El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de un almacén de harinas.
—¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a vender?
—Todo el mundo vende—respondió el mozo, mirando con desdén a Raskolnikoff.
—¿Cómo le llaman?
—Le llaman por su nombre.
—Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?
El mozo miró de nuevo a su interlocutor.
—Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé nada. Perdóneme Vuestra Alteza.
—¿Hay arriba un bodegón?
—Es un traktir y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy favorecido.