—Lo sé quizá mejor que usted.
—¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho mal en salir...
—¿Me encuentra usted raro?
—Sí. ¿Qué es lo que usted leía?
—Periódicos.
—Ha habido estos días muchos incendios.
—No me importan los incendios—repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff con aire singular y con sonrisa burlona—. No, no son los incendios lo que me interesa—continuó guiñando los ojos—. Pero confiese usted, querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.
—No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...
—Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?