Marmeladoff dió un puñetazo en la mesa.
—Tal es mi carácter; ¿querrá usted creer, querrá usted creer, señor, que me he bebido hasta sus medias? No digo sus zapatos, porque esto se comprendería, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus medias, las que yo me he bebido. ¡Sus medias! me he bebido también su pañoleta de pelo de cabra, un regalo que le habían hecho; un objeto que poseía antes de casarse conmigo y que era de su propiedad y no de la mía. Habitamos en un cuarto muy frío; este invierno mi mujer ha pescado un catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeños, y Catalina Ivanovna trabaja de la noche a la mañana. Hace colada y limpia la casa, porque desde muy joven está acostumbrada a la limpieza. Por desgracia, tiene el pecho delicado, cierta predisposición a la tisis que me preocupa. ¿No lo siento, por ventura? Cuando más bebo, más lo siento. Es para sentir y sufrir más por lo que me entrego a la bebida; ¡bebo porque quiero sufrir doblemente!
E inclinó la cabeza sobre la mesa con aire de desesperación.
—Joven—continuó en seguida incorporándose—, me parece leer en su semblante cierto disgusto. Desde que entró usted me ha parecido advertirlo, y por eso le he dirigido inmediatamente la palabra. Si le cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la burla de esos ociosos, que, por otra parte, están enterados de todo, no; es porque busco la simpatía de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que mi mujer ha sido educada en una pensión aristocrática de provincia, y que a su salida del establecimiento bailó en chal delante del gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba por haber obtenido una medalla de oro y un diploma. La medalla... la hemos vendido hace ya mucho tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma, lo conserva mi esposa en un cofre y últimamente aun lo mostraba al ama de nuestra casa. Aunque esté a matar con ella, a mi mujer le gusta ostentar ante los ojos de cualquiera sus éxitos pasados. No se lo echo en cara, porque su única alegría ahora es acordarse de los hermosos días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se ha desvanecido! Sí, sí; tiene un alma ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan negro; pero no permite que se le escatimen ciertas consideraciones. Así es, que no ha tolerado la grosería de Lebeziatnikoff, y cuando, para vengarse de haber sido despedido, este último le puso la mano encima, mi mujer tuvo que guardar cama, sintiendo más el insulto hecho a su dignidad que el dolor de los golpes recibidos.
»Cuando me casé con ella era viuda, con tres niños pequeños. Había estado casada en primeras nupcias con un oficial de infantería, con quien huyó de casa de sus padres; amaba extremadamente a su marido; pero éste se dió al juego, tuvo que entendérselas con la justicia, y murió. En los últimos tiempos pegaba a su mujer. Sé de buena tinta que no era cariñosa con él, lo que no le impide ahora llorar por el difunto y establecer continuamente comparaciones entre él y mi persona, comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo; más bien me complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo.
»Después de la muerte de su marido se encontró sola con tres hijos pequeños, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontré yo. Su miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con fuerzas para describirla. Todos sus parientes la habían abandonado; por otra parte, su orgullo le hubiera impedido siempre implorar la piedad de aquellas personas. Entonces, señor, entonces, yo, que era viudo también, y que tenía de mi matrimonio una hija de catorce años, ofrecí mi mano a aquella pobre mujer; tanta pena me daba verla sufrir.
»Instruída, bien educada, de buena familia, consintió, sin embargo, en casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en que la pobre viviría. Acogió mi proposición llorando, sollozando y retorciéndose las manos, pero la acogió, porque no tenía dónde ir.
»¿Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras: «No tener ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende todavía!
»Durante un año entero cumplí mi deber honrada y santamente, y sin probar una gota de esto (señaló con el dedo la media botella que tenía delante); porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelanté. A poco perdía mi empleo y no por falta mía; reformas administrativas determinaban la supresión del que desempeñaba, y entonces fué cuando me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitación en casa de Amalia Ludvigovna Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos y de qué vivimos. Hay allí muchos inquilinos además de nosotros; es una ratonera aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante este tiempo, creció la hija que yo tenía de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra la ha hecho sufrir.
»Aunque de sentimientos nobilísimos, Catalina Ivanovna es una mujer irascible e incapaz de contenerse en los arrebatos de su cólera... Sí, ¡vamos, es inútil hablar de esto! Como puede usted comprender, Sonia no ha recibido una gran instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle Geografía e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte en estas materias, y como además no tenía a mi disposición un buen manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos detuvimos en Ciro, rey de Persia. Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, leyó algunas novelas. Lebeziatnikoff le prestó hace poco la Fisiología de Ludwig. ¿Conoce usted esa obra? Mi hija la ha encontrado muy interesante y aun nos ha leído muchos pasajes en alta voz. A eso se limita toda su cultura.