—¿De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?—repuso vivamente el funcionario—; es precisamente lo que yo pensaba. ¡Tengo olfato, señor, un olfato muy fino, gracias a mi larga experiencia!

Se llevó el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinión que tenía de su capacidad cerebral.

—Pero, dispénseme... ¿no ha terminado usted realmente sus estudios?

Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse al lado del joven. A pesar de estar ebrio, hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre una presa, se hubiera podido suponer que él también, desde hacía un mes, no había despegado los labios ni para decir esta boca es mía.

—Señor—declaró con cierta solemnidad—, la pobreza no es un vicio, seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud. Pero la indigencia, señor, la indigencia es un vicio de los peores. En la pobreza conserva uno el orgullo nativo de sus sentimientos; en la indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a palos de la sociedad humana, sino a escobazos, que son más humillantes. Y hacen bien, porque el indigente está dispuesto a envilecerse y esto es lo que explica la taberna. Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff pegó a mi mujer. Y dígame, ¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en el punto más sensible? ¿Me comprende usted? Permítame que le haga otra pregunta, ¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva en los barcos de heno?

—No, jamás—contestó Raskolnikoff—; ¿por qué me lo pregunta usted?

—Pues bien, para mí será hoy la quinta vez que dormiré allí.

Llenó el vaso, lo apuró y se quedó pensativo. En efecto, en su traje y en sus cabellos se veían algunas briznas de heno. A juzgar por las apariencias, lo menos hacía cinco días que no se había desnudado ni lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uñas de luto, estaban también extremadamente sucias.

La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con bastante despreocupación. Los mozos se reían detrás del mostrador. El tabernero había bajado también, sin duda para oír a aquel hombre original. Sentado a cierta distancia bostezaba con aire importante. Evidentemente Marmeladoff era conocido desde hacía algún tiempo en la casa. Según todas las probabilidades, debía su notoriedad a la costumbre de hablar en la taberna con todos los parroquianos que se ponían a su alcance. Tal costumbre se convierte en una necesidad para ciertos borrachos, principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas poco tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compañeros de orgía la consideración que no encuentran en sus hogares.

—¡Por vida de...!—dijo en voz fuerte el tabernero—. ¿Por qué no trabajas, por qué no vas a la oficina, puesto que eres empleado?