—¡Un sacerdote!—dijo con voz ronca.

Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el marco gritó con desesperación:

—¡Oh vida, mil veces maldita!

—¡Un sacerdote!—repitió el moribundo después de una pausa.

—¡Silencio!—le gritó Catalina Ivanovna.

El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño asombrado.

—¡Ah, ah!—dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.

Se comprendía que trataba de decir algo.

—¿Qué?—gritó Catalina Ivanovna.

—¡No tiene calzado!—y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los pies desnudos de la niña.