—¿Es posible que el doctor haya dicho eso?—preguntó Advocia Romanovna asustada.

—Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado... Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos! Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo que digo?—gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.

—¡Oh Dios mío, yo no sé!—dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.

—Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas generales—añadió con tono grave Advocia Romanovna.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.

—¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es—vociferó el joven entusiasmado—; usted es una fuente de bondad, de pureza, de razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de rodillas.

Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en aquel momento.

—¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?—exclamó Pulkeria Alexandrovna alarmada ante la actitud del estudiante.

—¡Levántese usted, levántese usted!—dijo Dunia, que, aunque se reía, no dejaba de estar inquieta.

—¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes, es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch. ¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso. ¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida? ¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted es un canalla.