Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.

—También tú eres muy guapo.

—¡Guapo un tipo semejante!—gruñó en voz baja otra mujer—; de seguro que acaba de salir del hospital.

Bruscamente se aproximó un mujik, medio ebrio, con el capote desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.

—Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser chatas—dijo el mujik—. ¡Oh, qué hermosuras!

—Entra, puesto que has venido.

—Entraré, preciosa—y descendió al cafetín.

Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.

—Escuche usted, barin[15]—le gritó la joven cuando nuestro héroe volvía ya la espalda.

—¿Qué?