—¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!—gritaba, dirigiéndose a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el suelo.
La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho, de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor temblaba como la hoja en el árbol.
—¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!—vociferaba Catalina Ivanovna en el colmo de la desesperación—. ¡Ni siquiera conserva el traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!—repetía retorciéndose las manos y señalando a los niños—. ¡Oh vida tres veces maldita! ¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la taberna?—añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff—. Has estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con él?... ¡Vete, vete!...
El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff, arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.
Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que, abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que dejar el cuarto al día siguiente.
Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes. Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.
—¡Valiente tontería he hecho!—pensaba—. Ellos cuentan con Sonia, pero yo no cuento con nadie—. Reflexionó, sin embargo, que no podía recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta reflexión prosiguió su camino—. Le hace falta pomada a Sonia—continuó diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle—. La elegancia cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy. La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y se hace a todo!
Raskolnikoff se quedó pensativo.
—¡Pues bien; si he mentido—exclamó—, si el hombre no es necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos los prejuicios que le detienen!