—Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?—interrumpió bruscamente Razumikin—. Si tiene algo que decir, siéntese usted. Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor. Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.

Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a Razumikin.

—Por lo demás, no se incomode usted—dijo el estudiante con voz fuerte—. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no estuviéramos aquí.

—Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al enfermo?—preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.

—No, al contrario, así se distraerá—respondió con tono indiferente el médico y volvió a bostezar.

—¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato, desde esta mañana—añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por su calidad de estudiante.

—Su madre de usted...

—¡Hum!—exclamó estrepitosamente Razumikin.

Ludjin le miró sorprendido