—¡Dios sabe si estará borracho!—murmuró un obrero.

—¿Pero qué es lo que quieres?—gritó de nuevo el portero, que empezaba a incomodarse de verdad—. ¿Por qué vienes a molestarnos?

—¿Te da miedo ir a la comisaría?—dijo con tono burlón Raskolnikoff.

—¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?

—Es un granuja—dijo una campesina.

—¿Para qué disputar con él?—apuntó a su vez el otro portero, un mujick enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves pendientes de la cintura—. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en seguida!

Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.

El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a todos los espectadores y se alejó silenciosamente.

—¡Vaya un tipo!—observó un obrero.

—Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante—dijo la campesina.