala voluntad, no sólo robaban el país, pero se dieron á saquear iglesias y casas nobles, y las otras naciones hacian lo mesmo, no pudiendo yo remediar ni castigar esta desobediencia general, sino era con fuerza, y ésta habia de salir de los proprios que hacian los robos é insolencias. Castigáronse algunos de los que robaban iglesias, sin osar mostrar rigor con los demas, porque no me dexasen solo, ni hiciesen lo que despues hicieron; y áun disimulando el saquear el país, se volvian á Bravante sin licencia, llevando las bolsas llenas de los robos que habian hecho, y quexándose decian que se habian ido por el mal tratamiento que yo les habia hecho, y si alguno llegó á Bravante pobre, fué porque así los enemigos, como los villanos, sabiendo que se iban, les salian al camino, y quitándoselo, los dexaban ir. La mayor parte de los que se han ausentado sin licencia, lo han hecho más por ruindad y miedo que tenian que por necesidad, pues el mal que yo les hacia era asistirlos y ayudarlos con lo que podia, empleando en esto no sólo mi hacienda, pero mi crédito; y si no les daba pagas como ellos querian, no era culpa mia, pues éstas habian de venir de otra mano que de la mia. Estando en este trabajo, llegó el dinero de su Majestad, el cual procuré que se les diese luégo. Pasó toda la gente una manera de reseña, y el comisario Melendez les repartió el dinero sin meterme yo en ello, como lo hago despues que supliqué á su Alteza que no me mandase manejar dinero del Rey, y con haber sabido algunos que no me he ocupado en esto, me culpan de no haber dado más dinero del que se dió. El Comisario tiene las cuentas, y él hizo el repartimiento, el cual se hizo mejor que por allá se ha hecho, porque se empleó con mucho cuidado en ello, y si la gente no era mucha, eran muchos los capitanes y oficiales, como ántes dixe. Mas por la distancia que hay de aquí á esa Córte, ó por malicia, algunos, con pasion ó ignorancia de las cosas, informan fuera de camino y de la verdad. Despues de haber recibido este dinero la gente de guerra se andaba todavía robando, aunque no con tanta insolencia, por no ser sólo la falta del dinero la que les movía á ello, sino la intencion que tenian de, pagados ó no pagados, volverse á Bravante con licencia ó sin ella. El enemigo proseguia su sitio, y llegando con su trinchea al foso del rebellin, y segándole, se pegó con la zapa y mina dentro de él. Los nuestros en este tiempo hacian algunas salidas, matando muchos enemigos y tomando banderas en sus trincheas, prendiendo tambien algunos oficiales y un capitan. Los de la villa, digo los malos, que eran los más, tomaron las armas para echar á los buenos de la villa, y darla al enemigo, como se lo habian prometido. Mas los soldados del Rey, que estaban fuera, que áun hasta aquel dia no los habian dexado entrar, acudieron al peligro dexando casi la guardia del fuerte y de la batería, y los que estaban en el burgo con los vecinos de él, que siempre han sido fieles, dando asalto al lugar, rompiendo la estacada del foso, entraron dentro. Con esta asistencia sobrepujaron los buenos á los malos, y si entónces del todo hubieran de ellos limpiado la tierra, ó los prendieran ó matáran, pudieran detenerse algun tiempo más. Escondióse el burgomaestre Balen, como autor de la traicion, segun se decia, y el burgomaestre, su yerno, juró por el Rey más de miedo que de voluntad, que no la tenía buena, y si los nuestros en aquella furia halláran al Balen, sin duda le matáran. El conde Mauricio, como sintió la revuelta de la villa, se estuvo en sus trincheas temiendo no fuese alguna estratagema, sin consentir que soldado ninguno saliese de ellas, y si entónces acometieran, pudiera ser que se lleváran el rebellin, y como los nuestros entraron en la tierra contra la voluntad de los de ella, proveyeron mejor las guardias. El enemigo casi perdia la esperanza de tomalla, con haber sido avisado que, no obstante lo sucedido, prosiguiese la empresa, que la villa era suya como fortificase bien las entradas, que no pudiesen pasar quinientos mosqueteros que yo queria inviar, habiendo hecho reconocer los pasos, y eran tales que no era posible, porque los arroyos y fosos tenian barcas armadas, y en los demas fuertes de tierra y trincheas. Los de la villa de Gruninghen dan siempre á uno del Magistrado el cargo de la artillería y municiones, y éste fué entónces Gisbert Harens, el cual al principio del sitio decia á nuestros soldados que tirasen cuanto quisiesen, porque habia pólvora para dos años, y no lo dudo, porque ellos ántes habian hecho gran provision de ella, y cuando últimamente fuí llevé de la del Rey una gran cantidad, y despues les habia dado toda la que ellos dixeron haber inviado á Steenvick, y en este tiempo vino á entenderse que no habia sino de veinte á treinta quintales. Y avisándome de ello el teniente coronel con un soldado, éste fué preso, y por él supo el enemigo la falta de pólvora que habia, y por otra parte tuve aviso que los malos de dentro, so color de apacentar sus vacas por la otra parte de la tierra, daban y recibian avisos de todo lo que en ella pasaba, y como Gisbert dixo que habia tanta abundancia de ella, se gastaba con poca consideracion, tirando liberalmente donde no era necesario. Nunca yo tuve buena opinion de este hombre en lo tocante á cristiano, sabiendo que habia inviado sus hijos á la villa de Amsterdam á un consistoriante, grande hereje, y así se puede creer que de malicia lo habia hecho desperdiciar y escondido mucha parte, como despues se ha dicho y hallado. Sabido esto por el enemigo, minaba á toda furia el rebellin, y sintiéndolo los nuestros, le cortaron reparándose, pero siempre dexaban en lo cortado su guardia. Acabada la mina y dándola fuego, la guardia fué maltratada. Dió una manera de asalto, pero no osando acometer lo cortado. Con esto, la falta de pólvora y el trabajo contínuo, nuestra gente se disminuia de número y de ánimo, y en las casas y por las calles las mujeres de los burgomaestres Balen y Leo, madre é hija, andaban incitando al pueblo que se rindiese, diciendo la madre que si no se hacia, su marido quedaria con infamia por haberlo prometido muchos dias habia; y tambien dicen que la mujer de un capitan del Rey que está en esa córte hacia lo mesmo, y que su marido la escribia que no habia socorro, y que sabía que no la escribiría sino la verdad. Estas tres mujeres hacian más mal que treinta hombres, porque movian á las demas á que incitasen á sus maridos á rendirse, que allí ellas tienen más voto y mando en sus casas que en otras partes. Su Alteza en este tiempo y el Conde de Fuentes, nombrado, como he dicho, para este socorro, escribian á menudo á los de la villa, y por más que yo procuraba con dádivas y promesas que hacia á los soldados, ninguna de las cartas pudo entrar. Poco ántes de esto se perdió junto á Wesel el alférez Lázaro Sanchez, que venía con una de su Alteza en hábito de villano, el cual así habia ido y vuelto dos ó tres veces; lleváronle preso al conde Mauricio, y con amenazas que le hicieron, prometió mostrar las cartas que habia escondido, y fué su ventura hallarlas en el hueco de un árbol, donde las habia puesto, que á no darlas le maltratáran. Díxose de no sé qué promesa que este hombre habia hecho al enemigo, que por haberle yo visto servir lealmente no lo pude creer, pero el miedo hace prometer cosas sin voluntad ni pensamiento de cumplirlas; bien es verdad que despues que se hallaron las cartas, el conde Mauricio le trató bien, le sentó á su mesa y me le invió sin rescate, pero pidiéndome por él otro que el Comisario general habia dexado en Rimbergh, de los que habia roto en el camino yendo á la Córte. Los de Gruninghen, deseando tratar, inviaron sus diputados al enemigo; querian éstos, y áun algunos de los eclesiásticos, ganar las gracias con él, y así cada uno procuraba facilitar la rendicion; y no solamente los que salieron fuera, pero la mayor parte de los que quedaron dentro hacian lo mesmo, hablando y conversando con los enemigos á la puerta, miéntras se trataba, y áun los metian dentro y hacian buena acogida; y á los nuestros, poco ántes, les cerraban las puertas y hacian mal tratamiento. Los principales, que muchos dias ántes trataban con los enemigos, eran los dos burgomaestres Balen y Moyen Steynz, los consejeros Gaspar Willens, Robert Ulgart y Draper. Este Draper era el que avisaba al enemigo lo que pasaba en sus consejos, y Juan Tembouren era el mensajero secreto y Ernest el negociador. La más parte del Magistrado era de la del enemigo, y ellos tenian corrompida la mayor de la villa. De éstos eran los principales el hijo del secretario Altinghe, que agora es burgomaestre, y los hijos de Gaspar Willems, un Rolof Isbrans, y Isbrans Sbrans y otros muchos; y el consejero Ulgart fué el que más insistió y solicitó al enemigo estando en Omme, que fuese á sitiar á Gruninghen, asegurándole que la ganaria. Éstos y otros semejantes eran los que procuraban meterme en mal con todos para mejor venir á su intento. Y lo que hacian conmigo hacian tambien con el Presidente de Frisa y con el consejero Wetendorp, ambos fieles vasallos y servidores de su Majestad, sin tener otra ocasion contra ellos que ser tales. Los principales que hacian esto, que eran malos, comian y bebian conmigo muy á menudo, y despues iban á incitar á los otros para que me prendiesen con los demas católicos, y si no acudiera el conde Federico en aquel tiempo con la gente que traia, sin falta lo intentáran. Cuando yo vine á conocer esta maldad, y ellos entendieron que lo sabía, se dieron más priesa á solicitar al enemigo, y por hacerlo más seguramente, inviaron á esa Córte al burgomaestre Hubena y al síndico á solicitar el socorro por ser los de quien ménos ellos se fiaban. Tambien han procurado, de poco tiempo á esta parte, ganar á los condes Herman y Federico, haciéndolos gratos con los malos, sirviéndolos y acariciándolos más de lo que solian, y sé yo que Pok Hebrardi, secretario de la cámara del Rey, dixo estando con los principales de esta máquina, que se procuraba en vano de ganar á estos caballeros, porque los hallaba muy fieles servidores del Rey. Concertada la villa con el enemigo, y salida la gente con sus armas y bagajes, vinieron á Oldenzel, y de allí á pasar el Rin por haber capitulado de no servir en tres meses de esta parte. Él se estuvo quedo en su campo algunos dias proveyendo lo que era necesario en la tierra, y yo en el primero alojamiento que tomé. Y aunque el Comisario habia dado al regimiento del Conde de Solms más dinero que á los demas, y que el comisario Roberti, que poco ántes habia venido para las provisiones del socorro de Gruninghen, les daba á todos pan de municion, á la fin resolvieron de partirse, dexándome con la necesidad de gente que tenía, y el enemigo desembarazado para poderme acometer. Los del Conde de Solms inviaron sus diputados á Oldenzel, á donde el conde Herman y yo estábamos, á avisarnos de la resolucion que habian tomado, diciendo que no fuesen á estorbárselo á cuchilladas como la otra vez, porque se defenderian, y así otro dia comenzaron á marchar, y con ellos las demas naciones, y la resta de la caballería que el Comisario general habia traido, sin quedar conmigo más que los capitanes y oficiales. Y considerando que si esta gente iba sin ellos les podria suceder algun daño en el camino, ó que llegados á Bravante se amotinarian, los dexé ir con ellos. Y no puedo creer, como tambien era la opinion de algunos oficiales, sino que habia entre ellos algunos de la parte del enemigo que hacian acrescentar estas desórdenes. Al fin son obras del demonio, y que permite Dios para castigo de nuestros pecados y descuidos, él lo remedie, pues es causa suya, y se compadezca de la miserable gente que tan injustamente padece. Partida esta soldadesca de diversas naciones, queriendo yo alojar en Oldenzel á los españoles que habian quedado, la mitad de ellos se alteraron, y siguieron á los demas sin podérselo estorbar; que por ser de tantos tercios, habia poca obediencia entre ellos. Hice alojar en la villa á los que se quedaron, con quien, por exemplo, se habia de usar de gratitud por el buen término que han tenido y las necesidades y trabajos que han pasado. Y aunque el enemigo sabía esto particularmente y lo que habia de hacer, no lo pudo efectuar por haber cargado tanto las aguas, que áun á caballo no se podia ir, ó muy mal, por los caminos, y duró tanto, que la sazon y tiempo de podernos ofender en este país se pasó. Pero habiéndose las lluvias aplacado algo, por no perder el poco de buen tiempo que quedaba, procuró hacer por agua lo que no podia por tierra; y así se resolvió de ir á Berken con navíos, y hallando tambien dificultad, no pudo hacer nada por la mesma causa, habiendo crecido mucho el Rin. Viendo esto, se volvió contra Grol, y encaminando allá su aparato, vino un embaxador del Rey de Navarra á pedir gente á los Estados, y negoció tan bien, que se la concedieron; y así dexando la empresa, inviaron la demas gente á sus guarniciones. No sé cómo no les estorbaron el viaje. Quiso Dios ayudarnos con esto y las contínuas aguas, que sin ellas, es cierto no perdiera el enemigo tal ocasion, é hiciera algun efecto por la poca resistencia que hallára. Recogí la gente que me quedaba en sus guarniciones, entreteniéndola con la municion que se les daba, hasta que llegaron veinte mil felipes, que el Comisario repartió lo mejor que pudo, dando á unos para seis semanas, y á los de mi regimiento para cinco, que es más que el escudo que por allá se dice haber dado yo á cada soldado; pero no se pudieron dar dos pagas, como de ahí se escribia mintiendo á esta gente, pues para una habia avisado este Comisario ser menester mucho más que los veinte mil felipes, que aunque son las compañías pequeñas, son muchos los oficiales y primeras planas con otras aumentaciones lícitas, ó ilícitas, que hacen más número de gente de la que hay. El dar á entender á estos soldados que se les inviaban dos pagas no habiendo para una, fué causa de alterarlos contra el Comisario, yendo á sacarle de su casa, y le tuvieron entre ellos en medio de la plaza, que si no fuera por el conde Federico que fué á sacarle de entre ellos, habiéndoselo yo rogado, le maltratáran. Retiráronse estos soldados á sus posadas, por aquella noche, muy descontentos, y con intencion, segun tuve aviso, de tomar á la mañana las armas y apoderarse de las puertas para hacerse pagar del Comisario y de mí las dos pagas que les escribian de Bravante haberse inviado para ellos. Y temiendo, porque esta nacion alemana, estando una vez alterada, es mala de aquietar, hice venir aquella noche dos compañías de caballos de Paulo Emilio Martinengo y de Alonso Mendo, y con la asistencia de los españoles que habian quedado, mi regimiento y la compañía de don Sancho de Leyva, que estaba dentro, eché fuera del lugar parte de los alemanes más sediciosos, con que se aplacaron, y á no hacer esta diligencia, sin duda se pasára mal. El dinero que entónces vino, dixo el Comisario haber sido proveido por Agosto del año pasado, y ahora estamos en Hebrero de éste, y en todo este tiempo no ha venido otra provision ni memoria de ella; causa bastante para que esta soldadesca, no sólo se hubiera alterado, pero vendido ó saqueado estas tierras, y presentado á sus capitanes y á mí al enemigo por desesperacion, viéndose tan olvidados y poco estimados, habiendo servido fielmente en este país con tanto trabajo y necesidades, y que pagan á otros de su nacion por allá sin hacerles ninguna ventaja en servir, ántes habiendo pocos que se les puedan igualar, y que cuando el enemigo les acomete, no son socorridos á tiempo ni como sería razon que se hiciese. Entre los de Gruninghen y país, como en otra parte he tocado, hay disputa sobre el haberse reducido á la obediencia y servicio del Rey despues que el Sr. D. Juan fué dado por enemigo por la razon que al principio dixe, que fué porque el Príncipe de Oranje y Estados rebeldes mostraban más aficion á los del país que á los de Gruninghen de que en extremo se resentian, que si se la mostráran más á ellos que al país, la opinion de los que entienden su humor es, que nunca vinieran al servicio de su Majestad. Y así á los Estados generales fuera fuerza tenerlos sujetos con guarnicion, por no caer otra vez en este inconveniente, procuran ahora concertarlos, y para esto han inviado sus diputados, que áun están ocupados en ello sin apariencia de concierto, porque se comienzan á arrepentir de lo que han procurado y negociado, conociendo, aunque tarde, el error que han hecho, y los que ya nos fueron contrarios, lo son ahora más del enemigo, si bien de secreto, tal es el humor de los de este pueblo, y creo que serán malos de concertar con haber entremetido al síndico, que estaba en esa Córte cuando se perdió, que como nacido en el país y criado en la villa, ambas partes se fian de él. Yo le he tenido siempre por hombre de bien, pero paréceme imposible que no haya sentido y sabido las traiciones que en su tiempo se han tramado contra el Rey, siendo amigo de los burgomaestres Balen y Moyen Steynz, cabezas de la maldad. Hallándome en el aprieto que he dicho, no me vino otra asistencia despues acá, sino la de un maestro de cuentas con órden de su Alteza, á informarse de los abusos que le habian dado á entender que habia en Linghen, comision procurada por el Recebidor contra el Drosarte de allí, fundado en cierta pasion que entre ellos habia. El Recebidor habia dicho tanto y tanto en Bravante á los de finanzas y de cuentas, que fué despachado para informarse de todo este Comisario, el cual naturalmente es de poca verdad, y enemigo de paz y concordia. El Recebidor le llevó luégo á su casa, y así le informaba de muchas cosas que no se halláran con verdad, y entre otras que este Comisario ha hecho, fué escribir á la mayor parte de los nobles de aquel país, que el peso que tenian de contribuciones era contra la voluntad de su Majestad y de su Alteza, y contra razon y justicia; cosa que no sólo á la nobleza, mas á todo el país ha movido contra mí, de tal manera, que procurando sacar de él alguna sustancia para entretener la soldadesca en la grande necesidad que padecen, no los hallo con la voluntad que solia. Y por esto, á no hallarme con gente de guerra, mi persona y todos los demas ministros del Rey corriéramos peligro del pueblo, con no haberlos cargado jamas sin grande necesidad, utilidad y provecho suyo, porque con la necesidad el soldado se desmanda, y desmandado hace más mal en un dia que interesa en un mes, y el daño que se les hace con desórden no viene tan á provecho de su Majestad como el que se saca con órden; y en presencia de este Comisario se juntaban sin la mia á dar al enemigo lo que extraordinariamente les pedia, y de esto no hacia caso, sino de lo que era para el servicio del Rey, de manera que, ó éste sin duda era más por el enemigo que por su Majestad, ó no acertaba su comision por la pasion que tenía contra el Drosarte y contra mí; y aunque de éstos y de ellos he procurado sacar contribuciones del enemigo, y las hayan prometido, es tan poco lo que de ellas se saca, que el comisario Melendez se ha maravillado de ver que es miseria para lo que allá se ha dicho; que como son sacadas por fuerza, y algunas veces á fuego y sangre, cuando no se pueden executar no las quieren pagar, como lo han hecho siempre. En este tiempo viniendo pocos dias há á este país de Linghen cien caballos del enemigo, invié al capitan Bartolomé Sanchez con mi compañía de lanzas y alguna infantería de esta guarnicion, y hallándolos alojados en un villaje, esperó á que fuese noche para tomarlos más seguros, y venida, los acometió y rompió; y habiendo avisado al capitan Mendo de la venida de estos enemigos, salió con su compañía por otra parte, y dió con otra diferente tropa de caballos, y tambien los deshizo, prendiendo y matando dos capitanes y la mayor parte de los enemigos.


Esto es lo que hasta ahora puedo escribir de las cosas de este gobierno y exército, habiendo dexado de decir muchas por falta de memoria, ó no ser para que anden en papel. Ha sido gran desgracia mia haber empleado catorce años, los mejores de mi vida, tratando con la gente que en este discurso he significado, opuesto continuamente á la gran ambicion y sed de mandar que siempre los de Gruninghen han tenido y tienen, la cual los ha puesto en el estado en que se hallan. No ha faltado quien los haya fomentado y dado alas contra mí, que diria mejor, con verdad, contra el servicio de su Majestad, al cual he mirado siempre como debo, más que á interes ni pasion que haya tenido, sin haber nunca pretendido de ellos cosa alguna, ántes el desear tenerlos gratos para el servicio de mi Rey, me ha hecho gastar con ellos más de lo que mis fuerzas alcanzaban. Y en recompensa de esto y de las buenas obras que les hice siempre, son los que más me han, por su costumbre, mordido.

En conclusion, la guerra se gobierna con diversion y prevencion, y así todas las veces que he podido asistir al serenísimo Duque de Parma, cuando estaba ocupado en Flándes y Bravante, lo he hecho divertiendo al enemigo cuanto más he podido, como parece por las cosas notadas, sin las que dexo por la razon que he dado. Y puedo decir, de que me pesa mucho, que nunca á mí se me daba la asistencia necesaria, ni en lo uno ni en lo otro, y que por conocer esto el enemigo, me ha siempre apretado más de lo que pudiera si fuera acudido conforme á los avisos que daba, pidiendo los socorros con tanta instancia y necesidad, que me obligaba á usar á veces de más libertad que fuera razon, no siendo tan extrema, dexándome siempre, como he dicho, sujeto á los humores de los de esta nacion, principalmente de Gruninghen, la cual con poco mal suceso se humilla y de poco bien se ensalza, tan fácil de mudar, que al que hoy ama mañana aborrece, y así al que aborrece ama á su modo fácilmente. Los que administran la justicia son corruptibles en todo extremo, tanto, que por poco interese la venden y tuercen, dexando el bien universal por él. Yo temia, y ahora echo de ver que no me engaño, que cerca de dicha Alteza habia algunos que no me hacian buenos oficios, ó por presentes, ó por pasion particular, que cerca de un Príncipe los ministros corruptibles y apasionados suelen hacer mucho daño, ó ya que sea permitido el buscar cada uno su provecho y acrescentamiento, á lo ménos fuese sin perjuicio de otros, mayormente de su Rey y del bien público. Y pongo á Dios por testigo que desde que fué servido de dar en estas partes á su Majestad algunos buenos sucesos abriendo camino para muchos mayores, por ver que la invidia y malicia los hacia inútiles, he procurado de todo corazon, con grande instancia, salir de aquí é irme á servir á su Majestad en otra parte, viéndome empleado en las que he servido tan mal correspondido y sin la recompensa que suele darse á los gobernadores de provincias cuando los sacan fuera de sus gobiernos, segun la costumbre de Borgoña. Habiéndome en este tiempo empleado en lo del Rin, en Bona, en el gobierno del exército sobre Mastricht, en el estado de Gheldres, en esa parte, cuando el Sr. don Juan de Austria partió de Namur, dexándome el castillo y fuerte, y despues sirviendo por su mandado el oficio de Maestre de Campo general, en que me ha sido fuerza hacer grandes gastos sin nunca haberme recompensado; y quisiera mucho no ser forzado á decir esto de mí, pero es hoy la malicia y emulacion de algunos tan grande, que no se aplican sino á convertir el bien en mal, sin ninguna certeza de que sea verdad lo que dicen. Y así con seguridad me ofrezco á probar con bastantes informaciones, cartas y órdenes de mis superiores, y copias de las que yo les he escrito, cuanto he dicho hasta aquí. Y en lo que toca á la poca conformidad que he tenido con los de Gruninghen, que por allá me cargan su pérdida, digo que cuando iban por camino derecho y llano la tenía con ellos muy grande y buena, y que por más que hayan variado en su fidelidad, nunca ha procedido con ellos de manera que con razon hayan podido formar quexa de mí, habiéndolos siempre asistido aventurando mi vida muchas veces por ellos; y si yo quisiera conformarme en todo con ellos, habia de ser faltando de la fidelidad que debo á Dios y á mi Rey, que en todo lo demas que buenamente he podido conformarme con ellos, sin perjuicio de esto, lo he hecho con muy gran costa, trabajo y peligro de mi persona.

FIN.

PATIENTIA OMNIA DUCIT.