Avisé luégo de lo sucedido á su Alteza con el capitan Pedrosa, suplicándole que fuese servido de asistirme para poder pasar adelante contra el enemigo, ó que inviase á Mons de Billí, pues que él se estimaba y tenía por gobernador de esta provincia. Y por no perder tiempo, quise sitiar luégo el fuerte de Niezijl, y los soldados de los dos regimientos de alemanes no quisieron moverse del alojamiento de Northorno sin que los diese dineros y la paga de batalla; y así con las cuatro compañías de caballos, mi regimiento y algunos voluntarios de los dos regimientos, me fuí hácia el fuerte, intentando tomarle por hambre por no tener otra comodidad y hallarme desproveido. El invierno y la necesidad de la soldadesca cargaban á furia, y algunos mal intencionados de la villa de Gruninghen, so color de inviarnos vituallas, metieron en el fuerte algunas barcas cargadas de ellas, sin podérselo estorbar; y tras esto vino una tormenta con tan mal tiempo que no fué poco poderse salvar nuestra caballería y bagajes. Volví á alojarme al villaje de Northorno con los alemanes que no habian querido salir, donde estuve algunos dias; y por las contínuas aguas se pusieron tales los caminos, que puedo decir con verdad haber muerto en el lodo algunos de los nuestros; saquélos á país seco y arenisco y entré en la villa de Gruninghen á tratar con el magistrado de nuestra necesidad y del descontento de nuestra gente, el cual me presentó dos cartas de su Alteza, una en frances y otra en español, en que expresamente me ordenaba que diese á la villa de Gruninghen la gente de guerra, tal cual los de ella me pidiesen y quisiesen tener, sin cargarles de otra manera que á su voluntad, y obedesciéndolas, nombraron la gente como ellos quisieron. Hasta entónces no se sacaba nada para la gente de guerra ni provecho de su Majestad. Y desde aquí comenzaron, para entretener la gente que me pidieron, hasta que llegase el dinero de su Majestad. Y no sabiendo cómo sustentar la demas, tomando conmigo al consejero Wetendorp, me fuí con ella al país de la Tuvent, adonde con ayuda del consejero la alojaron y dieron á cada soldado cinco placas cada dia. En este tiempo sucedió que hasta trescientos ó cuatrocientos caballos del enemigo, que habian quedado de la batalla, se alojaron en el Burgo de Keppel contra la voluntad del señor de él, muy sentido de ello. Mons de Rinavelt, que estaba en guarnicion en Oldenzel, me dió aviso de esto y de que el enemigo se queria amparar de la villeta y castillo de Bronckorst. Inviéle á él á tratar con la Condesa vieja, muy cristiana señora, que nos diese aquel castillo para aprovecharnos del paso del rio Isel para la Veluva y Vuethua, y concediéndolo, me partí luégo con una buena tropa de gente para la guarnicion del castillo, y hallé la caballería que he dicho en el Burgo de Keppel, adonde me llegué con la gente que traia; y reconociendo el Burgo, vi que por la parte del jardin de la casa del señor, no habia otra fortificacion para entrar en él, sino una fuerte palizada, y para esto era fuerza pasar el rio Isel viejo, y estando mirando cómo poderlo hacer, llegó á mí un caballero mancebo, pariente del señor de Keppel, á quien yo habia conocido paje del Conde de Mansfelt. Díxome que el señor de Keppel deseaba saber si yo estaba ó no allí. Preguntéle cómo habia pasado, y mostróme una barca pequeña, la cual hice luégo guardar; y haciéndose ya tarde, ordené á Mons de Rinavelt que con su gente, la compañía del Baron de Anholt y alguna de mi regimiento, fuese en anocheciendo á ponerse detras del castillo de Keppel, avisando al dicho señor que no se moviese ni tocase arma, so pena de tenerle por enemigo; por todo lo demas, estaba el Burgo cercado de grandes fosos de agua con su terrapleno; tenía dos puertas, en la una, que iba hácia Emmerik, puse al teniente Tassis con parte de su regimiento y la compañía de arcabuceros de Mons de Villers con la mia de lanzas; en la otra puerta me puse yo con alguna infantería y algunos caballos alemanes, gobernados por Mons de Rinavelt á costa del país de la Tuvent; y sabiendo que todos estaban en el puesto que les habia ordenado, les invié á decir que en tirando yo dos piecezuelas de campaña (que llevaba conmigo para meter en el castillo de Bronckorst) cada uno arremetiese por su parte; que Tassis y yo hiciésemos gran ruido, y que el de Rinavelt arremetiese callando, porque él habia de ser el que más efecto hiciese. Los enemigos que estaban dentro, temiendo lo que sucedió, habian ya cargado sus carros y bagajes; y así, aparejándose para partir, en tocándose arma, abrieron una puerta que va á Emmerik, y comenzaron á huir por aquella parte; Tassis cerró con ellos y el de Rinavelt entró rompiendo la estacada y yo por la otra puerta. En el Burgo no habia sino una calle, y ésta ocupada con carros y con raitres á caballo, y nosotros entre ellos; por lo cual pocos ó ninguno de la caballería é infanteria que allí estaban se salvaron. Ganáronse muchos y buenos caballos con su estandarte, y de nuestra parte no se recibió más daño que salir el teniente Tassis con un arcabuzazo en el carrillo. Hecho esto, invié la gente que estaba destinada para Bronckorst con Mons de Rinavelt, y yo fuí con las demas hacia Emmerik á tomar de allí vituallas, y ver si podia dar una escalada á la villa de Scherembergh. Hice visitar el foso por donde estaba más seco, y halláronle lleno de abroxos y la subida más dificultosa de lo que me habian dicho, y así no se acometió; y volviéndome hácia la Tuvente, Mons de Rafueldt, primo hermano del Baron de Anholt, me pidió que le diese gente para ir á tomar la villeta y castillo de Vueert, país de Munster, pero como era señor de ella el Conde de Colemburg y tenía en aquella plaza algunos soldados, que no se contentaban de ser neutrales como es el país de Munster, hacian todo el mal que podian á los vasallos y servidores de su Majestad; y así invié con él á Tassis con la gente de su cargo. Sacaron dos piezas de artillería del castillo de Anholt, y al fin tomaron el de Vueert defendiéndose un dia ó dos; el cual hasta hoy se conserva y tiene por su Majestad. Dexé de guarnicion en Keppel caballería é infantería. Los enemigos, viendo el daño que los de la guarnicion del castillo de Bronckorst les hacian, principalmente por el rio Isel, les sitiaron, batieron y dieron asalto sin tomarle; tuviéronle muchos dias sitiado y algunas veces fuí desde Gruninghen á socorrerle, y metiendo vituallas, sacaba los heridos y enfermos y dexaba otros de refresco; y el enemigo entendiendo que yo venía cerca se metia en un fuerte que tenía con su artillería, dexándome hacer lo que queria. En un viaje de éstos invié á Keppel, que estaba cerca, á Mendo mi alférez con vituallas, el cual, acercándose, oyó escaramuzar; y adelantándose con la caballería, ordenando que alguna le siguiese, halló que la guarnicion de Desburgh (que era de los ingleses que habian escapado de la batalla de Northorno, y alguna cantidad más de nobleza y soldadesca que de Lóndres habia venido de nuevo) por gallardía habian salido á escaramuzar con los de Keppel, cerró Mendo con ellos, y rotos, se retiraron á una casa, donde no queriéndose rendir, con la asistencia de la infantería que venía con la escolta, que se habia dado priesa á caminar oyendo escaramuzar, y la guarnicion de Keppel, los hicieron pedazos. Yo me fuí derecho á Gruninghen, y porque helaba, invié á Frisa la caballería é infantería que se pudo sacar con el Baron de Monseao; y entrado en ella, le dieron la palabra de contribuirle; mudóse el tiempo, y no lo cumplieron, y así puse mi regimiento á la entrada de Frisa en un castillo de un gentil hombre llamado Rom, con algunas compañías de alemanes, de donde procuraban hacer en Frisa todo el mal que podian; y muchas veces acontecia que algunos prisioneros de ella ántes se dexaban matar que pagar contribucion. Llegado el verano, y padesciendo necesidad la gente que habia quedado con Tassis en la Tuvente (porque ya no podia el país pagar lo que ántes), él fué con mi parecer hácia Locchum á hacer un fuerte al rededor de la casa de un gentil hombre para desde allí inquietar la villa impidiendo el coger los trigos que tenian sembrados, que eran muchos. Juntóse con el Baron de Anholt, que era vuelto de la córte á su casa con el título de coronel del regimiento del Conde de Rinamburg, que su Alteza le dió. Y hallando la tierra muy desproveida, se acercaron más á ella para sitiarla del todo; y el Baron fué á Gruninghen á darme cuenta de lo que Tassis y él habian hecho, rogándome que, siendo posible, me hallase allí, porque sin ninguna duda el enemigo queria venir á socorrer la tierra. Y considerando que aunque se habian puesto sobre ella sin mi órden, no era razon rehusar lo que en tal ocasion me pedia, me partí luégo con él, llevando conmigo alguna infantería y caballería, y en dos dias llegué á Locchum, dexando atras un poco de infantería por no poder caminar tanto. Y en amanesciendo, el Baron y Tassis me mostraron de la manera que habian sitiado, y hallando que la parte más necesaria se habian dexado abierta, queriéndolo remediar con diligencia, vimos que los escuadrones del enemigo venian al socorro por el camino de Zutphen, y así fué necesario tomar por plaza de armas una montañuela que está delante de la villa, junto á la cual estaba el camino que yo temia para el socorro de ella. Acercándose el enemigo, se trabó la escaramuza con caballería é infantería, donde sucedieron algunas buenas cosas y daño, porque de una parte y de otra habia piecezuelas de campaña que daban en los escuadrones. Ellos, conociendo que con el cuerpo de la gente les estorbaba el socorro en grueso, y que en aquel punto me llegó la infantería que yo traia de Gruninghen, resolvieron que su caballería tomase algunos sacos de trigo que para aquello habian hecho, y que de una arremetida los echasen al borde del foso. Yo, temiéndome de esto, puse en un camino hondo pegado á la montañuela parte de nuestra caballería, para que, arremetiendo ellos hácia la tierra, los diesen de traves. Movióse la del enemigo, que era mucho más que la nuestra, so color de querer escaramuzar, y corriendo, de una arremetida hicieron su efecto con poco ó ningun daño, estando yo en otra parte, dando órden á la nuestra que cerrase, y hízolo tan tarde, que no sirvió de nada: durando todavía la escaramuza, no se peleó del todo aquel dia, porque la desigualdad de la caballería era grande, y no poderme yo mover por aquella parte donde el enemigo estaba sin romper los escuadrones. Hallaba el enemigo los suyos hechos, y delante una trinchera natural donde tenía su artillería, y del lado estaba toda su caballería muy bien puesta y en órden; y contentándose con el poco socorro que habia metido, comenzó á retirarse. Entónces, aunque era algo tarde, quise pelear, pudiendo hacerlo con más comodidad, seguridad y razon de guerra que ántes, por haber dexado el enemigo el puesto fuerte que tenía. Y comunicándolo con las cabezas de la gente, no lo aprobaron, ni ménos yo hallaba algunos de ellos con la voluntad de pelear, que mostraban tener cuando no era lícito ni convenia hacerlo por las causas que he dicho. Que tambien hay en este nuestro negro y mal oficio, como en otras cosas, hipocresía y artificio. Retirado el enemigo, ordené que se atrincheasen en aquella parte, y se hiciese un fortezuelo. Hiciéronse otros necesarios al rededor de la tierra, repartiéndolos y dándolos en guardia á los regimientos y capitanes que allí habia. Y luégo despaché á su Alteza avisándole de cómo habia hallado á aquella gente empeñada, y que sin órden no la podia desamparar, ni ménos dexar el sitio, estando en tal punto. Suplicándole que viendo la ocasion que se ofrecia, me ordenase lo que habia de hacer, y fuese servido de mandarme proveer de más gente y medios para poderla entretener, porque á causa de la necesidad que se pasaba, dejaban las banderas solas ó mal acompañadas por ir á buscar de comer. Y aunque andaba por la campaña el conde Cárlos de Mansfelt con algun buen golpe de gente, por entónces no vino ninguna adonde yo estaba, ni ménos tuve respuesta suya. Consumido en pocos dias el trigo que aquella caballería puso en el lugar, se determinó el enemigo de socorrerle con todas las fuerzas posibles é intencion de pelear. Movióse el Príncipe de Orange á tomar esta resolucion, porque las villas vecinas, principalmente Zutphen y Deventer, amenazaban que si no socorrian á Locchum se rendirian á su Majestad; y así vino el Conde Holac, con la mayor parte de la gente de guerra que tenian, y con él otros muchos principales y coroneles, y entre ellos, los tres hermanos condes de Berghes (que entónces servian al enemigo), los condes Guillermo y Filipe de Nasao, otro hermano del Conde Holac, los coroneles Smit, Ifelstein, Lalayne y Hesnoy, frances, con algunos cañones para batir nuestros fuertes. Vinieron con este aparato á presentarse delante de nosotros, á los 27 de Agosto de 1582. Trabáronse buenas escaramuzas, en las cuales uno de los enemigos dixo al capitan Guzman de mi regimiento y al capitan Bartolomé Sanchez, que me dixesen que me fortificase en la montaña, porque venian con mucha gente y gran preparacion. Plantó el enemigo su campo á las espaldas del rio Berck, que pasa por las murallas de la villa, teniendo un camino ancho, que va á la tierra derecho, donde habia hecho Tassis un fuerte con foso seco todo de arena, el cual quiso tomar el enemigo, y haciendo ántes sus trincheas, plantando la artillería, le comenzó á batir. Desde la montaña donde yo estaba con los escuadrones, inviaba siempre gente de refresco seguramente por nuestras trincheas; la artillería del enemigo al principio pasaba el fuerte y hacia mucho daño, pero Camiga, capitan del regimiento del Baron de Billí que estaba dentro, como valeroso soldado, se reparó de manera que la artillería no hacia más daño. El enemigo, viendo que habia hecho alguna subida en el fuerte para dar asalto, invió algunos capitanes franceses á reconocer mejor la batería, y vieron que el fuerte y los fosos estaban llenos de gente, y sin falta, si dieran asalto, perdieran mucho, porque yo, desde la montaña donde estaba, podia por nuestras trincheas socorrer el fuerte seguramente, y en todo este tiempo no cesaba la escaramuza. Los sitiados, viendo el poco efecto que el enemigo hacia, y tambien desde una torre, que un fuerte que estaba junto al molino, el rio arriba, á cargo del Baron de Anholt, le tenian mal proveido de gente, por haber venido muchos á ver lo que pasaba en las escaramuzas, que desde el fuerte no se podia ver por estar la villa en medio, hicieron á la desesperada una salida, y le ganaron, degollando la mayor parte de ellos, muy descuidados de ser acometidos, y por allí avisando lo sucedido al Conde Holac (que su campo ni el nuestro no lo podian ver), el cual, dexando el rio en medio de ambos campos, caminó con su exército y vituallas á entrar en la tierra por el fuerte ganado. El Baron de Anholt pudiera haber dado mejor cuenta de aquel fuerte, pues no tenía otra cosa á cargo. El enemigo proveyó por él la tierra á su gusto; y conosciendo yo que al fin se habia de venir á pelear, saqué la gente que habia en todos los fuertes, é hice un cuerpo de toda. La intencion del enemigo era, segun los condes de Berghes me han dicho despues, de irse á la villeta de Borckeló, país de Munster, que era de donde nos venian las vituallas, y forzarme, por falta de ellas, á levantarme de allí con desórden, y entónces acometerme, y sin falta (si Dios no remediaba por otra via) nos pusieran en aprieto. Esto causó un descuido, que en la guerra es muchas veces causa de notables pérdidas. En todo este tiempo nunca cesaba la escaramuza, y los enemigos, por haber salido con su intencion, estaban tan gallardos, que salieron con golpe de gente hácia nuestro alojamiento, en el cual habia puesto, para guardia de él, al capitan Camiga, que se defendia valerosamente. Viendo yo lo que pasaba desde la montaña, y que todo el campo del enemigo marchaba hácia allá, descendí con la gente, dexando en un fuertecillo que habia en ella al capitan Decheman con su compañía y algunas de mi regimiento, y me arrimé á nuestro alojamiento, y no pudiendo meter la frente del escuadron al enemigo, me fué forzado dar el costado, y por tener poca caballería, y el enemigo mucha, la arrimé á nuestra infantería, esperando á pié firme la suya, que venía cargando con furia, y como á media carrera de caballo choqué con ella, y peleando ambas partes obstinadamente, hubo muchos hombres y caballos derribados por tierra; y no conociendo ventaja, saqué del escuadron de infantería algunas hileras de alabardas, picas y espadones, ordenando á los demas que estuviesen firmes, y porque lo restante del exército enemigo caminaba, invié al capitan Decheman que cargase con la gente que le habia dexado en la montaña y diese de traves, como yo tambien hice con la que habia sacado del escuadron, desbarrigando caballos y haciendo el daño que podia; pusiéronse en huida tomando el camino por donde yo tenía los escuadrones. Aquellos tres dias y dos noches estuvimos con las armas en las manos adonde los soldados habian hecho muchos fosos para estar seguros de la artillería de la villa, en los cuales la caballería del enemigo huyendo, y la nuestra siguiendo, daban malas caidas. Lo restante del campo enemigo, viendo su caballería rota, hizo alto, salvo la tropa que el conde Federico tenía y otros caballeros, que acometiendo el alojamiento contra Camiga, cerró con nuestro escuadron, y uno de los enemigos á caballo entró hasta las banderas y se llevó una, derribando por muerto al alférez, y es la primera que acá se ha perdido en mi tiempo. Las picas resistieron al encuentro muy bien, haciendo gran daño al enemigo; y viendo desde la montaña que se peleaba abaxo, dexé el siguimiento de la caballería del enemigo y junté la gente en ella, y haciendo todos segunda vez oracion baxé á dar calor á nuestro escuadron y banderas, y con mi venida el enemigo se rompió; fuíle siguiendo hasta las puertas de la villa, y si algunos de los nuestros no acertáran á cerrar la puerta, todos entráramos mezclados. Yo seguí con la caballería la gente que echó á mano izquierda, y por hallar el puente roto, invié á Mendo con alguna caballería, el cual entró tras ellos por el agua, y yo volví por la infantería que ya me venía siguiendo, la cual me pidió licencia para acometer los fuertes que las compañías francesas habian ocupado; y viendo que estaban con tan buena voluntad, se la dí, y habiendo ántes hecho tercera vez oracion arremetieron luégo con tanto valor, que los ganaron, retirándose la mayor parte de los franceses dentro de la tierra; y los nuestros hallando junto el bagaje del enemigo y algunas piezas de campaña, que la gruesa ya la habian metido dentro, saquearon el bagaje, y fué bueno el butin por la mucha nobleza que entre los enemigos habia. El Conde de Holac, que estaba en la tierra, viendo que se peleaba sin su órden, salió fuera, y no pudiendo dar remedio, por estar ya rota su gente, rogó á los tres hermanos condes de Berghes que se quedasen dentro, prometiendo de venir á socorrerlos, como lo hizo despues. Quedaron en la tierra con ellos las compañías francesas con su coronel y otros muchos de caballería é infantería, dexando muchos caballos entre los dos fosos de la villa, de donde nuestros soldados sacaron algunos de noche. Prosiguióse el sitio, porque, aunque habian puesto provisiones, era tanta la gente que habia dentro, que no podia durar mucho.


Invié al capitan Frias á la córte con los estandartes y banderas que se habian ganado, suplicando á su Alteza que me diese asistencia para acabar sitio que tanto trabajo y sangre habia costado. Y no faltó quien en el Consejo, segun he sido despues informado, dixo que merecia castigo por haberme empeñado en tales sitios sin órden de mi superior. Y así por estos buenos oficios despues he sido tratado como podia esperar del mayor enemigo que he tenido todo el tiempo que he servido en Frisa, y el que más daño ha hecho al servicio de su Majestad, que ha sido y es la calumniosa invidia, como lo he visto en el término que se ha usado conmigo. Habiéndome, pues, resuelto de proseguir el sitio, esperando ser asistido, viendo que el enemigo venía al socorro, por hallarme falto de muchas cosas, principalmente de pólvora, fuí á Linghen á pedirla al Drossarte, que no la habia á la mano en otra parte, y por no tener aún la patente de gobernador, me la negó, teniéndose por más señor de aquella plaza que el Rey. Al fin me la dió, dexándole en prendas á mi mujer y dos hijas, con juramento de no sacarlas sin que se la hubiese pagado ó vuelto. Entre tanto que yo hacia esto, el conde Cárlos de Mansfelt, Mons de Altapena y el Conde de Hoechstrate vinieron al socorro con buen golpe de caballería é infantería, que sin tener órden habian venido allí, y sabiendo que habian llegado, me partí con la pólvora que tenía á nuestro campo, donde supe de ellos y de algunas espías que tenía, que el enemigo con todo el poder que el Duque de Alanzon habia traido de Francia, y la gente que los Estados tenian en Frisa, querian socorrerla, por la grande instancia que el Conde de Berghes hacia por sus tres hijos, y el Conde de Holac por la palabra que les habia dado de socorrerlos y ser sobrinos del Príncipe de Orange; los Estados resolvieron de inviar el socorro á cargo del dicho Conde, con el cual tambien venía el general Noris, que fué roto en Northorno, y otros muchos caballeros. Augmentóse el exército del enemigo, dos ó tres dias ántes que viniese el socorro, con dos mil gascones que por la mar habian venido de su tierra, bien armados y en órden, y entre ellos mucha nobleza á cargo de Mons de Burey, gascon; y tambien en su favor llegaron mil y quinientos raitres, segun decian, del viejo conde Cárlos que se dice Conde de Mansfelt. Con todo este aparato vino el enemigo á buscarnos. El conde Cárlos se habia alojado, no estando yo allí, por la parte que el enemigo venía marchando con su exército, para del todo cerrar la villa. Y considerando yo que era gran multitud de gente la que cargaba sobre nosotros, hice proveer bien los fuertes. Y para la resistencia dixe al Baron de Anholt que inviase alguna persona á su fuerte para que no sucediese lo que otra vez; y acuérdome de haberle dicho delante del conde Cárlos que no fuese, sino que inviase; mas él, como buen caballero, quiso ir en persona, y como era de grande estatura, y sus soldados no habian hecho las trincheas, para ir al fuerte, muy altas, el Conde Herman y sus hermanos le conocieron, y (segun ellos me han dicho despues) le hicieron tirar, por cierta question y ódio particular que habian tenido, diéronle un arcabuzazo por los riñones, de que murió despues, y fué gran pérdida, porque si viviera, fuera gran servidor de su Majestad. Viniendo el exército enemigo derecho al cuartel del conde Cárlos, le fuí á pedir que nos juntásemos todos, porque así seríamos algo, y separados nada, pero él insistió en no querer sino pelear allí; y aunque le habia proveido de alguna gente de mi regimiento, via que si él aguardaba se perdia, y perdido él, infaliblemente se perdia todo el exército, y que no podia yo juntarme con él, porque el cuartel y los fuertes quedaban perdidos, y el camino de las vituallas mal seguro; y volviendo á pedirle con grande instancia que se partiese de allí y que nos juntásemos todos, me lo concedió cuando ya la avanguardia del enemigo venía cargando sobre su retroguardia. Los sitiados pasaban tan extrema necesidad, que desenterraban y comian los caballos muertos de seis y ocho dias, y así hacian una puerta nueva hácia el rio para por allí hacer una salida á la desesperada (siendo la parte por donde ménos guardia habia) y salvarse el que pudiese. Estaba dentro el coronel Smit, escoces, y en mi regimiento habia un capitan llamado Hamelton, de la misma nacion, y hablando los dos en su lengua, el uno desde la villa, y el otro de la trinchea, el Hamelton avisó al Smit cómo su campo venía á socorrerlos, y que estaria allí dentro de dos dias, y así no hicieron la salida y esperaron el socorro que vino al tiempo que habia avisado. El capitan Camiga, que los oyó hablar, y aunque no sabía la lengua del todo, entendia algo de ella, por ser la antigua frisona conforme á la inglesa, me dixo que le parecia ser avisos que le daba, y era así, segun los condes me dixeron despues; y como yo no podia probar lo que él decia y sospechaba, busqué alguna ocasion despues para echar al Hamelton de mi regimiento, y así lo hice. Llegado el campo del enemigo al alojamiento del conde Cárlos, puse en un cercado que estaba en aquella parte, junto al fuerte que se decia de Camiga, el rio en medio, al teniente Tassis con más de dos mil y quinientos hombres, el cual mantuvo valerosamente todo aquel dia la escaramuza con el campo del enemigo, y miéntras él escaramuzaba, los tres condes de Berghes y los coroneles Halayn y Smit plantaron la artillería gruesa que el Conde Holac les habia dexado sobre la muralla, y de allí batieron el fuerte, que llamábamos de Anholt, que en la batalla se habia tornado á cobrar, porque por allí la podian socorrer fácilmente ayudándose para el paso del rio del molino, á la defensa del cual yo habia puesto algunos valones del Conde de Manderscheit, que habian llegado con el conde Cárlos y otros de aquí, gente escogida. Yo me puse con un escuadron de infantería poco apartado del fuerte que los de la tierra batian, para socorrerlos si el enemigo daba asalto, desde donde yo via lo que pasaba con Tassis de la otra parte del rio. Hacia hacer balas apriesa á todas las mujeres de mi regimiento, y faltándome plomo, hice tomar todas las pesas de los vivanderos y deshacer los platos de estaño en que se comia. Habiendo dicho á los del fuerte que me habia puesto allí, no sólo para defenderlos, mas para hacerlos pedazos en caso que le dexasen sin órden. Despues de batidos por los de dentro, las compañías francesas salieron á dar el asalto; yo me moví al socorro, y los del fuerte se defendian bravamente, que fué causa de que con la mesma furia que habian salido se volviesen, habiendo recibido gran daño, con muertes de cinco ó seis capitanes y muchos soldados heridos. Y miéntras yo estaba ocupado en esto, el conde Cárlos andaba proveyendo todo lo que era necesario en el campo. Aquel dia no se hizo otra cosa, y á la noche nos fuimos los condes Cárlos, el de Hoecstrate, Mons de Altapena y yo al fuerte de Camiga para dar asistencia al teniente Tassis si acaso el enemigo le acometiese en su cercado. Habia entre él y el fuerte que los enemigos habian batido hácia la parte donde estaba el enemigo, una casa con un jardin, en el cual puse al capitan Decheman y algunos otros capitanes de mi regimiento, y yendo mi sargento mayor con algunos oficiales á visitar esta casa, encontraron á Mons de Burey con algunos gascones soldados suyos, el cual habia propuesto, como caballero mozo, de ser el primero que entrase en la tierra; escapóseles de las manos, y fué á dar al puente que los de dentro habian hecho á la puerta nueva sobre el rio; traxeron presos algunos de los que le acompañaban, á quien examinó el conde Cárlos, y de ellos se supo la gran cantidad de gente que allí habia, obligando sus vidas si no fuese verdad lo que decian. Considerando la poca que nosotros teniamos, y esa repartida en tantas partes y fuertes, y que lo más útil y mejor que podiamos hacer era juntarnos todos y procurar dar batalla; no pudiendo estorbar al enemigo la entrada en la villa por haber crecido el rio, habiendo los de Zutphen detenido la agua en sus molinos, por la cual entró el de Burey aquella noche, y sacó los condes de Berghes, que por salvarlos el enemigo habia puesto todas sus fuerzas. Consideramos tambien no haber entre nosotros dinero para comprar vituallas, y que ésas áun no venian, y á la llegada del conde Cárlos con aquellos señores, fué menester dar á su gente lo poco que yo tenía, sin que me quedase un real. Hiciéronse escuadrones ántes del dia en nuestra plaza de armas por asegurar más el alojamiento y tener mejor sitio para pelear. Repartióse la poca municion de guerra que quedaba entre los soldados; y siendo de dia, comenzamos con todas las trompetas á llamar al enemigo á la batalla, y él se arrimó con todo su exército á la tierra, entre la cual y nosotros habia poca plaza para meter en órden tan gran exército como ellos traian, que, segun nos parecia, era la causa por que no se movian de junto á la tierra; y así, sin mover la órden de los escuadrones, vueltas las caras á las de los enemigos, nos retiramos á otra montaña más adelante, camino de Grol, dándole lugar para ponerse en batalla. Allí estuvimos esperando á ver lo que queria hacer, y visto que no se movia, se resolvió de retirarnos; y así ordené que los heridos, enfermos y gente inútil caminase delante con alguna guardia, y que retirando todo lo que habia en el alojamiento, se le diese fuego; y tras esto, tomó el conde Cárlos la avanguardia con su regimiento, llevando consigo la artillería que se habia ganado en la batalla; tras ellos otros dos regimientos de alemanes, y yo, poniendo las banderas del mio entre las de los alemanes, hice dos mangas de los soldados de él, y con ellas y con toda la caballería tomé la retroguardia. El enemigo, viéndonos con tan buen órden, nos dexó ir en paz, salvo algunos que nos venian tirando á las espaldas, y por ser tarde para nuestro camino, no se hacia caso de ellos; pero al cabo, como se llegaban muy cerca, habiendo yo de pasar por un camino muy estrecho, donde habia valladares y arboledas, hice baxar las lanzas á algunos soldados de mi compañía, y que se quedasen allí, para que en volviendo yo la cara cerrasen con ellos, y llegando cerca de la emboscada, la volví, y luégo cerraron, matando algunos. Tomóse un prisionero aleman de poca edad, que, aunque no queria decir quién era, mostraba ser persona de calidad, el conde Cárlos me le pidió, y yo le compré á los soldados en doscientos escudos, y se le dí; y despues, estando en Grol, confesó al Conde ser hermano de la mujer del conde Hans Albert, su tio, y que él era conde de Glelik, de casa principal y rica. De allí adelante los enemigos nos dexaron del todo. Llegamos con esta órden á un pequeño rio, y no habiendo puente, fué necesario romper la órden, y pasar cada uno como podia. Y considerando yo que la compañía del Baron de Anholt, que guardaba á Grol, estaba tan amotinada, que á su mesmo coronel y capitan, yendo herido de muerte, no le quisieron dexar entrar ni acompañarle hasta Bredevord, que era suya, dos horas de camino de allí, adonde murió aquel mesmo dia. En la cual compañía habia dos ó tres que hablaban bien español, habiéndolo aprendido siendo alabarderos del Rey, principales autores del motin, á los cuales yo habia ganado con dineros que los daba cuando por allí pasaba, y de esta manera tenía la entrada y salida en aquella villa como yo queria, rehusándola á su coronel. Y aunque se inviaron los furrieles al villaje de Iburgh á hacer alojamiento, mi intencion era de alojarla en Marsfelt, detras y junto á la villa de Grol, para mayor seguridad nuestra, y efectuar lo que despues se hizo, y así me adelanté con todos estos señores, y los amigos que yo tenía entre los soldados de aquella guarnicion abrieron las puertas y alojaron al conde Cárlos y á los demas. Yo me fuí á hacer el alojamiento al lugar que he dicho, é invié á decir al exército que se encaminase allí, y á los furrieles, que habian ido á Iburgh, que se volviesen á este lugar. El enemigo, habiendo metido todas las vituallas que tenía dentro de Locchum, y proveida, caminó hácia Vildemburgh, castillo del Conde de Isteron; y sabiendo yo cuán mal proveidos iban, no cesaba con tropas de caballería de tocarles arma para que no se desmandasen á buscar de comer. Estas tropas que yo inviaba, mataban muchos de ellos, y era lástima de ver los gascones, que por no ser acostumbrados á beber cerveza, bebian agua, y con ella les vino una enfermedad, que se quedaban por aquellos caminos en tropas; habia entre ellos mucha nobleza y joventud, despues los alojó su coronel Nedereltem junto á Emmerik, adonde fué tanta la mortandad, que no escaparon de veinte uno. Los Estados, considerando el fastidio que Keppel y Bronchorst les habian dado, ordenaron al exército que las fuese á tomar. Cargó tanta agua y tan mal tiempo, que si en la gente de guerra que estaba en una y otra parte hubiera fidelidad, no las tomáran, porque les faltaba artillería y lo demas necesario para sustentarse en campaña. En este tiempo, por no tener dineros, nuestra gente se comenzaba á alterar, y los burgomaistres de la villa de Grol me vinieron á avisar que los soldados de su guarnicion tenian inteligencia con el enemigo, y que si los dexábamos allí y nos partíamos sin mudarlos, que sin falta la villa se perderia. Y así ordené aquella noche que viniese la mayor parte de mi regimiento sin banderas, y la mayor de la caballería; y socolor de inviarlos contra el enemigo, hacerles entrar en la tierra, por acortar camino, porque era menester rodear mucho por otra parte, y con el crédito que yo tenía con aquellos soldados, tuve las llaves, y estando la gente en la plaza se puso en escuadron. Venido el dia, los soldados me vinieron á decir que estaban muy maravillados de que aquella gente no marchaba. Yo les invié al conde Cárlos que les diese la respuesta, y sin dársela, se vino con ellos á mi casa, por estar yo mal dispuesto, díxele que sería bueno desengañarlos, y así lo hizo, diciéndoles que no era la gente que estaba en la plaza la que habia de salir, sino los que tan mal se habian gobernado como ellos. Respondiéronle que pues habian de salir, que fuesen de su regimiento ya que con él habian pasado muestra, que es el mesmo que llaman de Gheldres, que á mi venida en Frisa invié á Brabante por su mal gobierno, con la caballería de Schenck y los hombres de armas, y despues el regimiento fué dado al conde Cárlos, el cual los aceptó en el suyo, con no haber sido de él ántes, y luégo habiéndolos hecho sus procesos, mandó ahorcar algunos de los más culpados, y otros se echaron por las murallas huyendo; y aquel mesmo dia hizo salir fuera de la villa á los demas, y que caminasen con mi regimiento, poniendo una compañía del suyo, que era de Tisilinghe y la coronela mia, y al Tisilinghe por gobernador. En toda nuestra gente de guerra crescia la necesidad y con ella la desobediencia, y no sabiendo qué hacerme de ella, propuse, tomando conmigo la que el país podia sustentar, que la demas fuese con el conde Cárlos á Brabante, so color de inviarle con más seguridad. Habíase ya partido Mons de Altapena con su compañía de lanzas con poco gusto, por haber entendido que sin avisarle le habian quitado el gobierno de Breda. Invié con el Conde la mayor parte de mi regimiento y todo el del Conde de Rinamburg, quedándome con el del Baron de Billí, con el cual he tenido particular cuenta, dándole lo mejor que habia en todo este gobierno, por respecto de su coronel, y merecerlo ellos por ser tan buenos soldados. El Conde se fué, y yo me volví á mi gobierno á Oldenzel, alojando este regimiento en aquellos contornos, y de allí vine al castillo de Lynghen, donde dexé empeñadas mi mujer é hijas por la pólvora que me habian dado. Y aquí me dixo el Drosarte de Covorden que la villa de Steenvick estaba tan mal reparada que fácilmente se podia entrar en ella, dándole una escalada. Y siendo necesario ántes de intentarlo saber la hondura del foso (que el Drosarte no lo sabía), empleé una mujer, la cual yendo al rededor, desde el camino iba mirando que no la viesen, echando dentro su capelo como que el viento se le llevaba, y así entró y tomó la hondura que tenía sin ser vista, que no llegaba á la rodilla. Determiné de sacar la gente de las guarniciones, y que Tassis fuese á la empresa, y como estaba reposada, iba de buena gana, aunque caminando por agua algunas veces hasta la cinta, y acertó á ser una noche oscura, y por la mesma parte que la mujer habia reconocido, le dió asalto y la tomó. Y por la obligacion que tenemos de venerar las imágines de los Santos escogidos de Dios, diré lo que aquel dia sucedió. Estando la villa de Hasselt entre la de Steenvick y de Svuol, la cual se mantenia todavía secretamente en la religion católica, conservando las iglesias enteras y adornadas, sin recibir guarnicion de una ni de otra parte, los enemigos, por asegurarse de ella, la hicieron una emboscada, y con ella tomaron la puerta y entraron dentro, y para el efecto habian ido dos capitanes de la guarnicion de Steenvick con algunos soldados suyos, y despues de haber dexado guarnicion y roto las iglesias, tornaron á inviar sus soldados, y ellos, tomando las casullas y cruces de las iglesias, y la imágen de la Santísima Vírgen Madre de Dios y la de San Juan, que estaban al pié de un gran Crucifixo, entraron en procesion de aquella manera en la villa de Steenvick, al rededor del terrapleno, y en el mismo lugar por donde fué entrada la tierra las pusieron en la muralla, diciendo con escarnio á las imágines que guardasen bien aquel portillo, miéntras ellos iban á hacer buenaxera de lo que habian ganado en Hasfelt; mas fué Dios servido (en venganza de su Santísima Madre, por el escarnio que se hizo á su imágen) que por aquella mesma parte se volviese á ganar la tierra, sin pérdida de ningun soldado, ni haber costado á su Majestad más de cuarenta tallares, que se dieron á la buena mujer y á su marido. Como supe lo sucedido, acudí luégo allá, llevando conmigo al consejero George Wetendorp, del Consejo de Frisa, y á Hoctendorp, del de Overissel, á poner de allí contribucion de todo lo que se pudiese de la parte de Frisa, para sustentar la guarnicion que allí estuviese de caballería é infantería; de donde se ha sacado gran cantidad de dinero, en provecho de su Majestad, que les ha sido descontado á los soldados. Púsose un recibidor que daba cuenta de todas las contribuciones al Presidente y Consejo de Frisa. Tambien con amenazas y obras malas, que se hacian á los frisones, hice que los que estaban en contribucion pagasen las rentas reales en mano de Wetendorp, entónces recibidor de su Majestad, y así fuí el primero que puso el país en contribucion en provecho del Rey, que de ántes no se hacia. Procuré hacer lo mesmo en el país de Gruninghen, y tratándolo con los offemans en la cámara que llaman del Rey, que son los burgomaistres sacados del magistrado, que con el gobernador administran la justicia del país, y con el mejor modo y razones que pude les propuse que permitiesen que el comisario ó otro de la parte del Rey recibiese lo que se sacase del país. A que me respondió el burgomaistre Wifringa (que era uno de los offemans) con su acostumbrada arrogancia, que si el Rey queria tener cuenta de dineros, que los inviase, pues que no tenía que hacer con el que se sacaba del país de Gruninghen, que á ellos les tocaba. Esta tierra de Steenvick, miéntras ha estado por de su Majestad, ha hecho mucho daño al enemigo, gobernándola lo más del tiempo Antonio de Coquela, teniente coronel de Mons de la Mota, hombre de mucho valor y gobierno. En esta sazon, estando yo en Oldenzel, se hizo la presa de Zutphen de esta manera. Habiendo los soldados del Baron de Anholt tomado dos de la guarnicion de ella, no queriéndolos rescatar su capitan, se resolvieron de hacer que aquella tierra viniese á manos de su Majestad. Y habiéndome traido algunos que me dixeron de la manera que se habia de hacer, no fiándome mucho, invié con ellos al capitan Tissilinghe, el cual, reconociéndolo, me dixo ser como los soldados decian. Dexélo resfriar por un poco de tiempo, porque Mons de Nienoort, caballero del país de Gruninghen que servia á los Estados, les prometió que permitiéndole levantar cuatro mil hombres entraría en aquel país y le sustentaría, haciéndome la guerra sin gasto suyo. Y avisado yo de esto, habia inviado á Tassis con la mayor parte de su regimiento y de otros que estaban conmigo, á guardar el país y los diques por donde el Nienoort podia acometerle con sus navíos. Los de Gruninghen, queriendo usar de la autoridad que siempre han pretendido tener con sus gobernadores, volvieron á inviar á Tassis con la mayor parte de la gente que yo habia inviado, dexando la ménos útil para lo que se pretendia, y llegaron á tiempo que Tissilinghe era vuelto de reconocer á Zutphen; y así invié á Tassis á hacer la empresa, la cual se executó de esta manera. Siendo la villa cercada de altas murallas de ladrillo á lo antiguo, tenian hecha delante del foso viejo otra fortificacion de tierra con sus baluartes, el uno junto á los molinos, el cual tenía un cuerpo de guardia que podian estar en él veinte y cinco ó treinta personas, y entre la primera y segunda puerta habia otra que iba á dar á este baluarte; y fiándose de la primera, no ponian guardia en la primera fortificacion; no cerraban aquélla, ni ménos proveian aquel cuerpo de guardia, por no tener sino una compañía de infantería, con los vecinos; y así, arrimando una escalera por defuera al baluarte (que aunque nuestra gente hacia algun ruido, no se podia sentir por ser el del agua de los molinos mucho mayor, ni teniendo foso, por causa del molino y de un riachuelo que por allí pasaba), se metieron en el cuerpo de guardia hasta treinta hombres escogidos en toda la tropa, que eran los que podian caber, y Tassis, con toda la demas infantería, se metió en unos fosos cerca de la puerta, por donde D. Fadrique de Toledo la batió y tomó el año setenta y dos. Dexó la caballería que llevó en un bosque algo apartado, porque no se oyesen los relinchos de los caballos, y siendo de dia, los de la villa salieron á abrir la puerta como acostumbraban, y al punto los nuestros, que estaban en el cuerpo de guardia, fueron á buen paso á la que iba donde ellos estaban, que era entre las dos de la villa, y repartiéndose, los unos fueron á acometer á los que fueron á abrir la primera, y los otros á los que guardaban la segunda, acertaron á matar al que iba á echar el rastrillo segun yo les habia ordenado que hiciesen, y poniendo guardia en él se apoderaron de la puerta; los que habian salido á reconocer, viendo ser acometidos por las espaldas, y Tassis, oyendo el ruido, embistiéndolos por delante, se huyeron al rededor de la tierra á la campaña. Tassis no hizo caso de seguirlos y fué á ayudar á los nuestros que todavía peleaban á la segunda puerta, y como llegó, se entró del todo, y fueron siguiendo á los enemigos hasta otra puerta antigua, adonde los soldados y burgeses que habian corrido á la arma hicieron un poco de resistencia, y habiendo acudido la caballería que habia dexado en el bosque al ruido del pelear, todos juntos entraron en la plaza, adonde hubo poca resistencia, y así del todo se acabaron de apoderar de la villa.

Habiendo yo dado órden á Tassis que si entraba dentro, á la mesma hora pasase á la otra parte del rio y hiciese una trinchea, aunque fuese con las dagas ó uñas, y que pusiese guardia en ella, porque el enemigo no se amparase en aquel puesto, ocupado en el saco se descuidó de hacerlo, dexándolo para la mañana. El conde Herman de Berghes (que servia á los Estados) hallándose por allí con gente, vino y ocupó el sitio que yo deseaba que Tassis tomára, adonde hicieron un fuerte, que despues por mantenerle costó tanta sangre y trabajo como adelante diré. Por este descuido de Tassis se verá que en las cosas de la guerra, las que se pudieren hacer hoy no se han de dilatar para mañana, porque pequeños descuidos traen consigo tan grandes inconvenientes, como he dicho que habemos tenido, y la diligencia cierto es madre de todo buen suceso en semejantes casos. Luégo que supe esto, ordené á Tassis que se quedase allí por gobernador con alguna parte de la gente, y que la demas se me inviase luégo. Comencé á caminar hácia Gruninghen, por haber entendido que el de Nienoort se habia embarcado con la gente que habia levantado para el efecto que he dicho, y en el camino supe que habia tomado un dique entre Delfezijl y Reyden, en un lugar llamado Oeterdam, y cortándole de repente se reparó en aquel lugar, adonde acudió Mendo con mi compañía de caballos y la del capitan Willers, no pudiendo la infantería caminar tanto como ellos, que iban en navíos por agua. Yo me dí toda la prisa posible para llegar á Gruninghen, y fué tanta que todos los caballos de mi coche murieron del trabajo que por la diligencia hecha pasaron; luégo me partí para donde estaba el enemigo, y poniendo la gente en los puestos que me parecieron á propósito para estorbar que no entrase más adelante en el país, ni trabajase tan á su salvo en el fuerte que hacia, y por no tener él toda la comodidad que era necesaria para entretener sus soldados y sustentar la fortificacion, se le desmandaban y tomábamos muchos de ellos, á los cuales mandaba ahorcar luégo á la hora delante de su fuerte y echar en la mar, sino era á los de las compañías viejas, que con ellos venian algunos, y á éstos los dexaba ir por su paga, cosa que daba grandísimo descontento á los demas; híceles poner al rededor de su alojamiento algunos billetes en que les decia que hombres que no tenian sueldo, no merescian ser tratados como soldados, sino como ladrones, que el nombre del soldado venía del sueldo, y el que carecia de él no era soldado, que el que quisiese venir al servicio del Rey, sería bien venido, y el que irse á su tierra, se le daría pasaporte y dinero para su camino; muchos vinieron y los más de ellos se fueron á sus casas, con la comodidad que yo les habia prometido y dado. Yo procedia haciéndoles la guerra más rigurosa que podia, procurando deshacerlos por aquella via, no pudiendo por otra. Sucedió despues que el de Nienoort, viendo lo que pasaba de su gente y el poco medio que tenía para sustentarla, se determinó de entrar dentro del país, el cual, por las grandes aguas que caian, siendo el mes de Octubre y el tiempo tal, que con gran trabajo pude inviar tras él alguna gente, habiendo de ir por caminos profundísimos los dos, y él caminaba por el dique adelante hasta llegar á Wischoten, adonde dexó parte de su gente, y con la demas fué en persona á poner en contribucion la señoría de Wedden, que es del Conde de Arambergh, no sabiendo que los nuestros les seguian. Llegaron á Winschoten, y sitiaron en una iglesia la gente que el Nienoort habia dexado en ella. Y como él, volviendo de Wedden, supo lo que pasaba, viendo que le habian tomado el camino, rodeando por los prados adelante, vino á salir al mesmo puesto, donde en tiempo del Duque de Alba el Conde de Arambergh fué roto con el tercio de Cerdeña, pensando por aquella parte entrar dentro. Nuestra gente le salió al camino y le rompieron, dándole un arcabuzazo en una pierna, que le estorbaba el caminar. Mas viéndole allí un hijo suyo que estaba cerca, se abrazó con él diciendo que no le desampararia hasta la muerte; y permitió Dios por su buen celo que nuestros soldados, que estaban más cerca de él, tomaron una bandera, y poniéndose en contienda sobre ella, dieron lugar á que el hijo pudiese salvarle, aunque llevándole recibió tambien otro arcabuzazo; metiéronse en la iglesia con los que de aquella refriega habian escapado, y nuestra gente se descuidó aquella noche, y fué tan escura que se pudieron salir sin ser sentidos, tomando el dique que va á Bellinwolde, y de allí á Hoguebond tierra del Conde de Emden, donde el dique se acaba; embarcáronse aquí, y volviéndose á su fuerte sin haber efectuado cosa de lo que pretendian, padre é hijo, que iban mal heridos, murieron en él miserablemente, siendo ambos merecedores de muerte más honrada y en mejor ocasion y parte, el hijo por haber mostrado tan honradamente la aficion y obligacion que tenía á su padre, y el padre por ser caballero real, afable, de tanta cortesía y buenas partes, como se pudiera hallar en toda esta provincia, el cual, por sus deudas y mal tratamiento que los de la villa de Gruninghen le hacian, fué forzado á declararse por enemigo del Rey y serlo de ellos. Era hombre que se trataba con tanta grandeza, que comia á la real, con música, por lo cual vino á ser tan pobre, que al tiempo de la muerte dicen que no tenía siquiera un poco de cerveza que beber. Y con su fin se huia mucho más la gente que él habia traido. Y así los Estados se resolvieron de sacar la poca que quedaba y mantener ellos el fuerte, como lo hicieron, fortificándole con mucha costa, por batir la mar en él, que cada tormenta le hacia mucho daño, y por estar en tal parte era inacesible. Hícele algunos fuertes al rededor para estorbarles la entrada en el país del Holdam, territorio de la villa de Gruninghen; y hallándome un dia en uno de estos fuertes, vinieron algunos navíos cargados de municiones á entrar en el del enemigo, los cuales por falta de la marea se quedaron junto á él en seco. Y considerando yo, por el viento que hacia, que pegándoles fuego se podian tambien quemar las barracas de los soldados, que eran de paja, les batí con dos medios cañones que estaban en nuestro fuerte, para que viniendo la marea se hinchiesen de agua y no pudiesen entrar en el fuerte, y á la baxa marea acometerlos; y en siendo de noche invié al de Rinavelt, á cuyo cargo estaba el fuerte donde yo me hallaba, para que con una parte de soldados alemanes tomase la marina; y los valones, por junto al dique donde habia una cortadura, ganaron los navíos y pusieron fuego al más cercano, y si en aquel punto no se mudára el viento en contrario, sin duda se pegára fuego al fuerte y se ganára, no pudiendo estar el enemigo á la defensa, por estar las barracas pegadas al parapeto, no temiéndose de ser acometidos por mar. En este tiempo su Alteza me escribió que inviaba al regimiento de Mons de la Mota para que sirviese aquí, que por algunas causas entónces la Mota no estaba en su gracia y queria alexar de sí su regimiento, más por esto que por asistirme. Fué necesario partirme para hacerle pasar el Rin, y con él las compañías de mi regimiento que yo habia inviado con el Conde Cárlos, la de la guardia del Conde Mansfelt, la de Mons de Teves y la de Mario Martinengo. Hallándome con pena de no poder entretener esta gente, porque las contribuciones que se sacaban no eran suficientes, ni nunca lo han sido tanto que pudiesen sustentar la cuarta parte de ella por más diligencia que se hiciese en buscarlas. Y así me resolví, ya que no podia sacar más sustancia de mi gobierno, de entrar en el de Gheldres, en el país de la Veluva, pasando el rio por Zutphen, y así, aunque era invierno y hacia mal tiempo, lo puse por obra, caminando con la gente nueva que habia venido, y la demas que pude juntar. Tenian los enemigos un navío armado en el rio, á media hora de camino, tomando más alto el ponton de la villa, y habiendo puesto una cuerda más abajo de donde estaba este navío y más arriba de la villa, comencé á hacer pasar la gente, y ántes que fuese de dia, habia pasado una parte; y los del navío, viendo que habian pasado, y la cuerda en el rio, dexaron colgar una áncora para llevársela consigo; yo, temiendo esto, hice soltar de un lado la cuerda, y como hubo pasado el navío, torné á tirarla, y acabé de pasar la gente que quedaba, la cual se fué al país llamando á los villanos que viniesen á contribucion, sin hacerles otro daño. Yo me volví á la tierra, y con la guarnicion de ella, y alguna más de la que habia traido, sitié el fuerte. Este paso se hizo el dia de los Reyes, viniendo el rio tan crecido, que entró en el fuerte por estar en parte baxa, haciéndome retirar de las trincheas y forzado á los soldados, no pudiendo estar en sus barracas por ir creciendo el rio de hora en hora, á meterse encima del terrapleno, y viendo que no podia acometerle de otra manera, me fuí á la tierra, de donde con la artillería les hice mucho daño, y así se rindieron á mi voluntad, y quitándoles tres banderas y las armas, los invié el rio abaxo á Deventer. Todavía crecia el rio, de manera que habia entre la villa y lo seco, donde las barcas iban á llevar las vituallas, una hora de camino. Nuestra gente caminó hácia Utrecht, y puso tanto espanto allí y en Holanda, que el Príncipe de Orange hizo juntar toda la gente que pudo de Bravante y otras partes, é invió al Conde Holac, al Conde Herman y á sus hermanos contra la nuestra. Sabido esto, la invié á llamar, y como no era posible volver á repasar por haber crecido tanto el rio, se puso á la lengua del agua. Los enemigos se juntaron y vinieron hasta Arnem, y alguna de su infantería se amotinó contra el Conde Holac, amparándose en una casa, donde el Conde con la demas gente los sitió, y rindiéndosele, hizo ahorcar á algunos de ellos, y luégo comenzaron á marchar contra nuestra gente, con órden de pelear con ella. Quiso Dios que en este tiempo comenzó á baxar el rio, y un soldado de los nuestros, caballo ligero, se metió á nado por él, buscando paso, y vino hasta el fuerte donde yo estaba entónces para el mismo efecto; hallóse el paso, aunque malo, y así ordené á nuestra gente que á la mesma hora se viniesen adonde yo estaba, haciéndolos guiar por los mesmos que habian reconocido los pasos, y así se vinieron derechos al fuerte, estando ya el enemigo á vista de ellos, tan superior de gente, que traia bien cuatro para uno. El Príncipe de Orange, habiendo entendido lo que sucedió, invió al Conde Holac á sitiar el fuerte y tomarle si pudiese, porque no queria que nuestra gente entrase á inquietarle en Holanda; y así como acabó de baxar el rio, el Conde se acercó para hacerlo. Yo, dexando al Tassis toda la infantería que pude, y desiñándole unas alas para asegurar más el fuerte, y el paso de la villa á él, porque si no se hiciera se arrimara á él de manera que nos fuera imposible la entrada y la salida de él; y que el un cuerno de estas alas se diese á los capitanes de mi regimiento, y el otro á los de Mons de la Mota, con ayuda de algunas picas alemanas; en cada parte trabajaron estos soldados tan animosamente, y el Conde venía tan poco á poco aguardando sus comodidades, que ántes que llegase estaban ya las alas en defensa. Acometiólas, y plantó artillería á la de Mons de la Mota, y á la de mi regimiento vino con zapa y mina, lo cual podia hacer fácilmente por ser el foso seco y arenisco. Yo me fuí á Oldenzel para proveer lo necesario, é invié á decir á Tassis que hiciese una mina que saliese al foso, para poderle mejor defender. El Conde batió la ala que llamaban de la Mota y se llegó con trincheas hasta el foso, y allí, con la grande comodidad de faxina que tenía, quiso henchirle y dar el asalto, y ansí comenzó á echar faginas dentro desde su trinchea. Tassis, desde la mina que habia hecho, sacaba toda la que ellos echaban, y con ella fortificaba lo batido por el enemigo, en que hubo de ambas partes muchos muertos y heridos. Y considerando el Conde que en las alas habia mucha gente, y que el fuerte hacia traves tanto por de dentro como por de fuera de ellas, y que no podia dar asalto sin perder mucha gente, se resolvió de tomarle por hambre, lo cual no podia hacer sino sitiando la villa, que no estaba bien proveida, y para hacerlo invió de la otra parte del rio al de Wilers, Maestro de Campo general del Príncipe de Orange, con la caballería, que era mucha y buena, y con ella al Conde Herman; y aunque tenian muy apretada la villa, me aventuraba siempre á meter alguna cosa, é inviando una vez al capitan Mario Martinengo con su compañía, llevando cada soldado á las ancas un saco de pólvora, topó con una emboscada que le tenía hecho el de Wilers con más de dos mil caballos; mas el capitan llevaba tan recogida su compañía, retirándose, que no le osaban acometer hasta que, llegando á un bosque, los soldados comenzaron á desmandarse y separarse por él sin que el capitan lo pudiese remediar, y visto por los enemigos, cerraron y prendieron cuasi todos los soldados sin matar ninguno, no escapándose sino los tres oficiales de la compañía y dos ó tres soldados que los siguieron. Contra el fuerte no hacia el Conde otra cosa sino seguir la zapa y la mina, y los nuestros defendérsela; y un dia, que hicieron una salida contra su artillería, rompieron la guardia y llegaron hasta el cuartel del enemigo, donde los soldados se pusieron á saquear, que, á no hacer más de intentar solamente la artillería, la ganáran sin ninguna duda, y la pudieran sustentar por estar fortificada, mas como se detuvieron, cargando el campo del enemigo, los hicieron retirar. Hallóse en esta salida Maximiano du Bois, capitan de caballos, á quien yo habia dexado de guarnicion con su compañía en la villa, fué preso herido de un mosquetazo en un muslo, de que murió despues. Conociendo el mal punto en que las cosas de Zutphen estaban, suplicaba continuamente á su Alteza que me socorriese con alguna gente para poder yo darle á nuestros sitiados; y así, no hallando su Alteza otra más á la mano que la que servia en la guerra de Colonia, invió al capitan Juan de Castilla á procurarla con el Elector, el cual la concedió luégo, y vino á cargo de D. Juan Manrique, cabeza de la gente de guerra de su Majestad, que servia allí, y con ella venía tambien la del Elector. Aloxé esta gente en Winterswyck, lugar grande junto á Bredevord y una legua de Grol, donde yo estaba, y entre tanto que llegaba, hice aparejar los carros y vituallas que se habian de llevar, y alguna artillería que habia sacado de Linghen. En este tiempo el Conde y la Condesa de Berghes, padre y madre de los tres condes, procuraban que sus hijos viniesen al servicio de su Maestad; y su Alteza, avisándole yo dello, me lo habia remitido, y para este efecto andaba conmigo un criado suyo, que era Drosarte de Buxmer, á quien dixe que estaba resuelto de socorrer la tierra ó perderme, y que creia que no sería sin pelear, que hiciese con estos señores que no se hallasen dentro por no dificultar su reconciliacion. Respondióme que no sabía cómo se pudiesen retirar con su honra, porque les sería mal contado si en tal ocasion lo hiciesen, ni ménos alcanzaba qué color dar para ello. Respondíle que diciendo que su madre los inviaba á llamar porque su padre estaba muy malo. Ella lo hizo así, y teniendo todas las cosas ya á punto para socorrer la tierra, comencé á marchar de esta manera. Hice de los carros cargados de vituallas y municiones dos hileras guiadas por dos provostes, y que los caballos de ellos llevasen unos cabestros ó cuerdas para que, en tocándose arma, los atasen á la trasera de los carros, cada uno al que le iba delante; entre estas dos hileras de carros, iba primero toda la caballería, y de los valones que habia traido D. Juan Manrique, guiados por sus capitanes, poniendo sus banderas en el escuadron de los alemanes, hice dos mangas que fuesen pegadas con la caballería, que iban de avanguardia con D. Juan Manrique y Nicoló Basta, y para si fuese menester algunas picas con ellos, hice un escuadron volante de ellas, llevando consigo dos piezas de campaña, este escuadron iba en medio de las dos mangas de arcabuceros, un poco atras; á éste seguian otras dos mangas pequeñas de mosqueteros, cerca de los dos cuernos de un gran escuadron de picas alemanas de la gente del Elector con su coronel Herlach, suizo de nacion, delante. Tras este escuadron iba otro casi tan grande como el de la gente de esta provincia, quedando detras otras dos mangas de arcabuceros de la resta del regimiento de Mons de la Mota y del mio con la compañía de arcabuceros á caballo del capitan Leecola, con órden de ir recogiendo toda la retroguardia porque nadie se quedase atras ni se apartase de la tropa sin órden; tambien de que, en tocándose arma, cerrasen por detras las dos hileras de los carros y se encerrasen dentro de la del gran escuadron de alemanes; donde el coronel Herlac y yo íbamos, iba una culebrina reforzada de quince libras de bala que yo habia sacado de Linghen para mejor alcanzar los escuadrones de los Herreruelos y la demas caballería enemiga, que era mucha, pero ménos infantería que la nuestra. Toda esta gente iba en medio de las dos hileras de carros con la órden que he dicho, y así caminábamos por campaña rasa hácia el villaje de Holguel. Tomé esta manera de marchar por más segura, aunque tuviese el enemigo mayor número de caballería, por llevar la gente junta, porque caminando por camino que era estrecho, los carros tomáran grande espacio, y el enemigo podia por una y otra parte hacernos daño, sin podernos socorrer los unos á los otros, por estar alojado en un sitio donde habia mucha arboleda y podia venir cubierto con ella hasta dar en nosotros; y por evitar este gran inconveniente, invié al capitan Leecola con algunos soldados sacados de todas compañías á reconocer los caminos y bosques por donde el enemigo podia venir, dexando su compañía con su teniente, en retroguardia para el efecto que he dicho, fué siempre caminando delante á nuestra vista hasta llegar al villaje de Ingle, adonde encontró al Conde Herman de Berghes, con treinta ó cuarenta caballos, que iba á ver á su padre, habiéndole la madre dado á entender que estaba muy malo, sin que él supiese otra causa de su llamada, ni entendido que nosotros marchábamos; y como vió entre los soldados de nuestra tropa diversas casacas, conoció de cierto estar allí toda nuestra gente, se volvió con buena órden á su alojamiento y dió cuenta á Mons de Wilers de lo que habia visto. Yo, entendiendo que habian descubierto enemigos, pensando que eran más, habia hecho caminar apriesa los carros y los escuadrones por ocupar el lugar que está en sitio fuerte ántes que el enemigo le tomase. Estando allí, traté con D. Juan Manrique, Nicoló Basta, Juan de Castilla, Suartzemburgh, cabo de la caballería del Elector, y con el coronel Herlach, que sería bueno que dexando alguna gente con los carros é inviando á llamar á Tassis, como ya lo habia hecho con diligencia, con la gente que podia sacar de la villa, á recibir el socorro y llevarle dentro; y que nosotros con todos los demas siguiésemos al enemigo, que nuestros corredores decian se retiraba, segun se via por los fuegos de su alojamiento; y la mayor parte de ellos me respondieron que no eran de aquel parecer, y que mejor sería ir derecho á la villa y socorrerla, pues habiamos venido para aquel efecto; yo alegaba que el socorro podia marchar seguramente, ya que nosotros habiamos de marchar entre el enemigo y él. Con todo esto y mis ruegos, no pude hacer que se hiciese, que algunas veces en los consejos de guerra contrarian algunos á la opinion de otros, más con pasion y mostrar poder ó saber más, que con razon. Quedámonos aquella noche en aquel lugar, y al amanecer llegó Tassis con la gente, y así marchamos todos hácia la villa, y el enemigo se fué á las puertas de Deventer, pasó el rio y juntóse con el demas exército que estaba delante del fuerte. Ya la villa estaba á lo último de victuallas, y se hubiera perdido si no fuera por estar los trigos en la campaña casi maduros, que las mujeres y niños iban á cortar las espigas, con quien Mons de Wilers usó de gran crueldad, segun se dixo, enterrando vivos algunos y cortando á otros las narices y orejas, y así despues le pagó Dios, como adelante se verá. Aquella noche se ordenó de dar una encamisada á los fuertes que el enemigo habia hecho al rededor del nuestro; hacia un tiempo muy áspero de agua, viento y escuridad, y aunque lo intentó no pudo efectuar nada. Proveyendo la tierra de lo más necesario que habia menester, nos volvimos hácia Grol, por no consumir las victuallas que habiamos traido; y caminando D. Juan Manrique con la gente delante, supo que cerca de allí habia un castillo llamado Hackfort, donde estaba una compañía de la gente que habia quedado del regimiento de Nienoort; se fué allá sin haberme avisado dello, pensando tomarle luégo, y no pudo hacer más que perder gente, por no tener artillería, que la poca que habiamos traido, se habia dexado en la tierra; retiróse y retirámonos todos sin tomarle, pero despues, con mi órden, Tassis la sacó, batió y tomó el castillo, haciendo matar toda la gente que habia dentro. Don Juan recogió su gente, y yo la de mi gobierno, de donde se retiró él hacia Colonia, y yo á Oldenzel. Los enemigos, viendo que habiamos socorrido la villa y que en su campo comenzaba á haber falta de todas las cosas por la muerte que entónces sucedió del Príncipe de Orange, hicieron siete ú ocho fuertes al rededor del nuestro y de nuestras alas, y dexándolos proveidos de gente, se retiraron con la demas á sus presidios.


El invierno entraba áspero, y nuestra gente, por lo que habia padecido en el sitio y la extrema necesidad que pasaba, estaba muy descontenta, por lo cual invié á llamar á Tassis para que recogiendo el trigo que se pudiese hallar en la Tuvent, lo llevase dentro de la villa. Y considerando que habia mucho tiempo que no llovia, y que ordinariamente hácia la fin del otoño, como no llueva, el Rin está más baxo que en todo el año, y por consiguiente los demas brazos de él, y más con los vientos orientales; venido, le ordené que buscase vado, no dudando de que le hallaria (por tener alguna experiencia de aquel rio, del tiempo del Duque de Alba, el cual me invió de guarnicion á Deventer con el coronel Mondragon), y hallándole, que pasase y tentase si por detras podria ganar los fuertes que el enemigo habia dexado, y en caso que no, se entrase por la Veluva adelante á executar las contribuciones que habian prometido y no pagado, y para este efecto le proveí de más gente de la que él tenía. Avisóme que habia hallado el vado, y que pasaba y seguia la órden que yo le habia dado. Hubo dificultad en el pasar, porque por el rio venian ya los hielos grandes, por los cuales se perdieron algunos de nuestra caballería, la infantería pasaba en barcas y á ancas de caballos, muy poco á poco, y con mucho trabajo. Hacia una niebla tan espesa, que impedia que los de los fuertes del enemigo no los viesen, mas oyendo algun ruido, inviaron cuarenta ó cincuenta soldados á reconocer, y hallaron que los primeros de nuestra infantería habian pasado, y que hecho fuego, se estaban calentando al rededor de él, y por la escuridad de la niebla estuvieron muy cerca unos de otros ántes de verse. Nuestros soldados desesperadamente cerraron con ellos, sin capitanes, porque todos estaban de la otra parte del rio ocupados con Tassis en hacer pasar la gente, fuéronlos siguiendo hasta hacerlos meter en su fuerte, y con el mesmo ánimo cerraron con él, y ayudándose los unos á los otros con las picas y alabardas lo mejor que pudieron, le entraron, y degollaron más de cien hombres. En aquel tiempo aclaró el dia, y los dos fuertes más cercanos de él, viendo lo sucedido y no teniendo tanta fortaleza ni provision de gente como el ganado, viendo que nuestra gente se preparaba para acometerlos (que ya habia pasado alguna más y acudido á la arma con los oficiales), alzaron los capelos para rendirse, y visto por los soldados de los otros fuertes, desamparándolos, se metieron en otros dos que estaban el rio abaxo. Tassis se fué á la tierra y sacó artillería y los sitió. Entendido lo sucedido por el Conde de Murs y el Wilers, que estaban en Arnem, con la caballería que pudieron juntar en aquel contorno, vinieron al socorro sin infantería, por no tenerla, habiendo perdido mucha en el sitio de Zutphen, y la que quedó inviado á reposar y rehacerse á Holanda y á Utrecht; y así no hicieron ningun efecto, no pudiendo pasar por no tener el hielo tanta firmeza que pudiese sostener los caballos; y los dos fuertes sitiados, padeciendo necesidad, se rindieron, de manera que el fuerte que el enemigo queria tomar por batería, minas, fuerza y hambre, tomó Tassis con otros siete ó ocho, de aquel modo. Hecho esto, los del país vinieron en contribucion y púsose un recibidor para ella á voluntad de Tassis, que yo no me quise entremeter en ello, por no ser de mi gobierno. Avisé de todo lo sucedido á su Alteza, suplicándole mandase poner una persona para esto, y el caballero Cicoña invió por recibidor al comisario Gramay, que lo ha manejado hasta la fin, sin que entrase en mis manos un solo real, ni por mi órden se distribuyese, que es bien al contrario de lo que despues dieron á entender á su Alteza, diciendo que yo en aquellas contribuciones me aprovechaba de cuarenta ó cincuenta mil tallares cada mes; y despues se averiguó que ántes habia yo prestado al recibidor para deshacer las trincheas y fuertes que los enemigos habian hecho al rededor del nuestro. Y de esta manera es cuanto me van ahora calumniando de las contribuciones de Frisa, de las cuales y de todas las demas que se han sacado en todo mi gobierno ha habido recibidores puestos por los mesmos del país; y si alguna cosa yo he tomado de su mano, ha sido de las contribuciones que vienen del enemigo, ganadas á fuego y sangre, y esto con órden de mi general, dadas al comisario Francisco Vazquez de Umaña, que aquí tenía los libros del sueldo del Rey, donde está escrito, y así se hallará que nunca he tocado á las contribuciones, que no haya sido para el puro servicio de su Majestad, al cual yo he acudido con mi persona y hacienda, ordinariamente sin hacer falta, y no lo he dexado en las ocasiones urgentes, como lo han hecho mis secretos émulos, que algunos de ellos nunca se han hallado en ninguna, ántes ofreciéndose, han buscado que negociar en esa Córte por huir de ella. He hecho esta pequeña disgresion por ser lo que digo la causa de mi discurso, no por hacer historia, sino por mi justificacion y descargo, y así va con más verdad que adornado de estilo. Tornando pues á lo de Zutphen, digo, que despues de sucedido lo que ántes dixe, no se entendia sino en proveer aquella tierra, que se hacia con gran trabajo, por haber metido gran guarnicion el enemigo en Locchun y Desburg; y estando yo en la villa de Oldenzel, vinieron el conde Herman de Berghes y su hermano Oswolt al servicio del Rey, habiendo ántes tomado licencia y pasaporte de los enemigos, segun el concierto que yo habia hecho con ellos; y tenian tanto deseo de servir á su Majestad, que me importunaban cada hora que les tomase el juramento de fidelidad, lo cual por cortesía deferia yo, hasta que su Majestad los proveyese de algun cargo; y ellos me han hecho siempre merced de darme crédito en cuanto les he aconsejado, y así los he siempre servido fielmente; llegaron á Oldenzel con peligro de los enemigos, que sabiendo que habian de hacer este viaje, los pusieron emboscada en el camino. Significando yo á su Alteza que la villa de Zutphen era la verdadera entrada para la Holanda, y siendo aquella provincia el nido de los rebeldes, si deseaba ver el fin de la guerra, entrase en ella, y que para hacerlo con más comodidad sería necesario tomar la villa de Arnem, que era fácil de hacer por estar señoreada de montañas y haberse las villas de Nimega y Desburg, vecinas á ella, reducido entónces al servicio de su Majestad; incitado de esta manera su Alteza y pareciéndole bien, quiso ántes mi parecer por escrito. Con esto fué y vino muchas veces el capitan Frias, el cual, á lo último, en la negociacion y viajes, se perdió y estuvo mucho tiempo en prision. Al fin se resolvió ántes de intentar á Arnem de inviar al conde Cárlos á sitiar la villa de Grave, y entre tanto invié á Tassis á hacer un fuerte junto á la villa de Arnem, adonde se divide el rio Isel del Rin, á la punta de los dos rios llamada Iseloort; hízole, aunque no muy perfecto, si bien tal que daba mucho estorbo al enemigo, y estándole haziendo, salieron los de Arnem á escaramuzar con los nuestros, y Anníbal Gonzaga, á quien se habia dado la compañía de Maximiano du Bois, acompañado de infantería, cerró con los enemigos y los rompió y mató algunos, y entre ellos quedó por muerto medio desnudo el Conde de Solms, ahora por los Estados gobernador de Celanda, que retirándole los de Arnem, le curaron con cuidado y teniendo más de cincuenta heridas, las más de ellas mortales, segun me han dicho, sanó, y no es la peor cabeza que los Estados tienen hoy en su servicio. Habíase resuelto su Alteza, como ganase á Grave, de venir en persona con el exército á Nimega, y que Tassis y yo con la gente de esta provincia nos llegaríamos á la villa de Arnem y haríamos un fuerte cerca de un molino de viento que estaba el rio abaxo, y que él vendría de la otra parte por la Veluva. En este tiempo proveyó su Alteza á Mons de Altapena del gobierno de Geldres, concertámonos los dos de juntarnos en Zutphen para buscar medio de entretener aquella guarnicion. Y partiendo yo de Gruninghen para este efecto, llegué á Zutphen con los condes Herman y Oswolt, y avisé á Mons de Altapena de cómo habia llegado allí, rogándole que viniese porque tenía necesidad de volverme luégo á Frisa. Respondióme, en lugar de venir, que era necesario que me llegase yo allá, con toda la gente de guerra que habia traido conmigo y la más que pudiese sacar de Zutphen, porque el coronel Schenck y el Conde de Murs habian sitiado un fuerte y le batian. El coronel, hombre de poca conciencia y acostumbrado á rapiñas, habia dexado el servicio de los enemigos y venídose al del Rey, como queda dicho, habiendo hecho ántes obras de sus manos y apoderádose de la señoría de Bliembek, quitándola á un pariente suyo legítimo heredero de ella que la poseia; y así por lo que habia hecho con sus compañeros, como por mantener esta tiranía, se vino al servicio del Rey. Y su Alteza le empleó en el socorro que se invió al Conde de Rinamburgh ántes que yo viniese á Frisa; peleó en el camino con el Conde Holac, y sucedióle bien, y así le hallé en Frisa cuando fuí á gobernarla, adonde su Alteza le invió á llamar para el sitio de Tornay, con la corneta de Adam Vanlanghen, haciéndole coronel de mil caballos; mas él y sus soldados se gobernaron tan mal en aquella jornada, que le despidió la gente, dexando en servicio al dicho Vanlanghen, de que se resintió mucho, por ser el primero desgusto que recibió. Tenía en Bliembeck una compañía de arcabuceros á caballo, con la cual se hacia contribuir de todos los alrededores, y venía conmigo algunas veces con ella á los socorros cuando el enemigo tenía sitiado á Bronckorst. Los de Nimega, ántes de su reduccion al servicio del Rey, todos los soldados que le tomaban, luégo se los ahorcaban, y por esta causa era enemigo mortal de la villa; y por hacerla mayor despecho hizo un fuerte en el rio Wael, que pasa por ella, con que la impedía la navegacion. Cuando este fuerte se hizo, ya la villa trataba de reducirse, como lo hizo, mandaron romper el fuerte, y pareciéndole á él que habia sido causa de la reduccion de la villa á su Majestad, pretendia el gobierno, no sólo de ella, mas de toda la provincia de Gheldres. Dióle su Alteza á Mons de Altapena, y á él ni aquello ni ménos el regimiento del Baron de Anholt, que tambien pedia; y el caballero Cicoña le quitó las contribuciones que él habia puesto en los países, por lo cual le fué fuerza despedir la compañía que tenía, y él se fué al sitio de Ambers, donde estaba su Alteza, á procurar que le diesen algun cargo ó entretenimiento, contentándose con una compañía de caballos y servir aquí en Frisa. Lo cual tampoco no hubo lugar, pero diéronle cien escudos de entretenimiento. Mas no satisfecho de esto, trató secretamente con el Conde de Murs de volverse al servicio del enemigo, y así lo hizo, adonde prosiguió la enemistad que con la villa de Nimega ántes tenía, y lo mesmo contra Mons de Altapena, por haber alcanzado el gobierno que él pretendia. Y la primera cosa que despues siendo enemigo hizo, fué sitiar este fuerte por hacerle despecho. He dicho todo esto de él, porque á las personas tales, aunque sean viciosas y de mala vida, siendo hombres de guerra y de efecto, no los deben poner en desesperacion, porque con ella hacen mucho mal, como él hizo: y así los condes de Berghes y yo volvimos en gran diligencia al socorro de este fuerte, dexando todo el bagaje é impedimento atras; y yo iba con tanta más voluntad, por haber tenido dos ó tres dias ántes carta de su Alteza, con órden de que procurase en todas maneras de sacar al Schenck en campaña y pelear con él; y como se ofrecia la ocasion de efectuar lo que se me habia mandado, apresuré el camino y fuí derecho á Iseloort, donde habia gente nuestra, y pasando el Rin, llegué á Huessen, villa del Duque de Cleves en la Wethua; y caminando hácia Nimega, vino á encontrarme Mons de Altapena, avisándome que el Conde de Murs y Schenck se habian retirado sabiendo mi venida y dexado el fuerte; rogándome con mucha instancia que me llegase á Nimega, dexando la gente que yo traia al rededor de aquella villeta, junto á la cual tenian los enemigos un fuerte á la orilla del rio, el cual él y los de Nimega me rogaron que ántes que me volviese con la gente le tomase, ofreciendo que me darian artillería y municiones. La que me dieron era suficiente, pero la pólvora tan poca, que no me atreví á batirle. Reconocíle, y vi que por la zapa vendriamos más presto á ganarle que por batería, porque aunque estaba hecho con mucha faxina y árboles, el foso era seco ó con muy poca agua y arenisco, y que zapando lo que habia desde la agua hasta la faxina, vendria todo á caer abaxo. Invié á Tassis por una parte, para que guiase su trinchea derecha al fuerte, y yo con los Condes por otra, y cuando venimos con nuestras trincheas á entrar en el foso y á zapar lo que he dicho que habia de la agua á las faxinas, se rindieron los del fuerte, y á la entrada del foso dieron una pedrada al conde Federico, que habia venido de Buxmer á ver á sus hermanos, y entre ellos cayó sin habla, de suerte que pensamos ser muerto, y mataron al capitan Claraute del regimiento de Mons de Billí, hombre de valor y de virtud. Yo tenía por cosa cierta que Schenck viniera á socorrer este fuerte, pues estaba en Arnem, que no está más de allí de una hora de camino, y tenía consigo toda la gente con que habia sitiado el fuerte de Nimega; no vino ni supe por qué. Y tratando con Mons de Altapena del entretenimiento de la gente de la guarnicion de Zutphen, que era la causa de mi venida de Gruninghen, me dixo que era necesario entrar en la Veluva á executar las contribuciones y á procurar sacar más. Respondíle que tenía mucho que hacer en Gruninghen, que aunque la Veluva era de su gobierno, le sirviera en aquello de muy buena voluntad, pero que era fuerza partirme. Pidióme la gente y á Tassis para hacerlo, concedíselo, y partíme para Oldenzel, y Tassis entró hácia Utrecht para el efecto. El Conde de Murs, Schenck y Mons de Wilers, gobernador que era del país de Utrecht, juntaron sus fuerzas y fueron contra él. Tassis llevaba la mejor y más experimentada gente que el Rey tenía en estas partes, así caballería como infantería, y lo mostraron bien, porque estando alojado junto á la villa de Rhenen, en un villaje llamado Hameronghen, adonde de improviso acudió el enemigo, hallándole con la caballería separado de la infantería, y pareciéndole buena ocasion, dexó tambien su infantería atras y acometió á nuestra caballería. Valióle á Tassis mucho el consejo que yo le habia dado, que si viniese á pelear, tuviese un cuerpo entero de caballería para acudir á las necesidades; que esto, despues de Dios, fué causa de la victoria. Rota esta caballería con la nuestra, y la infantería, que ya llegaba, cargaron en la infantería del enemigo, de manera que pocos soldados de ella quedaron vivos. El Conde de Murs y Schenck se escaparon, y el de Wilers quedó preso, con quien en nuestra joventud habia yo tenido estrecha amistad, y así le compré de los soldados que le habian tomado y le traxe conmigo, y despues su Alteza me hizo gracia de permitir su rescate, que fué dándome doce mil florines. Despues de esto sucedió que inviando el conde Guillermo de Nassao dos compañías de caballos, una de arcabuceros y otra de lanzas (de esta era capitan Mons de Bordas, caballero frances, y de la de arcabuceros Bernalt Cessin) á tomar las vacas de la Drent, y tocándose arma en Steenvick, donde estaba mi compañía de lanzas, con ella y algunos garabies del regimiento de Mons de la Mota, saliendo Mendo á ellos en un paso estrecho, los acometió y rompió, prendiendo al capitan frances mal herido, de que murió despues, que el conde Guillermo lo sintió mucho. Siendo este invierno grandes las heladas, los de Frisa no querian pagar las contribuciones, como siempre han hecho, si no es á fuego y á sangre; ofreciéndose esta ocasion, invié á Zutphen á llamar á Tassis, ordenándole que traxese la más gente de aquella guarnicion que pudiese, y á los dos hermanos condes de Berghes, á Mons de la Coquela y á Mons de Rinavelt, y que juntos entrasen en Frisa á executar las contribuciones, como lo hicieron. Los enemigos, temiéndose de esto, se habian juntado con mucha cantidad de trineos, con los cuales llevaban parte de su gente y vituallas. Tassis, sin saber esto, quiso entrar en la Bildt, que es un pedazo de tierra de aquella provincia ganado de la mar con diques, y la gente que habita en ella muy rica. Mas como comenzaba á deshelar, le fué necesario dar la vuelta, y de manos á boca topó con el enemigo que le venía siguiendo, el cual, como vió volver los nuestros, se apoderó del Cassar Huysum, junto á Liewerdt. Tassis se puso al rededor de este lugar con la caballería, y los demas acometieron al enemigo dentro de él, y le deshicieron, matándole mucha gente, y tambien hubo algunos heridos y muertos de nuestra parte, habiéndose peleado bien de ambas. Y habiendo el Conde Hoswolt muerto y quitado la bandera á un alférez del enemigo, el pobre señor volteándola, con el contento de lo que habia hecho, se la revolvió el viento á la cabeza, y uno de los nuestros, pensando ser enemigo segun dicen, le dió con una pica ó alabarda por el colodrillo y le mató. Fué muy sentida su muerte, porque daba esperanzas de venir á ser grande hombre, por ser muy diestro á caballo, de gran valor, bondad y discrecion. Murió tambien el capitan Enrique Wandelde, muy buen soldado nuestro. Y porque deshelaba mucho, se dieron priesa á volverse á Gruninghen, adonde yo estaba, trayéndome preso á Steynmalts, teniente del conde Guillermo, que era el que gobernaba la gente enemiga, hombre muy noble, vasallo del Rey de Dinamarca; y dos ó tres dias despues vino allí un mensajero, no sabiendo lo sucedido, que iba en su busca á Frisa con carta del Rey y otras de su padre, parientes y amigos, las cuales abrí por la ocasion que diré; pero la del Rey, por su respeto, se la invié cerrada, y leyéndola, me la volvió luégo abierta, la cual ni las demas no contenian otra cosa sino que se volviese luégo á Dinamarca, porque el Rey tenía necesidad de su persona. Corria entónces fama por las villas marítimas de Alemania que este rey, incitado de algunos príncipes y señores della pretendia la corona imperial, y quitarla al que la tiene. Y pensando por esta via saber algo de ello, le invié este prisionero sin ningun rescate, escribiéndole que por no estorbar su servicio, ni el bien ni acrescentamiento de aquel caballero teniéndole preso, en viendo su real carta, se le inviaba, porque otro ninguno le diese libertad sino su Majestad, suplicándole que recibiese aquel pequeño presente del menor ministro y vasallo que el Rey, mi señor, tenía. El caballero se presentó al suyo, así preso como iba, y dándole libertad, se acordó el Rey que teniendo yo en Holanda la armada de mar á mi cargo, le hice otro semejante servicio de unos navíos de su reino que me pidió, y así me quiso honrar escribiéndome con un presente real que me invió, de parte del cual se sirvió su Alteza, y con parte quedé yo. Mucho importa en tales ocasiones ganar semejantes voluntades, porque vienen despues á ser de mucho momento en el servicio del príncipe á quien se sirve, pues tienen necesidad unos de otros, y así es bien tenerlos gratos, que por esta razon supe de este rey algo de lo que deseaba, y avisé dello á quien convenia. Al principio del verano vino su Alteza al sitio de Grave con todo lo necesario, que al fin es el verdadero camino de hacer la guerra, y no á remiendos, adonde me mandó que le viniese á ver para lo de Arnem, y así lo hice. Y estando todo concertado, despues de sitiado Grave me llegó nueva de la muerte de mi mujer, á quien habia dexado enferma en Gruninghen; dióme su Alteza licencia para ir á su enterramiento y exequias. Batida la tierra, la tomó su Alteza, y dexando la empresa de Arnem, que era tan necesaria y provechosa, se fué á sitiar á Venlo, que estaba á cargo de Schenck, y con asistencia de los burgeses la tomó. Y de allí se fué á sitiar á Nus, tierra del Arzobispo de Colonia, que poco ántes habia tomado por inteligencia el Conde de Murs; batióla, y tomándola por asalto, la quemó, y volvióse por el Rin abaxo con su exército á tomar á Rimbergh, del mismo arzobispo, que habia ocupado el de Murs, adonde yo, siendo de vuelta de Gruninghen, llegué con alguna gente de mi cargo. Díxome su Alteza que se espantaba de que en tal tiempo pidiese mi nacion alojamiento, siendo el más propio que se podia desear para hacer guerra. Hablé sobre ello á algunos capitanes, los cuales me respondieron que no sabian nada, y que estaban prestos para todo lo que su Alteza les mandase: no quiero decir lo que sobre esto podria, por muchas causas.


Despues de la muerte del Príncipe de Orange, la Reina de Inglaterra habia inviado á los Estados á Milort Roberto, conde de Lecestre, por su Capitan General; y con los ingleses é irlandeses que trajo, y la gente de los Estados, formó un exército, con el cual se vino hácia Arnem. Hubo nueva en nuestro exército que algunos herreruelos que se levantaban por la Reina, habian de pasar para juntarse con el Lecestre por esta Señoría de Linghen. Entróse en consejo sobre ello, y su Alteza me mandó que con la gente de mi cargo, luégo á la hora partiese y procurase deshacer esta caballería por cualquiera via que pudiese. Fuí, é invié luégo corredores hácia donde decian que estaban, y de algunos que se tomaron se entendió que de sí mesmos se deshacian por falta de dineros, y que ya cada uno se habia ido á su casa. Volvíme hácia Grol, y allí supe cómo Lecestre venía á sitiar á Desburgh, adonde estaba una compañía del Baron de Billí de guarnicion, puse otra de mi regimiento y provision de pólvora con ella. Lecestre la sitió y batió por dos partes, y como no habia terrapleno, sino casamuro, le fué fácil hacer entrada, y queriendo dar asalto, se rindieron los de dentro. Su Alteza, por más avisos que teniamos, no movia el exército de Rymbergh, ni se acercaba al lugar. Los enemigos tenian en el Rin algunos navíos de guerra, y su Alteza venía algunas veces hasta Wesel con artillería á batirlos. En frente de Wesel está Burick, tierra del Duque de Cleves, en la cual, contra la voluntad de los moradores, se metió dentro á induccion del Elector de Colonia, por tener en brida á Wesel, que es otra Ginebra en lo que toca á la cristiandad y desobediente á su señor. Propuso su Alteza hacer allí un puente y fuertes para guardalle. Esto, y el largo sitio de la villa de Rymbergh, ha costado á su Majestad muchos millares de escudos sin merecerlo la tierra, por ser la más flaca que hay en todos los Países Baxos que tenga guarnicion; y si su Alteza la acometiera, sin duda la ganára solamente con la zapa en muy pocos dias, que aunque Schenck tenía mucha gente dentro, no se fiaba, y habia hecho una puerta falsa hácia el rio, para salvarse por agua de noche si fuera acometido. Estando su Alteza en Burick, me mandó venir á juntar con él y que me adelantase á hablarle. Pasando junto al castillo de Ulft, donde estaba enfermo el Conde, padre de estos señores, no pudiendo yo hacer ausencia de la gente, me hizo merced de venir adonde yo estaba, y me dixo que él via en sí no ser largos sus dias, y que me encomendaba sus hijos, que les sirviese de padre; y así por su valor y virtud, y la promesa que hice al padre, me han obligado á serles muy aficionado servidor; murió dentro de pocos dias. Despues yo fuí á Burick á ver lo que su Alteza me mandaba, adonde vino nueva que el Conde de Lecestre iba caminando á sitiar á Zutphen; entróse en consejo sobre ello, y todos los de él fueron de parecer de socorrerla, sino fué uno, partióse su Alteza con la más escogida gente que tenía en el exército para hacerlo, mandándome que hiciese el oficio de Maestro de Campo general. Aloxé el exército á la segunda jornada junto á Bredevord, de donde su Alteza sacó todo el grano que habia en aquella villa para meter en Zutphen, y de allí le aloxé junto á Borkeló, tierra del país de Munster, y á su Alteza en ella con una compañía de alemanes de las de mi cargo, para su guardia. Antes que el exército fuese del todo aloxado allí, le vino aviso cómo los enemigos, que estaban aloxados de esta parte del rio, se habian pasado de la otra con el Conde Lecestre; y con esta nueva, se hizo consejo con algunos de nosotros, así á caballo como estábamos, y su Alteza nos propuso que su voluntad era de irse á Zutphen, y pidiéndome parecer, dixe que yo no tenía nueva ni de Tassis ni de mi teniente, que habia inviado dentro con mi compañía, pero que si era como le avisaban, sería una cosa muy honrosa mostrarse donde los enemigos habian estado, para dar á entender que los venía á buscar. Resolvióse de ir, escogiendo la mayor parte de la caballería, y pasando por junto á Locchum, me mandó que le mostrase el aloxamiento que habia tenido y donde fue la batalla, y yo se lo dixe, como en esta relacion queda dicho. Supliquéle que mandase inviar adelante al capitan Mario con su compañía á descubrir cierto camino estrecho y lleno de arboledas que se habia de pasar ántes de llegar á Zutphen; que por haber estado este caballero allí con su compañía de guarnicion y ser gran cazador, sabía todos los pasos. Fué y halló que el conde Guillermo de Nassao se estaba todavía, con la gente de su cargo, alojado de esta parte del rio, en una montañuela, y bien fortificado, como despues se vió, en frente de la cual tenía una puente de barcas para comunicarse con el exército que estaba de la otra parte. Entró su Alteza sin estorbo en la tierra, fué á la iglesia, y habiendo hecho oracion, subió á la torre para desde allí ver el campo enemigo, que se iba acercando á nuestro fuerte, adonde yo habia hecho pasar á Tassis para rehacer las alas de él. El enemigo habia inviado un capitan escoces para fortificarse en una de ellas, el cual dió de manos á boca con nuestra gente, que trabajaba, rompieron al escoces, y preso le traxeron á su Alteza, de quien, siendo hombre práctico, se supo toda la intencion del enemigo. Y en siendo dia, su Alteza entró en consejo, donde propuso que él se queria quedar allí, que todos nos volviésemos al exército y le proveyésemos de lo necesario. Yo le respondí que no convenia que un Príncipe, y General se encerrase, y que fuera de esto, para las provisiones que él pedia y cosas semejantes haria su Alteza más en una hora que ninguno de los que allí estaban en un mes; y que sería hacer agravio á tantos hombres principales como tenía cerca de su persona, tan suficientes para ello, y más estando allí el gobernador de la provincia, á quien de derecho tocaba. Replicóme que, pues yo era de aquella opinion, me quedase allí, y así lo hice, y él se fué á Borkeló. Y aunque yo habia avisado que reconociesen muy bien el camino por donde pasaban, y que por evitar el peligro tomasen otro del que habiamos traido, no hicieron ni lo uno ni lo otro, y así pasó con grandísimo peligro, porque el Conde Lecestre, sabiendo que habia entrado dentro y que no podia estar allí mucho tiempo, le tenía hecha una grande emboscada con caballería é infantería, segun que despues fuí avisado. Los enemigos tuvieron aviso de que llevaba mucha infantería, y así le dexaron pasar sin acometerle. Llegado á su alojamiento, me invió la gente de mi cargo con algunas victuallas, porque toda la que él habia traido, y áun los de su Córte, habian comido á discrecion, ó sin ella, dentro de la tierra á costa de los burgeses, y él (no sé con qué consejo ó parecer) se partió con todo el exército á buscar á los herreruelos, que poco ántes yo le habia dicho y asegurado haberse de ellos mesmos deshecho é ídose á sus casas. Y dexando en Oldenzel á Mons de Altapena con las banderas, y parte del exército, con los demas se vino á esta villa de Linghen, y de aquí á Haesluyn á buscar aquella gente con gran diligencia trabajando mucho los soldados, y llegó al lugar donde supo de cierto ser así lo que yo le habia dicho.


Como vino á noticia de Lecestre la partida de su Alteza, hizo pasar de esta parte del rio alguna gente de su exército para que se juntase con los Frisones y se acercase á la tierra, y comenzase las trincheas, como lo hicieron; y lo mismo hizo él contra el fuerte. Avisé luégo á su Alteza dello, y que tenía necesidad de ser socorrido. Volvióse á su alojamiento de Borkeló, y de allí invió al Marqués del Guasto con alguna infantería española, alemana y valona, y con cantidad de carros cargados de vituallas para meter dentro de Zutphen, sin avisarme ni su Alteza ni el Marqués de su venida. Los enemigos, sabiéndolo, le salieron al camino de la montaña que los Frisones habian fortificado, adonde todavía tenian el puente. El Marqués (no sé con qué consejo) habia dexado la metad de la caballería en la campaña de Locchum, y con la infantería acompañado los carros hasta allí, donde halló los enemigos, y á su llegada se vió en peligro de perderse. Yo, como oí tirar, vine á la puerta de la villa, y viendo que se peleaba, y que en tales ocasiones se va algunas veces desproveido, hice sacar un carro con pólvora y balas, sin que nadie me lo pidiese, y llegó á tan buen tiempo, que ya con el contínuo tirar, los soldados no tenian ninguna en los flascos. Entendí despues que sabiendo su Alteza lo que pasaba, sacó lo restante del exército en campaña confusamente, y el sargento mayor hizo escuadron de ella, y su Alteza echaba la culpa á Propercio, ingeniero, de no haberse él hallado, en lo que daba á entender que, no sólo en su oficio, pero en cosas graves y de mayor importancia, le daba mano y crédito. Sabido lo que habia pasado se volvió á su alojamiento. Pero hasta entónces, segun dicen, estuvo muy congoxado, y como yo supe tambien lo que era, hice tocar arma y adelantéme á caballo á hablar al Marqués, y tras mí salió Tassis; hallé á los enemigos y á los nuestros en escuadron tan cerca, que no habia sino un camino en medio. En este tiempo vino la caballería que habia dexado el Marqués en campaña, y tambien iba llegando la gente que salió de Zutphen. El Marqués me preguntó qué se haria, yo le dixe que estábamos tan cerca del enemigo, que mal podriamos apartarnos sin pelear, y que era de parecer que se hiciese, dando yo con la gente de Zutphen por un costado, y él acometiendo por la frente. Preguntó lo mismo á Tassis, y conformóse su respuesta con la mia. Él nos respondió que no traia órden de pelear, sino meter el socorro. En este mesmo punto acometió el Conde Lecestre á nuestras alas del fuerte de la otra parte del rio, donde estaban el Conde Herman y Mons de la Coquela, que la defendian, donde hubo una muy grande escaramuza, y buenas cosas en ella; adonde estaba el Marqués se oia la escaramuza, y no se pensaba sino que era dentro de la tierra, y nosotros que la suya era tambien dentro de ella, cosa que me daba mucha pena, temiendo que por haber yo sacado la gente, no se hubiesen rebelado contra la poca que habia quedado, ó que el enemigo no la hubiese acometido por la parte de sus trincheas que tenian hechas hácia la puerta del Pescado. Volví un poco atras, viendo que el Marqués no queria pelear, y sabido que no habia peligro en la tierra, me volví luégo á juntar con él, y hallé que Anníbal Gonzaga y George Crescia habian cerrado con los enemigos, con sus compañías desordenadamente, por pasos dificultosos, donde se perdió el Crescia, y á Anníbal Gonzaga le dieron una gran cuchillada en el cuello por ir sin celada, que no fué poco escapar de ella; cayó, y despues le retiró nuestra caballería. La demas caballería nuestra se venía retirando con poca órden, á favorecerse de los escuadrones de infantería, yo procuré detenella con ayuda de Nicolo Basta y Evangelista de las Cuevas, que hacia el oficio de Comisario general, y no pudiendo hacer lo que deseaba, saqué mi compañía aparte, que tambien se retiraba con los demas; y la caballería del enemigo no pasó más adelante, y toda la demas caballería hizo alto, y yo me fuí á la infantería. El enemigo, viendo que los que habian salido de Zutphen les hacian daño por un lado, teniendo un camino hondo casi por foso, se comenzó á retirar. Del escuadron de los españoles se desmandaron algunas picas, y por aquel camino hicieron daño al enemigo y señaláronse algunos de ellos valerosamente. El Marqués, viendo al enemigo retirado, se retiró tambien, dexando en la villa la provision que los carros habian traido. Su Alteza procuró de hacer otra escolta ántes de partirse del alojamiento donde estaba, y sabiendo que se peleaba, dándole mucha pena, quiso venir al socorro, y entendiendo lo sucedido, se aquietó, y vino en persona con todo el exército formado, y dexando los escuadrones, entró en la tierra. Y aquel mesmo dia habia el enemigo batido un fuertezuelo que los nuestros habian hecho á una de nuestras alas, y le dieron asalto, donde perdieron mucha gente sin tomarle. Habiendo su Alteza puesto la provision dentro, se salió, y haciendo una manera de consejo, me ordenó que me quedase todavía en aquella tierra; y considerando que no teniendo un real para la gente de guerra y las cosas que son menester en tales ocasiones, le respondí que ella estaba en gobierno de otro, y el Gobernador de la provincia allí presente, á quien su Alteza, siendo servido, la podia encomendar; que cuanto á mí, me parecia haber hecho harto en haberla ganado y sustentado con tanto derramamiento de sangre, y que habiéndola puesto en manos de mi Generalísimo y del Gobernador de la provincia, con razon me podia tener por excusado, y más habiendo el campo del enemigo mudado ya de alojamiento y dado muestra de quererse retirar; pero si su Alteza gustaba de que yo quedase, me descargase del gobierno que tenía, que lo haria de muy buena voluntad. Y no agradándole mi respuesta, por más que la peticion era tan fundada en razon, me respondió que si no gustaba de ello, que otro lo haria, y así salí de la tierra y me fuí con él á Borkeló, adonde le supliqué que miéntras estaba allí el exército sin hacer nada, fuese servido de acometer la villeta de Locchum, asegurándole de que la ganaria. Dióme buenas esperanzas de hacerlo, pero segun entendí despues, hubo algunos que le mudaron de voluntad, diciendo que yo le queria empeñar y otras cosas semejantes, y así se resolvió de no hacerlo. Dexó con Tassis á Propercio, el cual comenzó á hacer ciertas fortificaciones, gastando en ellas seis ó siete mil escudos sin ningun provecho, porque la primera creciente del rio se llevó todo cuanto habia hecho; y si yo quedára allí, no habia memoria de dar un real, ni dexára para uno ni otro. Resolviéndose su Alteza de partirse y volverse á Brabante, me mandó que fuese á Gruninghen á dar órden á lo necesario, y que despues volviese, porque queria que quedase con el exército al rededor de Wesel. Fuí luégo, y por haber pasado malas noches en Zutphen, me dió una enfermedad tan grande que estuve desahuciado por tres médicos, sin ninguna esperanza de vida. Avisé á su Alteza del estado en que me hallaba, inviándole atestacion de los médicos y burgomaistres de la villa de Gruninghen, suplicándole que pusiese en el exército alguna persona entre tanto, que si Dios me daba vida, como pudiese caminar, iria luégo. Y como nunca han faltado algunos en esa Córte, más para hacerme mal que bien, ménos entónces, pues hubo quien dixo á su Alteza que él tenía la culpa por haberme hecho tantas mercedes, y que aunque estuviera á la muerte, no habia de dexar de ir, mandándomelo él. Diciendo tambien estos mis amigos que yo habia prometido á su Alteza provisiones y victuallas, lo cual nunca hice, ántes estando en Bredevord, cuando íbamos á Zutphen, le dixe que no hacia bien en ir tan desproveido de ellas como iba, y con el celo que yo debo al servicio de mi Rey y al suyo, se lo dixe algo ásperamente, como podrá decir el conde Cárlos, que lo oyó; y en el alojamiento que yo hice al rededor de Borkeló habia tanta provision de trigo, que no sólo bastó para toda la caballería que habia en el exército, mas para batir y vender hasta los de su Córte, como lo hicieron. Su Alteza dexó el exército al rededor de Wesel á cargo de Mons de Altapena, hizo acabar el puente sobre el Rin y hacer dos fuertes, uno de una parte y otro de otra, para guardarle. Y viendo el Conde Lecestre que su Alteza era partido de Zutphen, prosiguió el sitio del fuerte. Y Tassis y Propercio sacaron la gente y lo que habia en él y le dexaron. Pusieron allí los enemigos luégo muy buena guarnicion y provision, y queriéndose el Conde tambien retirar con su exército, ántes de partir procuró con engaño meter en la villa de Deventer guarnicion, y así puso á Mons de Stenley, coronel de irlandeses, con su regimiento, y con él otras compañías inglesas. El Stenley, hallándose ofendido del Conde Lecestre y de otros de su nacion, y lo que yo más creo, por tener buen celo al servicio de Dios, siendo muy católico, dió á entender á Tassis, que estaba en Zutphen, que queria reducirse al servicio de su Majestad, y dalle aquella su tierra sin recompensa alguna. Y estando asegurado Tassis de su voluntad, me vino á avisar á Gruninghen, díxele que no se podia tratar de ello sin licencia de nuestro superior, y que haria bien en irse á Brusélas á dar cuenta de todo á su Alteza. Hallóme con la enfermedad en el estado que he dicho, y él se informó de los médicos que me curaban. Partióse para Brusélas, y no sólo traxo órden de tratar con el Stenley, pero de hacer su residencia en Gruninghen, teniéndome ya por muerto. Acabó Tassis su concierto, y el Stenley le metió una noche dentro con la gente que consigo llevaba, y ántes estuvo hecho escuadron en la plaza que los de la villa lo entendiesen: á las compañías de ingleses, que estaban allí, dexaron salir libremente, y á los burgeses no se les hizo mal ninguno. Estaba con el Stenley el capitan Roland Yorch, inglés, el cual se partió de Deventer, al punto que Tassis entró, para el fuerte de Zutphen, y avisando de lo sucedido en Deventer, puso tanto miedo á la guarnicion, que les hizo salir de allí, de manera que el Stenley no sólo dió la villa de Deventer á su Majestad, pero fué causa que aquel fuerte tambien se ganase. Este caballero ha servido despues acá con su regimiento, tan fielmente como todos saben; y al Roland dió su Alteza una compañía de caballos, con la cual sirvió á su Majestad hasta la muerte, la cual, segun dicen, procedió de tósigo que un cocinero suyo le dió. Como entendió su Alteza lo sucedido en Deventer, ordenó que un oficial del pagador fuese con dinero para pagar la gente que allí estuviese, y en Zutphen el comisario Francisco Vazquez hiciese las libranzas y que Tassis las firmase. Yo me estaba en Gruninghen, adonde padecia lo que Dios sabe por darles satisfaccion; y temiendo que el de Villers, que yo tenía preso en mi casa, no tuviese comunicacion con algunos de los malos de la villa, de que fué siempre bien proveida, le invié al castillo de Linghen, ordenando al Drosarte que no le dexase tratar con ningun extranjero si no fuese en su presencia, y que le tuviese estrechamente guardado; pero él era tan astuto y mañoso, que ganó la voluntad del Drosarte, el cual le trató con tanta libertad y familiaridad, que tuve mala sospecha de él. Levantaban los Estados en aquel tiempo cierta cantidad de herreruelos, los cuales, viniendo de Alemania, habian de pasar por Cloppenburg, y cerca de este país de Linghen. El Conde de Murs, ó que tuviese alguna inteligencia con el de Villers, ó que en efecto fuese llamado de esta caballería, juntaba cerca de Suvol toda la suya y la infantería que podia. Yo tenía proveidas y avisadas todas las guarniciones que estuviesen á punto para cuando él se moviese, teniendo muchas espías y hombres á caballo á trechos para avisarme con tiempo, y no me ponia en campaña por no tener dineros que dar á la gente y por conservar los trigos que áun no estaban maduros, pareciéndome que, segun la órden que yo habia dado á las espías, sería avisado con tiempo; y entendiendo que el Conde marchaba, marché tambien hácia Covorden con la gente que pude sacar del país de Gruninghen y de la guarnicion de Steenvick, y pensando tener lugar de juntarme con la gente que estaba en la Tuvent, hallamos al enemigo alojado en el villaje de Ulsent, camino forzoso que yo habia de hacer para ir allá, y adelantéme con la gente que traia conmigo á un villaje llamado Emmelinken, á una buena legua de donde él estaba, y entendiendo que partia de allí caminando hácia Linghen, y tomando el camino del alojamiento que con la suya habia tenido aquella noche, invié á Mendo con parte de mi compañía á tocarle arma á la retroguardia para entretenerle porque no hiciese diligencia; y la infantería que yo tenía, la invie por los pantanos para más seguridad suya, dando órden de acudir todos á Oetmarsum, adonde yo iba; y allí hallé á Mario Martinengo con toda la caballería que estaba alojada en la Tuvent, y la compañía de D. Rodrigo de Castro, que estaba de guarnicion en Linghen, que yo habia inviado á llamar para cierto efecto del servicio del Rey, que me hizo temer más el suceder allí alguna desgracia; y así luégo como llegué á Oetmarsum, ordené al capitan Mario que con su compañía y la de D. Rodrigo se partiesen luégo á la hora por otro camino del que el enemigo llevaba, caminasen en diligencia, y se metiesen en Linghen. El Conde de Murs, por las armas que Mendo le habia tocado, no pudo caminar más que hasta la abadía de Oetmarsum; y caminando de noche derecho á Linghen, supo como el capitan Mario habia entrado ya en ella, y así, por disimular la inteligencia que tenía dentro, si la habia, tomó á la mano izquierda hácia Meppen, dexando el rio Ems á la derecha. Yo, habiendo reposado un poco la gente, y recogiendo la demas infantería, que estaba alojada en la Tuvent, le iba siguiendo lo más cerca que podia; y como llegué á Linghen, supe como el Conde se habia apoderado de la villa de Meppen, so color de pedir victuallas y entrar á comprarlas. Por lo cual despaché luégo parte de la gente que tenía, á entrarse tambien en la villeta de Haesluyn, ambas del país Munster, para impedirle el paso de Alemania y de las victuallas. Dexáronla entrar con asistencia de un caballero del país, que se halló allí acaso; puse tambien la demas gente en puestos donde se le podia hacer daño al enemigo y apretar más la villa. Despaché luégo con toda diligencia á su Alteza, suplicándole que me declarase si podia poner artillería en campaña para batir al Conde de Murs en aquella tierra, por ser del imperio, y esto por tres y cuatro mensajeros, sin tener respuesta ni resolucion ninguna de lo que habia de hacer. Mas no por eso dexaba de hacer de léjos al enemigo la guerra que podia, que en diversas veces Mendo le mató mucha gente. Y entendiendo por mis espías que trataban de salirse y escaparse de noche, avisé de ello al Conde de Barlaymont, que gobernaba por entónces el país de Gheldres, y la gente que estaba cerca del Rin, por muerte de Mons de Altapena, su hermano, y acudió con parte de ella. Y el Conde de Benthen, cuñado del de Murs, y de una mesma religion, le avisó de la venida del de Barlaymont; y así determinó el de Murs de salvarse con la caballería de noche, no osando aventurar la infantería. Yo habia dado órden al capitan Mario, que gobernaba en Haesluyn, que tuviese siempre gente á las puertas de Meppen, y que, como sintiese que el enemigo se retirase, hiciese pegar fuego á una casa, para que, con la gente que yo tenía conmigo, con aquella seña le saliese al camino, lo cual podia hacer en media hora, y estar en el puesto una ántes que él llegase, y que él caminase luégo á la hora á juntarse conmigo, que era fácil, porque tenía ménos camino que andar que el enemigo; pero los que él habia puesto en centinela se descuidaron de manera, que el enemigo salió de Meppen sin ser sentido dellos, llevando preso consigo al Drosarte. Fuí avisado tarde de su salida por un villano, y con todo eso le seguí con la gente que tenía conmigo, y por hallarme con poca, por no haber llegado la de Mario, no hacia más que procurar entretenerle como, podia hasta que llegase, matando algunos de los que se quedaban atras. El Conde de Barlaymont venía caminando apriesa, pero no pudo llegar á tiempo; yo le seguí hasta el villaje de Ulsen, y poco despues llegó el de Barlaymont, pero el enemigo estaba ya tan adelante, que se hubiera hecho poco servicio en seguirle más. Fué una ocasion muy buena, perdida por un descuido. Yo me volví á Linghen á procurar de apretar á Meppen, porque estando en manos del enemigo, era de grande estorbo para el camino de Gruninghen. La infantería que quedó dentro, viéndose desamparada de la caballería, se resolvió de tratar conmigo, y así sobre mi palabra, vinieron dos de sus capitanes, el uno escocés y el otro valon, y concertamos que si dentro de cierto término no eran socorridos, que dexarian la villa y se volverian á Holanda. En este tiempo llegó aquí Mateo Serrano, un entretenido, con cartas de su Alteza, por las cuales me mandó tomar á mi cargo las villas de Deventer y Zutphen y que metiese guarnicion en ellas, queriendo emplear los irlandeses en el viaje de Inglaterra, y poner á Tassis con su regimiento en Buryk y en los fuertes que su Alteza habia dexado allí al rededor, y dábame el Serrano tanta priesa, que me fué fuerza inviar al Conde Herman á Deventer á tratar con el Stenley su salida de allí. Yo me quedé esperando que el enemigo socorriese á Meppen, ó que ellos rindiesen la villa, segun el tiempo que habian prometido. Mas los diputados del país de Munster, que estaban aquí, con dones y promesas hicieron tanto, que al fin ellos no lo cumplieron, temiendo los de Munster que viniendo en nuestras manos no se la volverian, teniéndola su Majestad como ganada en guerra. Yo, habiendo esperado el término puesto, me partí para Deventer, por la gran priesa que el Serrano me daba, y llegué en un dia, con ser jornada que vale por dos, y en partiéndome yo de allí, los enemigos se acordaron con los de Munster y los dexaron la villa. Salió Stenley de Deventer, y Tassis de Zutphen, en las cuales tierras puse guarnicion de la gente de mi cargo. Su Alteza me mandó que señalase los gobernadores en ellas que yo quisiese, que él los aprobaria é inviaria las patentes, y así nombré al Conde Herman para ambas, que estando tan cerca una de otra, podia bien tener cuenta con ellas; y en su ausencia gobernaba en Zutphen el teniente coronel de Mons de Billí. Y demas de esto, su Alteza me mandó que fuese á Burick á tener cargo de toda aquella ribera del Rin. No quise replicar en ello, y por no darle desgusto fuí luégo. Habia Schenck poco ántes tomado la villa de Bona, cuatro leguas de Colonia, rompiendo una puerta que salia al rio, donde habia puesto buena guarnicion. El Elector habia pedido asistencia á su Alteza para volver á cobrarla, y el Nuncio del Papa, que estaba con él, solicitaba lo mesmo. Su Alteza invió alguna gente para este efecto, y por cabeza della al Príncipe de Simay, el cual estando yo en Burick, me invió á rogar con Tassis que me llegase á Bruck, donde estaba, para tomar mi parecer en lo que se habia de hacer en aquella guerra. Fuí, y Tassis conmigo, y llegados allí tuvimos nueva que Schenck habia salido de Bona por esta parte del rio con mucha gente y artillería, á batir dos navíos de guerra del Rey, que yo habia inviado á Colonia y estaban pegados á la ciudad. Hízolo así, y los capitanes de los navíos sacaron la gente en barcas dexándolos batir como quisieron; y por no ser la artillería gruesa, no los hizo mucho daño. Vino el Príncipe de Simay con caballería é infantería á ponerse por la otra parte del rio, arrimado á la tierra, hácia donde los navíos estaban, sin hacer más efecto, por estar el rio en medio y no tener barcas para pasar, que tirarse mosquetazos unos á otros. Y así, retirándose el Schenck á Bona con la artillería que habia traido para batir los navíos, el Príncipe pasó el rio con barcas y se fué á alojar á Ducque, burgo que está de la otra parte de la ciudad, el rio en medio. La primavera comenzaba á venir y el invierno á aplacarse, que hasta entónces no se podia estar en campaña por el cruel tiempo que hacia, y Schenck, temiendo que el Príncipe no hiciese lo que yo le advertia y rogaba, y era que se fortificase en frente de Bona, haciendo un fuerte con sus alas, á imitacion de el de Zutphen, se fortificó. Y como yo habia venido allí sin órden de su Alteza, me quise volver á mi gobierno, ó á Burick, que no lo habia hecho ántes porque el Nuncio y el Príncipe me aseguraban que me harian venir órden para mi quedada allí; pero no viniendo tan presto como yo deseaba, me resolví de partirme en uno de los navíos de armada. Pidiéronme el Nuncio y el Príncipe que les dexase á Tassis allí, y así lo hice. Y acuerdóme haberles dicho á ambos á mi partida que con el regimiento de Mons de Sant Valamont, que habia llegado aquel dia, acometiesen luégo el fuerte que Schenck hacia, que aún no estaba en defensa; decíalo por ser la mayor parte de aquel regimiento de la nacion francesa, que al principio es de mucho más servicio que despues, y tambien lo dixe por no dar lugar al Schenck á que fortificase más el fuerte, y tardáronse de efectuarlo. Y yendo allá se resolvieron, no sé por qué causa, de hacer fuertecillos al rededor, sin acometerle de otra manera que, á mi parecer, se podia hacer. Los fuertecillos que hicieron eran tales, que saliendo el enemigo del suyo, ó los dexaban, ó les degollaban la gente que habia dentro. Yendo Tassis á reconocer el rio arriba, donde hacia otro fuerte, estando cinco ó seis de los enemigos escondidos en unas viñas que allí habia, el uno de ellos le dió un arcabuzazo por la cabeza, de que murió luégo, que fué gran pérdida, porque si Dios le diera vida, hiciera muchos servicios á su Majestad, siendo hombre de mucho valor y buena intencion. Llegando yo á Burick, entendiendo que Rhymbergh estaba muy mal proveida, salí en campaña con la gente de Tassis y alguna de la villa de Gheldres, y me puse en la abadía de Camp, de donde tenía tan apretada la villa, que era fuerza al enemigo venir á socorrer ó perderla. Mas dándome cierta enfermedad, me constriñó á venir á Burick, adonde recibí órden duplicada de su Alteza para que fuese á Bona; y una de ellas me traxo un caballero inglés, teniente de la compañía de caballos del capitan Roland Yorck, que estaba de guarnicion en la villa de Deventer, el cual habia ido á la Córte á solicitar la compañía, por la muerte de su capitan, y volvia mal satisfecho, segun yo colegí por sus palabras, y su Alteza me escribia en su carta que tuviese cuidado con él, porque no le contentaba su manera de hablar ni proceder; y así, entreteniéndole conmigo dos ó tres dias, despaché un mensajero al Conde Herman, diciéndole que estuviese sobre aviso. Llegado á Deventer, fué con un su hermano á hablar al Conde, á quien halló comiendo, y ofreciéndole que se sentase á su mesa y le hiciese compañía, él comenzó á hablar ásperamente, y echando mano á la espada acometió al Conde tan denodado, que si no fuera por los que estaban con él á la mesa, sin duda le matára; mas, levantándose con presteza, tomó sus armas y mató á ambos hermanos, sin que jamas se haya sabido la causa que les movió á hacerlo. Teniendo órden de su Alteza de ir al sitio de Bona, aunque la enfermedad me tenía en la cama, por no poder ir á caballo ni en coche, me puse en un navío de armada, y así llegué allá. El Príncipe de Simay no habia hecho otra cosa en aquel sitio, sino comenzar á hacer trincheas, aunque tenía artillería para batir la tierra y exército suficiente para la empresa. Y como llegué, se entró en consejo para lo que se habia que hacer, que esperándome no habian comenzado más de lo que digo. Antes de mi venida los enemigos habian hecho salidas, degollado alguna gente, quemado cuarteles, roto una compañía de hombres de armas y tomado preso á Mons de Conroy, haciendo su deber como muy valiente caballero; y estuvo preso hasta que la tierra se rindió. En el consejo que se tuvo dixe: que tierra que no estuviese del todo cercada y no tomada en veinte y cuatro horas, era difícil de ganar si los de su parte la quieren socorrer y los de dentro defender; y que mi parecer era que primero se acometiesen los fuertes que Schenck habia hecho de la otra parte del rio, porque tomándolos, podrian pasar los navíos de armada el rio arriba, y estorbando el socorro, tomar la tierra, y no de otra manera, como se vió claramente en lo que despues sucedió, que viendo Schenck ir el sitio de véras, dexando al Baron de Polvitz por gobernador, se salió della; y levantada gente en el Palatinato, embarcándola el rio abaxo, entró de noche en Bona. Así se resolvió de acometer los fuertes; tomáronse uno ó dos que estaban el rio arriba, sitióse el grande con gran peligro, batióse y ordenóse de dar asalto; y porque de la otra parte del rio se descubria todo el fuerte, mandó el Príncipe poner tres piezas para dar asistencia á los que le diesen, tirando á quien se pusiese á la defensa, que todos estaban descubiertos. Ordenóse que el tercio de Cárlos Spineli llevase la avanguardia, pero que no arremetiesen hasta que se les diese órden. Los alemanes lo hicieron sin ella, y el capitan D. Alexandro de li Monti, que estaba señalado para dar el asalto, viendo los alemanes ir á él, se movió tambien, y los unos y los otros confusamente, lo cual fué causa que los de dentro se defendieron é hicieron retirar á nuestra gente. Quexábase Cárlos Spineli de que don Alexandro se hubiese movido sin órden, diciendo algunos que el moverse sin ella á cosa semejante no era bien hecho. Pero si ellos se halláran en el puesto de D. Alexandro, que es un cuerdo y valiente caballero, hicieran lo mesmo para no permitir que se les quitase la avanguardia, como lo hizo. Prosiguiendo el sitio de este fuerte, acercándose con trincheas, los alemanes de Aquemburg, que llevaban la suya á la ala dél, estando cerca de ella, hablaron con los de dentro, que eran de su nacion, y los traxeron á nuestra parte, y ocuparon la ala que éstos guardaban, por donde los del fuerte no podian entrar ni salir, á cuya causa padecian. El Príncipe se pasó hácia el fuerte dexándome á mí con la gente al rededor de Bona, porque se entendia que Schenck la queria socorrer por tierra. Los del fuerte trataron con el Príncipe y se rindieron, y sin avisarme, los invió el rio abaxo hácia Holanda. El conde Federico de Berghes, á quien yo habia dexado en Burick, no los dexó pasar, por no llevar pasaporte ni carta mia, de que se sintió el Príncipe, y pudiera excusar este fastidio si fuera servido de mandarme que lo escribiese al Conde; pero nunca falta quien incita á la disension ántes que á la concordia, como lo procuraron hacer entre él y mí, mas no pudieron tanto, que yo dexase de serle muy servidor, y él de tenerme por tal. Despues de tomado el fuerte y pasado los navíos de armada el rio arriba, se apretó más la tierra con la zapa, y llegados al foso, le hallamos muy hondo y hechas en él casasmatas. La intencion que el Príncipe tenía era de henchir el foso, y haciéndolo, fuera obra larga, pero segura. Los enemigos no dexaban casi cada dia de hacer salidas, y algunas con daño nuestro, principalmente donde estaban los loreneses de Mons de Sant Valamont, que con éstos tenian los de dentro particular tema y enemistad. Vino en este tiempo nueva al Príncipe que su Alteza inviaba al Conde de Mansfelt, queriéndole emplear á él, por ventura, en otra parte. El Conde, considerado, dilató su venida por respecto del Príncipe, y él se dió priesa á concluir con la tierra ántes que llegase, y halló buena ocasion para ello, porque los de dentro, cansados ya de estar allí, dician que por un Schenck, que habia tomado esta empresa á cargo, no querian llegar al extremo peligro del sitio; y por esto no quisieron tener órden, así en las municiones de guerra como en las de boca, por tener tanto mayor ocasion de rendirse, principalmente despues que supieron la venida del Conde de Mansfelt; pareciéndoles que el Príncipe, por no dexar devenir al cabo de su empresa, les haria mejor partido que otro, comenzaron á tratar con él, y así, teniendo ambas partes gana de acordarse, se hizo brevemente, saliendo la gente de guerra con sus armas y bagaje. Pidieron rehenes para la seguridad de su camino y personas, é inviaron á Rhymbergh, si bien me acuerdo, dos caballeros napolitanos, Federico de Afflitto y Cola María Carachiolo, capitanes del tercio de Carlo Spineli. Hubo alguna dificultad sobre la seguridad de volver los navíos que habian de llevar el bagaje, y como estaban á mi cargo, tenía cuidado de mirar por ellos. Mas habiendo por ventura entre los enemigos un capitan llamado Gerit Heryunge, que fué el que ostinadamente defendió á Locchum, por haberle yo conocido por hombre cortés y de verdad, y haber tenido, siendo yo gobernador de Harlem, de donde era natural, grande amistad con su padre y parientes, prometiéndome que me los volveria, me fié de su palabra, y él la cumplió honradamente. Su Alteza, entendiendo la rendicion de esta tierra, mandó que el Príncipe se retirase, y que la gente de guerra fuese á cargo del Conde de Mansfelt á sitiar á Watendonck, y así el Conde, para este efecto, se fué á la villa de Venló á esperar allí la gente. Los de aquella villa y el coronel Wuentin, gobernador de ella, eran los que solicitaban aquel sitio, por la mala vecindad que los de aquella villa les hacian. Y yo, tomando licencia del Príncipe, me volví con los navíos de armada á Burick, adonde supe la venida del Conde de Mansfelt á Venló, y porque era fuerza partirme para Gruninghen, le fuí á besar las manos y á tomar su licencia. Y tratándome del sitio de Watendonck y de las comodidades que tenía para él, le dixe, como su servidor, considerando el tiempo, que era principio de invierno, muy lluvioso, y el puesto de la tierra, de sí mismo pantanoso, la necesidad y mala voluntad de la gente de guerra que venía de Bona, y la comodidad y asistencia que le daban, que no le haria Dios poca merced si salia con aquella empresa, y que cuanto á lo demas que le ordenaba su Alteza que hiciese acabado aquello, me parecia imposible, por las razones que por escripto le dí luégo, y que sin duda el que dió á entender aquello á su Alteza debió de ser alguno que ignoraba el país donde se habia de efectuar, ó mal intencionado. Sitió su Excelencia la villa de Watendonck, y con hallar las dificultades que yo le habia dicho, con su buena diligencia y valor, y la ayuda de Dios, salió con la empresa sin proseguir más adelante. Yo me partí para Gruninghen, dexando al conde Federico en mi lugar en Burick. Llegado que fuí hallé los trabajos y fastidios que siempre, porque en mi ausencia á toda aquella provincia la habia puesto en contribucion el enemigo y estaba á su devocion, perdida la poca que ántes tenian á los de la parte del Rey; ayudándolos á esto el burgomaestre Bal, por presentes que le dieron los Anabaptistas, de que aquel país está lleno. Poco despues su Alteza proveyó el gobierno de Gheldres en el Marqués de Varambon, encargándole tambien lo del Rin; y por muerte del Tassis, encomendó su regimiento á Juan Tissilinghe, capitan de él. En este tiempo proveyó su Alteza al Baron de Chassé la Drosartía de Linghen, con patente, no sólo de Drosarte, pero de gobernador del castillo, villa y país de Linghen, que era quitarme enteramente lo que tenía por patente y habia dias que servia. Supliqué á su Alteza que si su voluntad era que yo no gozase del gobierno, conforme á las patentes que tenía y juramento que habia hecho, que me descargase del todo de él, y le proveyese en quien fuese servido; que el que no hallaba bueno para el todo, ménos mereceria parte, y que no recibiria al Baron en Linghen, sino fuese descargándome del juramento que habia hecho. Y así su Alteza le recompensó en otras cosas. Y viendo cómo todo andaba, más quisiera yo que le proveyera esto, con las condiciones que le pedia, para irme á servir á S. M. en otra parte.